1 de junio 2010 - 00:00

Una “Bohème” brechtiana

Virginia Tola (Mimí) y Marius Manea (Rodolfo) en «La Bohème» 2010, según la versión de Hugo De Ana.
Virginia Tola (Mimí) y Marius Manea (Rodolfo) en «La Bohème» 2010, según la versión de Hugo De Ana.
Entre los ruidos sordos y los farandulescos fastos del bicentenario en el Colón, ha pasado un tanto inadvertida la audaz puesta de Hugo De Ana en «La Bohème». Anteayer, abono vespertino, se veía inclusive más público interesado en comprobar cómo había quedado el teatro (nunca se le sacaron tantas fotos al salón dorado con los celulares durante los entreactos), o en advertir y comentar el imprevisto fallo del motor que alza el telón --que debió accionarse manualmente--, que en discutir la versión De Ana del clásico de Puccini.

Pocas veces se vio antes una Bohème tan despojada de sentimentalismo, por momentos casi disecada, como la de esta puesta. Y desde luego, con toda deliberación: es evidente que De Ana se propuso una versión menos pucciniana que brechtiana, en la que las acciones y textos de los protagonistas no contradicen tanto a la ópera en sí como a la tradición de sus puestas.

Como si se hiciera cargo del origen un tanto frankensteiniano de Mimí (que fue, como se sabe, una mezcla un tanto incoherente de dos personajes opuestos de «Scènes de la vie de Bohème» de Murger: Francine y Mimí, una modosita y la otra una casquivana), De Ana revistió a la habitualmente angelical costurerita tísica con los matices menos románticos. Su objetivo en la vida, para salir de la miseria, es llegar a ir en carroza «vestida como una regina», tal como se canta en el cuarto acto.

Puede inferirse, también, que su relación con el «viscontino» data de mucho antes, pero en Nochebuena, como lo saben las amantes de hombres casados, no puede reclamarle que salga justamente con ella y la lleve al café Momus. ¿Qué hace entonces? Se acuerda del «loser» Rodolfo, ese poeta mediocre que no le saca los ojos de encima, y va a verlo a su altillo. Esa noche, para no quedarse sola, es lo que hay. Es más: cuando él le propone quedarse juntos y no ir a ningún café, porque «afuera hace frío» (como si el altillo fuera cálido), puede advertirse su incomodidad.

En el tercer acto, Mimí sale vestida como cualquier cosa menos una costurera, y parece mirar a los aduaneros pobres como Mrs. Pinkerton a los japoneses. En verdad, le pide ayuda a Marcello para sacárselo de encima a Rodolfo, el pobre enamorado a quien ya no soporta, y cuyas rimas son cada vez más lamentables; en la despedida, él le dice que rima «amarezze» con «carezze» como si fuera Rimbaud. Son cosas, claro, que se cantan siempre, pero que ahora suenan de otra manera.

Si alguna duda quedaba sobre esta original concepción de «La Bohème», el acto final termina de disiparla: nunca se vio una muerte de Mimí tan poco emotiva, tan aséptica. Ninguno de los bohemios, ni Musetta, acude a su lado en la cama. El famoso «Marcello, è spirata» de Schaunard se menciona como un parte médico en una guardia de hospital suburbano. Nadie se mueve. Alguno se hará después cargo del cuerpo.

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