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Una devoción que nació del amor a Nietzsche, Spinoza y los gatos
Moreno Sanz: «Uno se encuentra a cada rato con pensadores que hubiera sido importante que encontraran a su par en otra generación».
Periodista: ¿Cuál es la importancia de las Misiones Pedagógicas que se hicieron en España entre 1932 y 1935?
Jesús Moreno Sanz: Es un modelo formativo que se llevó adelante durante la Segunda República Española en sectores campesinos, y por eso, y por las figuras que participaron, aquí mi curso se subtituló «arte y pensamiento con el pueblo», y la idea fue instrumentar lo logrado por aquellas Misiones Pedagógicas en otro espacios sociales, por caso en las cárceles. Misiones Pedagógicas fue un proyecto educativo que buscó difundir la cultura y la educación, en zonas rurales de España y entre los adultos más marginados, a través de la creación de bibliotecas, proyecciones cinematográficas, conciertos, obras teatrales, teatro de títeres, creación de coros, museos circulantes, entre otras iniciativas. En esas Misiones Pedagógicas participaron, entre muchos otros, Antonio Machado, Alejandro Casona, Federico García Lorca, Miguel Hernández, y una muchacha llamada María Zambrano, que con el tiempo y el exilio se convertiría en la mayor filósofa española.
P.: ¿Por qué un filósofo y poeta puede abandonar, o dejar de lado, su creación personal para dedicarse por entero a la obra de otro, en su caso, justamente, a la producción de la filósofa María Zambrano?
J.M.S.: Creo que siempre, detrás de eso, hay una historia de amor y de piedad. Piedad en sentido estricto. María Zambrano la definía como un saber tratar con lo otro, con otro. En ese sentido mi caso no es singular. A veces, por desgracia, no tan frecuente como hubiera sido necesario. Uno se encuentra a cada rato con pensadores que hubiera sido importante que encontraran a su par en otra generación. Un buen ejemplo es el caso del filósofo italiano Giorgio Colli, que dedicó mucho de su tiempo a la primera edición completa de las obras de Nietzsche, cosa que lo llevó a tener que trabajar en los archivos en la República Democrática Alemana. Finalmente logró una edición canónica que ha sido determinante en la evolución del pensamiento en el siglo XX. La de Colli fue una dedicación que todos los dedicados a la filosofía agradecemos. Ojalá, como Nietzsche tuvo a su Colli, Colli hallara para su obra su par en otra generación.
P.: ¿Qué le sucedió a usted, en ese sentido, con María Zambrano?
J.M.S.: La conocí siendo muy joven por teléfono. Ella era muy mayor, y nos quedamos prendados profundamente. Recuerdo que comenzó lanzándome preguntas. ¿Ama usted a Nietzsche? Con toda mi alma. ¿Y a Spinoza? He hecho mi tesis doctoral sobre él. ¿Y a los gatos? Tengo ocho. Pasé el examen con nota [se ríe]. Durante cuatro años estuvimos hablando por teléfono todos los días. Ella estaba en ese tiempo en Ginebra. Allí, el 20 de noviembre de 1984, la fui a buscar para su regreso a España. Era el final del recorrido de su largo exilio.
P.: Un recorrido que pasa de ser una joven destacada de la II República Española, la gran discípula de Ortega y Gasset, a la Guerra Civil, 44 años de exilio, y su consagratorio regreso, el Premio Príncipe de Asturias y el Premio Cervantes.
J.M.S.: Es en ese exilio donde forja su pensamiento. Pasa por México, por la Cuba de su amigo Lezama Lima, Puerto Rico, París, y Roma, donde está 10 años. En 1964 decide retirarse del mundo, y se va a una casa en las montañas del Jura, en los Alpes franco-suizos. Diez años, en La Piéce, es donde escribe «Claros del bosque» uno de sus textos centrales, irónico por todos lados respecto a las «sendas perdidas» y los claros del bosque de Heidegger. Es con ese texto de María Zambrano donde yo pasé de escribir sobre ella, a trabajar para ella y con ella.
P.: ¿Qué fue lo que lo motivó, cuando usted ya era un autor premiado, a llamarla y comenzar una intensa labor con ella y sobre su obra?
