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Un voto mayoritario poco respetado
El 26 de diciembre de 1991, el Frente Islámico de Salvación de Argelia obtuvo una clara victoria en la primera vuelta de las elecciones legislativas, las primeras de su historia que se celebraban en libertad, pero el sabor de la victoria les duró muy poco.
Cuando sólo faltaban cuatro días para la segunda vuelta, que debía celebrarse el 16 de enero, el proceso electoral quedó suspendido y los militares se hicieron con el poder, para ilegalizar al FIS casi de inmediato, ante el silencio cómplice de casi todos los gobiernos occidentales.
Elogios
Catorce años después, el 25 de enero de 2006, el grupo islamista palestino Hamás ganó con gran ventaja unas elecciones legislativas que en su momento fueron alabadas por su limpieza y transparencia, comenzando por la misión de observadores europeos.
Sin embargo, fue la misma Unión Europea la que, juntamente con Estados Unidos, interrumpió su ayuda financiera directa al Gobierno palestino dos meses después de las elecciones al exigir infructuosamente a Hamás que reconociera a Israel.
Esa decisión norteamericano-europea causó una catástrofe en las operaciones humanitarias y motivó la ruptura entre Al Fatah (prooccidental), que pasó a controlar Cisjordania, y Hamás, que tuvo que contentarse con la Franja de Gaza, una división política de los territorios palestinos que pervive hasta hoy.
En ningún otro país árabe los islamistas ganaron elecciones, aunque en algunos -como en Jordania o en Marruecos- aceptaron las reglas del juego respectivas y participaron en las elecciones, aunque de algún modo u otro tuvieron que «negociar» su participación.
Así, en Marruecos, el legal Partido por la Justicia y el Desarrollo, islamista moderado, nunca presentó candidatos en todas las circunscripciones electorales, pese a poderlo hacer, como muestra de su compromiso (que algunos llaman entreguismo) para no causar una conmoción social y diplomática.
En Egipto, la Hermandad Musulmana participó en algunas de las últimas elecciones con numerosas cortapisas por parte del régimen del depuesto Hosni Mubarak, que cerró el paso a gran cantidad de sus candidatos, como sucedió en las elecciones de 2005 y de 2010, plagadas de irregularidades.
Resulta significativo que la diplomacia estadounidense se dedicara durante años a persuadir a Mubarak de que permitiese la actividad de un minúsculo partido liberal liderado por Ayman Nour (un laico prooccidental), mientras cerraba los ojos ante las continuas medidas de represión sobre los islamistas.
Muy distinto es el escenario en el Túnez de 2011.
Por un lado, las cancillerías occidentales ya no se tapan las narices -o no lo hacen en público- ante los islamistas moderados, conscientes de que existen otros mucho más radicales (como los salafistas, que rechazan tajantemente la democracia por impía) y que conviene cuidar a los que no ponen en cuestión las reglas de juego.
Por otro lado, los islamistas también extrajeron lecciones de las experiencias de 1991 en Argelia y de 2006 en Palestina, y en este nuevo Túnez presentaron un discurso que, se mire como se mire, presenta unas irreprochables credenciales democráticas.
Estado civil, separación de poderes, respeto a las minorías y mensajes favorables a la igualdad entre hombre y mujer: ninguna alusión a la «sharia», a la imposición del velo islámico o a restricciones sobre el alcohol, por citar los temas más sensibles.
Requeridos por los periodistas de medio mundo que estos días inundan las calles de Túnez, los islamistas de Nahda no se despegan del discurso oficial ni muestran flancos débiles que hagan dudar de su apuesta por la democracia, aunque muchos tunecinos tienen sus reservas.
«¿Debemos temer por nuestros logros? Nahda nos quiere tranquilizar y afirma no tener intención de tocar a las mujeres ni tener ningún problema con el cola-less, el turismo o incluso con los que no van a la mezquita», escribió ayer con una sombra de interrogante el editorial del diario Le Temps.
Agencia EFE


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