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Un intenso duelo entre la barbarie y lo sublime
Leonor Manso y Carlos Belloso componen a dos figuras muy complejas en «El cordero de ojos azules», una pieza plena de suspenso y rica imaginería ambientada en Buenos Aires durante la epidemia de fiebre amarilla.
La peste llegó a Buenos Aires en enero de 1871 sumergiendo a la ciudad en una ola de ignorancia e histeria colectiva.
La fiebre amarilla hizo estragos en los barrios bajos, dejó 13.614 muertos (según las cifras oficiales) y contribuyó a la «histórica culpabilización de la pobreza por parte de los miembros del poder», como señaló el historiador Felipe Pigna en un artículo reciente.
Numerosos conventillos fueron incendiados por orden del gobierno por ser foco de infección. Debe haber sido algo apocalíptico, una versión caótica y tardía del Auto de Fe creado por la Inquisición.
En base a este sombrío episodio de nuestra historia, Gonzalo Demaría («La jabonería de Vieytes», «Nenucha, la envenenadora de Montserrat», «Houdini» y «Rita la salvaje», entre otros títulos) creó una trama plena de suspenso y rica imaginería, en la que dos personajes antagónicos luchan por su supervivencia.
Alejada de todo documentalismo, la pieza abunda en episodios de intensa teatralidad, sin soslayar lo ideológico (su crítica a la xenofobia, por ejemplo) y además se prodiga en recursos sensoriales y figuras alegóricas muy contundentes.
El desenlace de la obra resulta un tanto «gore», por lo sangriento y efectista, pero lo que prevalece es ese emocionante duelo entre la belleza y la monstruosidad, y entre la barbarie y lo sublime que involucra a sus dos protagonistas. De ellos la más impactante es la Canonesa, una esclava de origen africano, de temperamento salvaje y a la vez muy devota, que vivió amancebada con el canónigo de turno y al morir éste se refugia en la Catedral convirtiéndose en ama y señora del lugar.
En manos de Leonor Manso el personaje estalla en mil colores; la actriz le aporta humor, sensualidad, ternura y hasta cierta ingenuidad. De a ratos es un alma herida, una niña que juega, y en otros se convierte en una fiera peligrosa que lame sus heridas con furia y resentimiento. A su lado, el atildado pintor que compone Carlos Belloso también resulta una figura muy compleja. Le han encargado pintar el retrato de Santa Lucía pero la irrupción en el refugio de un joven de belleza angelical (Guillermo Berthold) y aparentemente mudo, lo perturba y enamora, al extremo de comprometer su pincel en un acto blasfemo. La Canonesa le hará pagar muy cara esta trasgresión y también el hecho de no haberla utilizado como modelo por ser una mujer fea. Eso reaviva en ella el recuerdo de antiguas humillaciones y una oscura sed de venganza.
Debido a sus referencias históricas y culturales, la obra requiere de una especial concentración, pero bien vale el esfuerzo.


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