J.M.S.: Una noche cenando, en el restaurante «El vasco» de Madrid, con el inteligentísimo profesor de filosofía Tomás Pollán, hablábamos del panorama intelectual español. No veíamos nada, nada. Entonces Pollán me dice, era el año 1969, está la única, la divina María Zambrano, la de «El hombre y lo divino». Yo ni idea. Antonio Machado era amigo de su padre. Siguió las clases de Ortega y Gasset, García Morente, Zubiri. Dialogó con Unamuno. Trabajó en las Misiones Pedagógicas con Alejandro Casona, León Felipe, Federico García Lorca, Miguel Hernández. Mantuvo encuentros de trabajo con Pablo Neruda, Jorge Guillén y Luis Cernuda. Participaba de la tertulia «Pombo» de Gómez de la Serna. Era junto a Rosa Chacel, Maruja Mallo y María Teresa León de las pocas mujeres que en esos tiempos participaban con voz propia en todo tipo de reuniones y encuentros artísticos y culturales. Y, por si faltara algo, me dice, tú que estás trabajando en ese tema como Director de Letras Españolas, ella hace en uno de sus libros un recorrido por Segovia, a través de su historia y la palabra. Al otro día me compré «España, sueño y verdad», y me dejó tumbado. Lo primero fue el estilo, y luego lo que ella añade, que desde el romanticismo era muy obvio, que Nietzsche deja muy claro, la «razón creadora», que otros llaman «razón poética», pero que parecía olvidado. La suya es otra forma de escribir que funde filosofía, poesía y mística. En sus pensamiento hay relaciones con el Tao, con el orfismo y el pitagorismo, con el esoterismo cristiano, el sufismo, los poetas teólogos, como Dante o Juan de la Cruz, con Spinoza, Leibnitz, Kant, Nietzsche, y más cerca Heidegger y Simone Weil. Ella busca unir el mundo claro de la conciencia y los abismos de las entrañas. El conocimiento se da como resultado de una implicación del ser entero, de la vida toda. Es el despertar del ser unido con la vida, que ya no lucha con su corazón sino que lo halla como un centro integrado por el amor. El filósofo rumano Emil Ciorán ha escrito: «¿quién como María Zambrano, yendo al encuentro de nuestras inquietudes, de nuestras búsquedas, posee el don de dejar caer el vocablo imprevisible y decisivo? De ahí que quisiéramos consultarla en los momentos cruciales de nuestra vida».
P.: ¿No están esos conceptos ligados a un espiritualismo que se ha puesto actualmente de moda?
J.M.S.: No con el espiritualismo de moda sino, como lo he señalado, con una tradición. Todos vivimos, lo sepamos o no, con una base espiritual, cuando no religiosa, los ateos también. Hay una tradición dominada por un dios brutal, violentísimo. María Zambrano habita ese otro modelo que ha habido en toda la humanidad, que está en el vedanta, en el taoismo, en el sufismo, en Ibn-Arabí, en San Juan de la Cruz, y un poeta ha expresado de forma sencilla: Dios está naciendo, Dios ha acabado de nacer. Es a la vez un dios muy agónico. Ese dios en devenir, ese mundo metafórico, esa perplejidad que es inspiración y búsqueda, me fascinó. Sobre todo porque yo venía, por ese tiempo, de pensar a partir de Deleuze y Foucault, y de pronto me encontraba con una escritura poética y profunda que era un remanso.
P.: ¿Cuándo es que María Zambrano pasa de dialogar con sus maestros Ortega y Husserl y confrontar con Heidegger en «El hombre y lo divino», a pensar desde su «razón poética»?
J.M.S.: En 1956 ella escribe el artículo «Diótima de Matinea» donde asume la personalidad de la Diótima de «El Banquete», la pitagórica, aquella que le da a Sócrates una genealogía del amor, diciendo que es el hijo de la Circunstancia y la Necesidad, la que le indica que el fin del amor es ayudarnos a ascender al conocimiento de lo divino. Hay allí en Zambrano un giro hacia el «logos oscuro», que explica al decir «elegí la oscuridad como parte». Es desde esa perspectiva que hará una crítica muy dura de Occidente, del suicidio occidental que fue haber escindido el pensar humano de su sentir. Considera que lo que vivimos se murió. En 1967 dice: ya no hay crisis, lo que hay es orfandad. «Oscuros dioses han ocupado el lugar de la naturalidad». Ha habido un afán de exceso de claridad. Como he escrito en uno de mis libros: Occidente se ha empeñado en que todas las horas del día sean las doce del mediodía. Si voy a ver la oscuridad, no lo voy a lograr iluminándola. Las fieras huyen, no queda nada. Es por eso de María Zambrano irá en su descubrimiento a través de la razón poética, que es la lógica del sentimiento. Entregándose a un liberadora razón cuya máxima suprema es proporcionar la inteligencia al oscuro sentir.
Entrevista de Máximo Soto


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