17 de junio 2009 - 00:00

“Un sin techo podemos ser todos, en cualquier momento”

Colás, al centro, durante el rodaje de «Parador Retiro», documental multipremiado y que se acaba de estrenar.
Colás, al centro, durante el rodaje de «Parador Retiro», documental multipremiado y que se acaba de estrenar.
¿Una forma de exorcismo? Llama la atención el interés que despierta «Parador Retiro», documental sobre los sin techo estrenado días atrás, y premiado por unanimidad en Mar del Plata, como mejor film nacional. Dato clave, el trabajo nació cuando, frente a la televisión, el rionegrino Jorge Leandro Colás descubrió que un compañero de estudios había terminado en ese sitio. «¡Me puede pasar lo mismo!», se dijo. Dialogamos con él.

Periodista: ¿Qué lo impulsó a este trabajo?

Jorge Leandro Colás: Fue un informe de «Punto Doc» sobre el Parador. Inmediatamente me impresionó el lugar, el espacio, su construcción fría, casi abstracta. Un galpón de doscientas camas, una junto a otra, sin ninguna división, sin intimidad. Tognetti hablaba con algunos hombres que dormían allí, y uno de ellos, un muchacho más o menos de mi edad en aquel momento, se expresaba muy bien, se veía que tenía estudios. El conductor le preguntó dónde se había formado, ¡y resultó ser un ex estudiante de Diseño de Imagen y Sonido en la UBA, la misma carrera que yo estaba haciendo! En ese momento el impacto fue aún mayor, era pensar que absolutamente cualquiera, a partir de ciertas circunstancias de la vida o del destino, podría perderlo todo y terminar en un lugar como ese.

P.: ¿Cree que ese es también el motivo de atracción del film, aparte de estar bien hecho?

J.L.C.: En las grandes ciudades, la gente en situación de calle pasa a formar parte del paisaje. La asimilamos y dejamos de prestarle atención, aunque esté en la esquina de casa. Creo que la película intenta ir más allá y descubrir personas que tienen un nombre, una historia, un pasado, que muchas veces es muy parecido al nuestro. Allí surge este punto de identificación, y quizá de temor.

P.: ¿Qué historias descubrió?

J.L.C.: Hubo muchas que dejamos fuera de la película por una cuestión de tiempos, o por las necesidades del relato. La variedad es enorme: jóvenes, ancianos, gente que vivió años en la calle, o de clase media que empezó a caer. Por ejemplo, un hombre que tuvo una empresa, una casa en Núñez, dos autos, hobbies como la náutica y el golf. Pero un día, como en un tango, perdió todo estafado por una mala mujer. O un luchador de «Titanes en el Ring», programa del que yo era fanático cuando era niño, que después pasó a trabajar en la construcción, y le tocó levantar parte de otro Parador. Se dijo «qué bien que hagan esto para los indigentes», y con los años él mismo terminó en el de Retiro. No diré el nombre, era uno de los luchadores más populares.

P.: Ya, lo redescubrieron los de un programa de Chiche Gelblung y se sintió muy mal. Pero a partir de ahí, se enteró Gerardo Sofovich y le consiguió ubicación en un Hogar. ¿Quiénes integraron su equipo, y cómo se ganaron la confianza de la gente?

J.L.C.: Nos juntamos unos pocos egresados y estudiantes de la UBA, como Cristina Marrón Mantiñán, Carolina Fernández, Gabriel González, Pablo Demarco, Carlos Olmedo, Salvador Savarese. Ganar esa confianza fue uno de los mayores desafíos. Al principio, tanto los habitantes como algunos empleados, creían que éramos del gobierno, la policía, o la televisión. Sólo con el tiempo empezaron a confiar. Tomábamos mate, jugábamos a las cartas, hablábamos horas, veíamos la tele, pasamos con ellos una Navidad. Estuvimos cerca de un año en ese acercamiento, sin filmar una sola imagen. Hasta que un día sentimos que ya éramos parte del lugar, parte de la cotidianeidad del Parador y recién entonces empezamos el rodaje. Filmamos ocho semanas y varios días sueltos a lo largo de unos ocho o diez meses. Al comienzo hubo cierta extrañeza, por el equipo, pero se fueron acostumbrando y al final ni atendían nuestra presencia.

P.: ¿Y qué dice el público?

J.L.C.: Ya desde la presentación en Mar del Plata, es un público muy activo que se moviliza, ríe, se sorprende, se enoja, se emociona. En los festivales de Amsterdam y París también hubo buena respuesta, pero quizá sienten una distancia mayor hacia el tema. Recuerdo un francés que me preguntó por qué no aparecía ningún indio en toda la película.

P.: ¿Supo algo de aquel estudiante?

J.L.C.: Cuando comenzamos la investigación, ya no estaba allí, no lo pudimos encontrar. Recién uno de los últimos días de rodaje apareció y nos contó su historia, que era del interior, como yo, que había empezado la carrera en la UBA, pero discutió y se desvinculó de su familia, que encima le habían robado todas sus pertenencias y se había quedado sin nada. A los pocos días, de nuevo desapareció y le perdimos el rastro. Yo agradezco a mis compañeros, a la licenciada Mariana Pineda, al doctor David Huanambal, que le pusieron el cuerpo a la película, a la productora Cine Ojo, y a mi buena suerte. Ahora, en vez de estar desocupado, preparo mi siguiente documental, la historia de amor de José María Contursi con una chica de Capilla del Monte, que dio origen a uno de los tangos más bellos: «Gricel», una historia que atraviesa décadas, y va más allá del tiempo y del olvido.

Entrevista de Paraná Sendrós

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