27 de marzo 2017 - 00:00

Trump, rey de la negociación, no pudo con el Trumpcare

Los mercados reaccionaron con preocupación, no porque les interesen los cambios en salud, sino porque la agenda que sí los desvela, debe proceder a través del Congreso: la reforma tributaria.

"El Obamacare sigue siendo la ley del país", tuvo que reconocer Paul Ryan, el líder oficialista de la Cámara de Representantes. Tras siete años de críticas feroces de los republicanos, el triunfo en las urnas de noviembre pasado y la conquista de la Casa Blanca y de las mayorías en ambas cámaras del Congreso, tres semanas de intensísimas negociaciones para instalar una reforma de la salud con el sello Trump, y hasta un ultimátum del presidente a sus correligionarios -"o la votan o muere"- no hubo caso: el Trumpcare murió antes de nacer. El presidente Trump, en su bautismo de fuego en el Congreso, fracasó espectacularmente. Los republicanos tenían los escaños para imponer su voluntad, pero a sesenta días de haber asumido le negaron los votos necesarios. Esto a Reagan no le pasaba. Y a Trump no le puede volver a pasar (Ver pág. 21.).

Los mercados se sobresaltaron al descubrir las peripecias legislativas de la reforma sanitaria, y el martes Wall Street se derrumbó el 1,2%, un resbalón de una magnitud que no se registraba desde octubre (sin antecedentes a lo largo del vigoroso Trump rally). No es la salud un tema que les quite el sueño, pero la agenda que sí les interesa igual debe proceder a través del Congreso. La visión y astucia del gobierno, su capacidad de liderazgo para construir alianzas así como la intransigencia de las facciones que componen la bancada republicana, son elementos clave a corroborar para estimar a priori sus chances de éxito. La conducción de Trump se ponía a prueba, y, a la postre, condujo a una lastimosa retirada. La Casa Blanca pensó en una ofensiva relámpago, que sacara provecho de la desorientación de los demócratas, y afianzara la estampa bárbara de Trump como caudillo arrollador. No salió así. Hubo prisa, truenos y centellas, pero fue el Gobierno el que ofició de pararrayos.

Los mercados quieren creer. A toda costa, y contra la evidencia. Si el martes derraparon feo, el miércoles, la banquina era ya una oportunidad de compra, con independencia del confuso regateo entre los legisladores. El viernes, cuando Ryan cantó el "no va más", la primera reacción fue una caída vertical, pero un rebote posterior facilitó el cierre decente, sin tensiones. En la semana, el S&P 500 cayó el 1,44%, precio módico comparado con la dimensión, y la sorpresa, del revés en el Congreso.

La reforma tributaria será la próxima batalla, y Trump necesita, sí o sí, rematar la faena con éxito. Empantanado en la gestión, sin completar los equipos de Gobierno, con su palabra en descrédito (no hay evidencia de su acusación al expresidente Obama de haberle grabado sus conversaciones), su núcleo duro investigado por los vínculos con Rusia, la mochila de los fracasos de los decretos migratorios y de la promesa de reemplazar el Obamacare, y con lecturas menguantes de aprobación en la opinión pública, la situación es de emergencia. Si esto fuese un show de TV, El Aprendiz ya habría sido despedido por su conductor. Si el desastre merodea pero no se adueña de la escena, es por el Trump rally, por la fe, concreta y mensurable, de una Bolsa que le mantiene el crédito. No por nada el secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, el viernes, salió a incitar a la bestia: "los mercados financieros pueden subir significativamente (sic) una vez que incorporen a pleno los efectos benéficos sobre el crecimiento de las políticas económicas del presidente Trump". Se refería a "las reformas tributaria y regulatoria", ambas aún en el aire. Mnuchin tiene clara conciencia de que no se puede fallar el tiro. De él, y de otro ex Goldman Sachs, Gary Cohn, asesor económico principal del presidente, dependerá el corte elegido de la reforma tributaria. El plan debe ser vendible para todas las tribus republicanas, y de ser factible aún, asegurarse un tránsito rápido (para que la poda de impuestos no se postergue a 2018). La experiencia sugiere prepararse para la decepción, pero la Bolsa quiere creer y, a menos que le presenten un adefesio, comprará el bulto y perdonará los detalles discordantes. Misión difícil, pero no imposible. No se le pide a Trump que cambie el mundo, sólo que recorte la presión tributaria.

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