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Una “Pasión” con luces y sombras
El director de orquesta Diego Sánchez Haase, invitado para esta “Pasión según San Juan”, optó por un enfoque mixto entre el historicista y el “moderno”.
Parece a esta altura un cliché ineludible la comparación entre la Pasión según San Juan, estrenada por Bach en la Semana Santa de 1724 y nuevamente ejecutada y modificada con posterioridad, con la otra de las pasiones escritas por el Kantor de Leipzig que han llegado hasta nosotros, la que sigue el evangelio de San Mateo. La opinión se divide por lo general entre quienes ponderan la concisión y teatralidad de "la San Juan", y los que del lado opuesto prefieren la profundidad poética, la simetría cuidada y la cohesión interna de "la San Mateo", mucho más ambiciosa en su extensión y sus requerimientos vocales e instrumentales. Se trata, en definitiva, de una discusión estéril frente a la magnitud musical y simbólica de ambas obras.
Fue una muy buena iniciativa por parte del Teatro Argentino la inclusión de la Pasión según San Juan en el ciclo anual de la Orquesta Estable, aunque la superposición con las funciones de "La Traviata" interfirió con el tiempo de preparación que requiere una obra de esta complejidad, en especial en lo que se refiere al coro.
Diego Sánchez Haase, invitado para la ocasión, optó por un enfoque mixto entre el historicista y el "moderno", sumando a la Orquesta Estable un ajustado continuo integrado por clave (Juana Torres Varela), órgano positivo (Marcelo Dutto), viola da gamba (Hernán Cuadrado), teorba (Hernán Vives) y cello barroco (Paula Sadovnik), que además aportó una tímbrica diferenciada a las variadas instancias del relato.
El trabajo sutil de Sánchez Haase se hizo ver especialmente en detalles de la articulación instrumental que suelen pasar inadvertidos y en el dinamismo en la transición de un número a otro, sin baches ni lugar para la duda. El Coro preparado por Hernán Sánchez Arteaga (reducido a un medio centenar de cantantes) respondió con profesionalismo al desafío, y por su sonoridad y conformación brilló en los llamados "coros de turba"; la decisión de agruparlos no por cuerdas sino mezclados contribuyó a que la afinación no se resintiera en ningún momento.
Hugo Ponce realizó una empeñosa tarea como el Evangelista, alcanzando momentos de gran belleza en su relato. Alejandro Meerapfel tuvo a su cargo la parte de Jesús y también las arias del bajo, en un maravilloso despliegue de calidad vocal puesta al servicio de la justa expresión. En el otro punto alto del ensamble de solistas, Carlos Ullán abordó de manera sublime sus intervenciones; el núcleo integrado por el arioso "Betrachte, meineSeel" y el aria "ErwTMge, wieseinblutgefTMrbtenRücken" fue, en las voces de Meerapfel y Ullán y un soporte instrumental perfecto, el momento más conmovedor de la noche. Soledad de la Rosa abordó con mayor fortuna la primera de sus arias que la segunda y el contratenor Pehuén Díaz Bruno tuvo un desempeño insuficiente en este contexto. Walter Schwartz acertó por su parte en sus intervenciones como Pedro y Pilatos.
La inexplicable ausencia de sobretitulado que permitiera un seguimiento detallado del texto se vio parcialmente suplida por la distribución de un libreto bilingüe; lamentablemente el público no contó con una luz de sala que permitiera su lectura, pero pese a este hecho la concentración de la audiencia fue total y contribuyó a crear el clima necesario. La iniciativa de Sánchez Haase de que los solistas cantaran junto al coro el coral de cierre, "Ach, Herr, lass dein lieb Engelein", potenció la universalidad del mensaje de Bach y de su trascendencia humana y atemporal.


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