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Viejo drama naturalista que hoy recobra vigencia
La protagonista del famoso drama naturalista de los hermanos Dardenne, «Rosetta», es antipática y el relato es incómodo, pero tras la crisis económica su tema es de una absoluta vigencia.
Esta obra pega de entrada. Una jovencita cargada de rabia y desesperación, a paso apresurado por los pasillos de una pequeña fábrica, seguida por el patrón y el personal de seguridad, hasta que logran reducirla y expulsarla. Habían dicho que trabajaba bien. Pero el mes de prueba terminó, y ahora le dijeron que estaba afuera, sin empleo, eso es todo. En ese comienzo de persecución y recriminaciones, que dura, como mucho, dos minutos, el espectador puede quedar inmediatamente enganchado, pero también puede ir preparando la salida. Depende si le llegó a conmover el drama de la ilusión y la desocupación de una joven poco preparada, o si ya se mareó con el seguimiento cámara en mano, los planos apretados, la iluminación desvaída, el sonido «empobrecido», el ambiente nada turístico, y el carácter de la chica, que, pronto lo confirmaremos, es bastante linda pero no es nada simpática. Incluso es mal bicho.
Éste es un film de los hermanos Dardenne, ése es su estilo, nervioso, mezquino y sucio, y así son sus criaturas. Nada ejemplares, pero bastante reales.
Rosetta vive con su madre alcohólica y abandonada, en las afueras de una pequeña ciudad valona, se las arregla con lo mínimo y con sus propios medios, tiene su rutina de buscavidas huraña y desconfiada, obsesión por conseguir un trabajo fijo para ser alguien y escapar del pozo en que se crió, conocimientos básicos y enternecedores del método de autoafirmación de Émile Coué, dolores inescrutables, y maldades, desagradables maldades centradas en un pibe manso, que intenta ayudarla y termina siendo su víctima en la lucha por un empleo. Pero él será, también, la mano que se tiende y logra aflojar la coraza de la chica, impulsando un final abierto y ligeramente emotivo.
No dan mucho espacio para la emoción, los Dardenne, y sus personajes tampoco le dan mucho espacio a los afectos ni a los pruritos morales, cuando hay que buscarse la vida, pero a la larga, de un modo verosímil, seco y extraño, los afectos y las cuestiones morales pasan al frente. Ahí es donde sus obras trascienden la mera exposición de bajezas y hasta se hacen perdonar la falta de trípode y demás fastidios para la vista. Ahí también es donde se hacen apreciar, y hasta ganan premios. Por ejemplo, «Rosetta» alcanzó hace diez años la Palma de Oro y el galardón de mejor actriz en Cannes, lo que, visto en perspectiva, quizá resulte tan exagerado como el tiempo que tardó la película en estrenarse entre nosotros. Pero ésas son anécdotas. Más interesante, e inquietante, es advertir que ahora, tras la crisis económica, su asunto alcanza una renovada y absoluta vigencia.
P.S.


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