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Un poco de emoción en medio de la violencia
Jafar Panahi y su iguana en «Esto no es un film», manifiesto del cineasta iraní condenado por el régimen de su país.
Primer título fuerte, en varios sentidos, de la competencia oficial, «Tyrannosaur», debut del actor Paddy Considine como director, explica sobre las inconveniencias de ser perro en la zona baja de Yorkshire. Al comienzo de la película, el protagonista mata a patadas a su propio compañero (después se avergüenza), y ya terminando mata al perro del vecino. Entre medio, también se pelea con medio mundo, rompe vidrieras, etc., y eso que ya es un hombre grande.
La mujer de un negocio reza por él, pero ella tampoco la tiene fácil, con un marido realmente imbécil y peligroso. Parece mentira, pero ésta es una historia de redención, como se dice, y está realmente bien hecha. Sólo hay que soportarla un poco al principio, al medio y al final. Muy bueno el protagonista, el también director Peter Mullan, lástima que no vino.
Tampoco vino la dulce flacucha Joslyn Jensen, único mérito de «Without», un film donde pasa poco y nada pero se entiende que el personaje sufre cierta violencia interior: es una adolescente con mal de amores encargada de cuidar a un hombre viejo y enfermo, que ni habla y tiene unos parientes pelmazos. La aplaudieron apenas los devotos del cine indie norteamericano.
La tercera de la oficial es de aparente calma, sólo porque su protagonista se controla, pero remarca la injusticia en que vive: «Esto no es un film» (título original en farsi, «In film nist»), el ya famoso y entretenido manifiesto que Jafar Panahi hizo en su propio departamento, donde el régimen iraní quiso circunscribirlo para que no filme. Pues bien, el hombre filmó igual, y luego, esquivando la censura, los amigos llevaron la película a Europa en un pendrive. Ya la mostraron como curiosidad otros festivales, pero aquí entra en competencia.
Quien no entra, ni le importa, ni se enoja, es la mascota que Panahi tiene en su departamento: una tremenda iguana que camina por la alfombra persa, se asoma a ver lo que el director escribe en su notebook, sube a su falda, sigue hasta el hombro y se acomoda sobre el respaldo del sofá, indiferente a las aflicciones humanas. Toda una declaración de principios.
Mientras, la competencia argentina dio lugar a la violencia de fantasía, «Diablo», con Juan Palomino como un ex boxeador en la mala, y Nicanor Loreti, de la revista «La cosa», como director debutante. Suerte de comedia sanguinolienta a lo Rodríguez y Tarantino, entretiene con buenos efectos. Pero en la competencia latinoamericana estaba la mejor de todas, la más fuerte. Y eso que no muestra absolutamente nada: «El lugar más pequeño», de Tatiana Hueso Sánchez, un documental registrado en la aldea de su abuela paterna, perdida en la ladera de los cerros salvadoreños. Un lugarcito entre las montañas, con su lago, la vaca que tiene cría, las mujeres que bromean mientras trabajan, la lluvia a media tarde, el anochecer apacible. Por ahí también pasó la guerra. La gente que allí vemos, es la que quedó viva.
«Me crié en México desde los cuatro años, así que soy más chilanga que salvadoreña, pero vivimos esa guerra de cerca. Yo fui el último año, cuando mis primos más cercanos quedaron huérfanos», cuenta la directora. «Cuatro años antes de hacer la película visité el pueblo sin siquiera una cámara de fotos. Nos hicimos amigos con la gente del pueblo, nos tuvimos confianza. Cuando fui a filmar, estuve nueve semanas enteras, más de lo que se tarda en rodar una de ficción. Y ahí vivimos, con el calor, la humedad, tres horas para subir hasta el pueblo, y luego más allá, hasta la cueva donde estuvo la muerte. Lo que iba a registrar era una historia que tenía dos poderes: la oscuridad y la vida. Porque también tienen alegría, y hay que ponerla. Pero la oscuridad me la terminaron de contar recién en las últimas semanas».
Y continúa: «Es tan terrible lo que pasaron, el modo en que una mujer recibió el cadáver de su hija, por ejemplo, y los fantasmas que los acompañan cada día, que me admira ver cómo siguen adelante. Es gente que apenas sabe leer y escribir, pero es gente sabia, calma. Y después de aquella experiencia, están organizados: ese es uno de los poquísimos pueblos donde no han entrado las maras, las pandillas narcos que infestan toda Centroamérica».
Hasta aquí, lo más importante visto en las competencias. Del resto, abunda el material informativo de diversa clase, y se aflojó un poco la parte política del festival. Ya pasó la inauguración del sábado 5, «no casualmente la misma fecha en que le dijimos No al Alca», según subrayó Liliana Mazure, presidente del Incaa. Ya pasaron las marchas con que algunos organismos celebraron ese día. Y el domingo ya pasó, también, un particular estreno al que fue invitado el ministro de Economía y vicepresidente electo Amado Boudou: «Industria Argentina. La fábrica es para los que trabajan», de Díaz Iacoponi, con Carlos Portaluppi, Cutuli, Daniel Valenzuela y participación especial de Soledad Silveyra. Única proyección, con debate sobre modificación de la Ley de Quiebras y temas afines, a cargo de Luis Cano, presidente del Movimiento de Fábricas Recuperadas, Ezequiel Dreibe, secretario de Empleo del Ministerio de Trabajo, Emilio Persico, cabeza del Movimiento Evita, el «Chino» Navarro y la fiscal federal Alejandra Gils Garbo. Hubo cóctel posterior, sencillo, y descanso. La política volverá el jueves, con el homenaje a Estela de Carlotto y la película inspirada en su vida.
* Enviado Especial


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