Viaje cultural a una Berlín muy iluminada

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Berlín (Especial) - En su canción "Berlin im Licht", Kurt Weill lo resume todo: "Enciéndanse las luces, vean cómo alumbra Berlin iluminada". Isla dividida durante décadas, es hoy un oasis artístico. Bastaron tres noches en la Deutsche Oper Berlin con títulos tan disímiles como "La condenación de Fausto", "Billy Budd" y "Maria Stuarda", enmarcados por el poderío de orquesta y coro dirigidos por Donald Runnicles, ambos cuerpos estables residentes del austero edificio de Bismarckstrasse, inaugurado semanas después del muro infame en 1961.

Brillante la regie del coreógrafo Christian Puck para "La condenación de Fausto", una pesadilla emergida de las pinturas negras de Goya con guiños de Daumier o Balthus: un disco que gira, asciende, se hunde y una Margarita parienta de Olimpia de Hoffmann. Alejada de la espectacularidad visual de puestas recientes, propone una inmersión en el alienante universo berlioziano con métodos simples y efectivos. El notable director escocés imprimió esa dinámica a una orquesta descomunal que desbordó el foso alineándose a los costados para recordar su condición de oratorio. Convenció el Fausto de sMatthew Polenzani; Mirco Palazzi fue un Mephistophèles que rió último (y mejor) y una revelación la Marguerite de Clémentine Margaine, completando un aquelarre escénico-musical sin respiro.
Joyce Didonato lideró una rutilante "Maria Stuarda" donizettiana en versión de concierto en la Deutsche Oper con un impresionante arsenal técnico al servicio de la expresión. No se quedó atrás Carmen Giannattassio, bravo pendant con una fiera Elizabeth. Soprano y mezzo enfrentadas mostraron dos tradiciones agregando una cuota de interés al fascinante duelo belcantista. Entre ambas brilló Joseph Calleja, dueño de un sonido lustroso y único, completando este trio de grandes voces secundados por los excelentes Marko Mimica, Davide Luciano y orquesta bajo la dirección de Paolo Arrivabeni. Se tuvo la sensación de estar presenciando un concierto histórico.
El tardío estreno berlinés de "Billy Budd" señaló otro triunfo para Runnicles. Volvieron a descollar orquesta y coro, auxiliados acústicamente por la claustrofóbica frontalidad de la puesta de David Alden, vívida ilustración del drama marino cobijado por la atemporalidad. Aquí no hay mar, ni mujeres, ni esperanza, sólo el vientre oxidado de un buque-campo de prisioneros no ajeno al de Abu Ghraib; un mundo regido por leyes inflexibles donde el sádico Claggart (feroz Gidon Saks), se retuerce enamorado del angelical Billy de John Chest cuyo estremecedor canto final acurrucado en las alturas da vértigo. Ese mismo deseo disfrazado en el Capitán Vere (Burkhard Ulrich) redondea la ecuación y muerte de la inocencia. Y el coro voz de todos y de la audiencia atruena, protesta o arrulla porque Billy es una de esas óperas en las que todos querrían cambiar el final. El efecto es devastador, la criatura de Britten ha conquistado un Berlin que aúlla de pie.
A tres cuadras, el Schiller-Theater aloja la Opera del Estado mientras se remoza la clásica Unter den Linden. La premiere de "Ascenso y caída de la ciudad Mahagonny" simbolizó la república de Weimar y un mundo donde el mayor pecado es no tener dinero. La puesta de Vincent Boussard oscurece pero aligera a Weill con la escenografía de Vincent Lemaire y vestuario de Christian Lacroix. Una cortina de eslabones se interpone entre intérpretes y público como literal efecto de distanciamiento sirviendo además de pantalla, es un recurso original que se añade al profuso neón, espejos y una puerta entre virtud y pecado que la separa de su cercanía con Broadway. Esa perversa ciudad de tiburones encontró en Wayne Marshall una batuta que exalta la opulencia de la orquesta y coro de la Staatskapelle (otro lujo berlinés). La veterana Gabriele Schnaut sacó partido de la viuda Begbick y la pareja protagónica por Evelin Novak y Michael König cumplió dignamente.
No se concibe Berlin sin una visita a la Filarmónica. A medio siglo de su inauguración, el hall de Hans Scharoun continúa siendo un referente cuya acústica e intimidad deslumbran al aficionado. Cancelado el regreso de Lorin Maazel para la conmemoración del 150 aniversario de Richard Strauss fue reemplazado brillantemente por Semyon Bychkov a cargo de un Don Quijote con la necesaria poesía y teatralidad culminando en una soleada exploración hacia el mas allá. Sus protagonistas antagónicos fueron plasmados por el eximio Bruno Delepelaire parisense de 24 años flamante cello principal de la orquesta y el húngaro Maté Szücs. En la Grande de Schubert, Bychkov obtuvo una versión camarística, de transparencia y fragilidad incontestables enfatizada por los cellos y el requerido eco de nostalgia en maderas y bronces. En absoluto control el maestro ruso se inclinó hacia un renglón más lírico, rasgo que también se apreció en el Strauss con la extraordinaria suntuosidad sonora de una orquesta que no deja de maravillar. En síntesis, una ciudad que en cinco noches testimonió las luces de ayer y de hoy, las mismas luces renacidas de su profeta Kurt Weill.

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