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Una muestra del fracaso de las políticas anticíclicas

La solución se posterga hasta la próxima cumbre, que se celebrará el 23 y 24, aunque mañana Angela Merkel y Nicolas Sarkozy tienen prevista una cita para preparar una estrategia.
Pero ya Francia llega golpeada porque Moodys ha puesto en vigilancia a Société Générale, Crédit Agricole y BNP Paribas, los tres principales bancos franceses, por su exposición a la deuda helena.
Si se produce una quiebra desordenada de Grecia, sólo una inyección masiva de capital o un corralito salvarían la banca griega de quebrar en unas pocas horas. Todos los bancos europeos sufrirían graves pérdidas en su cartera de activos helenos, lo que provocaría fuertes caídas en las Bolsas y se paralizaría el mercado interbancario multiplicando los problemas de liquidez. Pero el mayor riesgo está en el mercado de los seguros contra impago, los CDS, ya que es difícil que tengan capacidad para enfrentar sus obligaciones. La quiebra de AIG luego de la caída de Lehman Brothers es ilustrativa. Si el sistema de quiebra contra impago se torna insolvente, habrá que revaluar drásticamente todas las carteras de activos en bonos del planeta, con efectos patrimoniales impredecibles sobre el sistema financiero.
Europa está profundamente dividida sobre el tipo de solución que exige la actual crisis griega. Y no es una discusión académica porque, además de los gigantescos intereses en juego, se sabe que el efecto dominó está en marcha de forma que la solución que se encuentre necesariamente va ser determinante, en primer lugar, de las soluciones que se tomen en forma inmediata en otros dos, tres o mas países de la Europa periférica.
Esta crisis de la «periferia» de Europa arrastra detrás a la banca de los países más poderosos del Viejo Continente y ello está llamado a influir poderosamente en la marcha de la economía global. Y además si bien en otra escala -por ahora- la discusión en Europa es la misma que se da en los EE.UU. entre demócratas y republicanos cuando discuten la ampliación del limite de deuda en EE.UU. -que ya alcanza, según el Tesoro norteamericano, un 102% del PBI, contra un 96,4% que se estimaba hasta hace poco-, es la primera potencia del planeta emisora de la moneda patrón de la economía mundial. Y es la discusión que está en juego cuando la Reserva Federal vuelve a analizar, para intentar rescatar a ese país de las claras tendencias recesivas, si reeditar un nueva versión de la masiva emisión monetaria dirigida a financiar el déficit fiscal a través del lanzamiento del QE3, o tercera versión del programa de
«facilidades cuantitativas». Cabe recordar que los 600.000 millones de dólares de emisión que implicó ese programa se están agotando junto al magro aliento de crecimiento que delatan las estadísticas de ocupación y actividad norteamericanas y las crecientes presiones inflacionarias.
En el afán de negar u ocultar el carácter global y gigantesco de la crisis financiera internacional, se compara la situación de Grecia con las crisis anteriores que tuvieron remedio en el pasado, para poner en discusión distintas alternativas técnicas y diversas cuotas de sacrificio.
Pero la Gran Recesión que arrancó a mediados de 2007 -que lleva por ende 4 años de desarrollo- implica un desafío para la economía internacional absolutamente nuevo y exigirá soluciones que la hacen sustancialmente distintas a la crisis anteriores. Igual que la crisis del 30, que provocó cambios sustanciales en las reglas de juego de la economía mundial y en los paradigmas económicos, y dio vuelta las teorías y las políticas económicas.
Poco sentido tiene afirmar si la crisis griega, por ejemplo, es similar a las crisis latinoamericanas de los 80 o a la crisis argentina de 2001. Cualquier asimilación es peligrosa porque puede llevar a soluciones equivocadas, como demostró ser el primer salvataje al país heleno de un año atrás y demuestran ser igualmente equivocados los salvatajes que siguieron a Irlanda y Portugal. Porque la débil marcha de la economía norteamericana, cuando se apeló a varias veces millonarios paquetes de rescate en los últimos cuatro años, confirma que las políticas anticíclicas no han sido para nada efectivas. Y ése es el mensaje político claro de todos los líderes republicanos y de los economistas de todas las posturas.
No es la política de «austeridad» europea lo que está fracasando en estos días. Los principales críticos de esas políticas, los Premios Nobel Stiglitz y Krugman, lejos de admirar las políticas norteamericanas, afirman que éstas también están impregnadas de la política de austeridad y que por su nivel y orientación -al estar dirigidos los recursos de acuerdo con las prioridades del sector financiero- no salvarán a EE.UU., en el mejor de los casos, de un prolongado estancamiento.
Las políticas anticíclicas lograron evitar la depresión de la economía mundial, pero lejos de crear condiciones para una recuperación sostenida, han agravado los problemas acumulados. De esa forma, los niveles de endeudamiento crecen tornándose cada vez más inviables mientras la situación social se deteriorara tornándose cada vez más explosiva.
Pocas dudas caben de que, más allá de los niveles de recuperación de Alemania y Francia, la crisis avanza aceleradamente en Europa, donde el malestar social se traduce esencialmente en recambios en los Gobiernos, pero sin generar propuestas novedosas. Los 200 millones de hambreados del mundo árabe explican la persistencia y gravedad del conflicto político y social en estos países. En EE.UU. -un país donde 44 millones de habitantes dependen para su alimentación de los cupones que distribuye el Gobierno, un 14% de la población- hay cada vez con menos recursos y voluntad política para financieras. La inminente quiebra de Minesotta es sólo una pequeña muestra.


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