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Vida y obra de un maestro evocado por su mejor alumno
Rivera realiza una muy recomendable evocación del autor de «Hermógenes Cayo», «Chucalezna», «Luther Metke at 94», y tantos otros documentales sobre mucha gente admirable y siempre ignorada.
«Lo que ayer fuera mi gloria/ hoy es pesar y tristeza. / Tal es mi naturaleza:/ yo no he de entrar en la historia». Así termina «Cochengo Miranda», con esos versos compuestos por el protagonista, un criollo viejo que parecía alguien sin mayor importancia. Jorge Prelorán se tomó el tiempo de visitarlo y acompañarlo en medio de la pampa seca, y así conocimos la riqueza espiritual de ambos. Como también la del imaginero Hermógenes Cayo, el cacique Damasio Caitruz, los hacheros Zerda y Luther Metke, o los niños de la escuelita de Chucalezna, que pintaban unos paisajes superiores a los de un pintor naif profesional.
En tiempos que ni caminos había, Prelorán andaba con su camarita a cuerda y un grabador, registrando la Argentina profunda. No quería mostrar qué mal viven los pobres, sino cuánta sabiduría tienen muchos de ellos, que sufren injustamente el desprecio ignorante de los cultos. El hizo decenas de lo que llamaba etnobiografías. Las difundió gratis. Si vendía algo, lo compartía con la gente que había filmado. Mantuvo contacto incluso cuando se quedó a vivir y enseñar en los Estados Unidos donde había estudiado. Y mantuvo las ganas de hacer cosas hasta los días finales, ajeno a los sonrientes funcionarios de la ineficiencia y de la máquina de impedir, que se mantienen gobierno a gobierno y que dejaban estropear sus películas, postergaban la publicación de libros que él quería gratuitos para las escuelas y bibliotecas públicas, lo hacían esperar aun sabiendo que ya estaba enfermo.
Pero mientras ellos hoy entran sus autos al garage, Prelorán ha entrado en la historia. El afiche de la película que ahora vemos no miente. Aparece riendo, plenamente feliz, la vista al cielo, porque él fue así, un homo faber entusiasta, lleno de interés por el prójimo, ganas de saber, alegría de enseñar, gran capacidad de trabajo, agradecido de por vida (a su esposa Mabel, a cuantos le dieron una mano), humilde al punto de reconocer públicamente sus defectos, su difícil aprendizaje de la paternidad. No perdía el tiempo recordando siquiera el nombre de los mediocres, porque estaba mejor ocupado aprendiendo de las personas ejemplares, y compartiendo su admiración por ellas, toda gente sencilla, que vivía al costado de caminos perdidos.
Su cine también estaba a un costado del camino. Por eso ha merecido esta película que también puede definirse como etnobiográfica, tan vinculada a él que parece de su mismo estilo. Sencillo, respetuoso, afable, instructivo, y simplemente emotivo. Y sincero. Trascienden acá algunos aspectos personales que lo hacen más humano. Trasciende aún más su sentimiento. El autor, Fermín Rivera, le dedicó cinco años de trabajo, recorriendo seis provincias y otros dos países, al encuentro con alguno de esos niños pintores, un hijo del imaginero, o la india otalaveña que terminó como comontajista del documental que Prelorán estaba haciendo sobre ella: «Zulay frente al Siglo XXI». Ya antes Rivera había hecho un documental de estilo preloraniano, «Pepe Núñez, luthier», sobre un criollo puntano que fabrica guitarras, y compone, sentado en su silla de ruedas. En síntesis, una película que realmente vale la pena, y nos permite apreciar gente «rica de lindas riquezas», como solía decir Atahualpa Yupanqui.


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