9 de diciembre 2008 - 00:00

Una generación que se inventó sus traumas

Aitzol Iriondo, «Gurbita», arrestado ayer en el sur de Francia, tiene tan sólo 31 años. Sucedió en el liderazgo militar de ETA por apenas tres semanas a Garikoitz Aspiazu, «Txeroki», de 35, quien comandó la organización desde fin de 2003 hasta el 17 de noviembre pasado, cuando cayó arrestado.
Ambos jóvenes lograron imponerse a etarras emblemáticos, acaso tan sanguinarios como ellos. Pero, a diferencia de la realidad vivida por los jóvenes etarras, la vieja guardia, hoy en prisión, cansada o desautorizada, tuvo una aproximación mucho más ideológica al dilema vasco, anclada en la memoria de los últimos suspiros autoritarios del franquismo y los traumas de su generación.
Más aún, «Txeroki» y «Gurbita» superan con creces la edad de la mayoría de los últimos arrestados de ETA. No sería extraño que los líderes por venir no excedan los treinta.
Los jóvenes que dominan cada vez más claramente Euskadi Ta Askatasuna (ETA, Tierra Vasca y Libertad) no sólo nacieron o vivieron desde su primera adolescencia en democracia, sino que crecieron en el seno de una sociedad con un bienestar marcadamente superior al de la mayoría de sus vecinos de otras regiones de España. En una competencia con el «centralismo» de Madrid, el Gobierno de Euskadi, a manos del Partido Nacionalista Vasco (PNV) desde hace casi tres décadas, se esfuerza por ofrecer servicios de tipo escandinavo, todo un contraste con la realidad de Extremadura o Andalucía, que queda en ciertos rubros a mitad de camino entre España y Latinoamérica.
Es más. A tono con el deseo de los independentistas, el Ejecutivo vasco, con amplio margen de autonomía, privilegia en extremo la educación en euskera, un idioma más familiar a los oídos chechenos que a los españoles. Quien sepa a la vez las lenguas de Cervantes, Shakespeare, Goethe y Dante tendrá dificultades para acceder a un empleo público si no habla con fluidez la de Sabino Arana, el prócer del PNV.
La dictadura de Francisco Franco fue brutal con Euskal Herría, pero lo más cercano a la represión ilegal que conocieron de cerca los vascos jóvenes fue el accionar de los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL) en los 80, en tiempos en que gobernaba Felipe González. Es cierto que allí hubo torturas y asesinatos, pero la denuncia sobre la continuidad de esta metodología, enarbolada aún hoy por miembros de ETA, prácticamente no tiene aval de ninguna organización de derechos humanos, ni española ni extranjera. Quien nazca en el País Vasco tendrá casi asegurada la educación pública a bajo o nulo costo hasta la adultez. Recibirá incluso dinero para completar sus estudios y podrá elegir en qué ciudad de Europa enriquecer su vida. Si lo desea, asistirá a cuanta celebración de la cultura vasca le parezca atinado. Eventualmente, se verá forzado a viajar a otra punta de España para visitar a un preso etarra y no podrá votar a un partido político que no condene al terrorismo. En cualquier caso, ambos puntos forman parte del reclamo de todo el nacionalismo vasco, incluido el pacífico, tanto de centroderecha como el de centroizquierda.
En este contexto es que en revueltas periódicas hay adolescentes que participan en actos de violencia callejera, incendian tachos de basura o cajeros automáticos, pintan graffiti y arrojan piedras a la Policía. De buenas a primeras, dan el paso a la clandestinidad, la amenaza, una bomba o un disparo en la nuca. Cargan con ello a cuestas y malviven escapando entre Euskadi y Francia desde su primera juventud, con altísimo riesgo de caer arrestados. Aunque las fuerzas policiales tuvieron efectividad en infiltrarse y golpear la estructura terrorista, la ETA demostró que encuentra reemplazantes para los militantes que van cayendo.

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