19 de enero 2010 - 00:00

Viento populista llega a Washington

José Siaba Serrate
José Siaba Serrate
Lo impensable está a punto de ocurrir: la banca de senador que Ted Kennedy mantuvo escriturada durante 47 años a favor del Partido Demócrata y que, tras su fallecimiento, hoy se renueva en Massachusetts, podría migrar de bandería política. Rige la alerta roja en la administración Obama: si se pierde el escaño, se derrumba el control oficialista del Senado. Y la ley emblema del presidente -la controvertida reforma de la Salud- quedará atrapada bajo los escombros. Es verdad que, aun con una derrota en Massachusetts, la ingeniería política podría apelar a otras artimañas y conseguir el objetivo buscado (como demorar la asunción del triunfador), pero el costo a pagar ante la opinión pública lo convertiría en una victoria pírrica. La aprobación rápida de la reforma, lejos de ser un trampolín para el éxito, bien podría trocarse en una lápida para las aspiraciones demócratas en las cruciales elecciones legislativas de noviembre.

Massachusetts no elige un senador republicano desde 1972. Aun así, los sondeos independientes arrojan una diferencia a favor del ignoto candidato Scott Brown que promedia los cinco puntos sobre la demócrata Martha Coakley, a quien se juzgaba número puesto hasta que comenzaron las mediciones. No es mérito especial de Brown ni defecto de Coakley. Más aún, el peso pesado de los republicanos en el Estado, el otrora candidato presidencial Milt Romney, es una ausencia notoria en la campaña. Aquí obra un sismo imprevisto: la debacle que envuelve al partido demócrata en toda la nación -que ya se evidenció en sendas derrotas en las elecciones a gobernador en Virginia y Nueva Jersey-. Y que amenaza con el corrimiento de las placas tectónicas sobre las que se asienta la política de los EE.UU. Es curioso: Barack Obama asumió como presidente encarnando la promesa del cambio. Un año después, la sed de cambios va por él y por su partido.

No hay duda de que las papas queman: el propio Obama se metió de lleno en la brega por Massachusetts. El domingo arremetió en persona señalando que necesitaba el apoyo de Coakley en el Senado ya que su contrincante vaciaría de contenido lo que fue la banca de Ted Kennedy. Razón no le falta. Kennedy abogó siempre por una extensión de la asistencia y Scott Brown se opone abiertamente (y por ello gana en las encuestas). Son los misterios de la política. La reforma de la Salud es un tema que hoy provoca fuerte rechazo en la opinión pública, aun en el mismo electorado que sostuvo, durante casi medio siglo, al senador que inspiró la agenda en disputa.

Empero, no todo está perdido en Massachusetts. De ahí la decisión de Obama de apostar fuerte y sin ambages (es obvio, si las cosas salen mal, será el dueño de la derrota). El propio ex presidente Bill Clinton, quien hizo un alto en sus labores humanitarias por la tragedia de Haití, se sumó de urgencia a la campaña. Las encuestas, aunque sean precisas, no son definitorias. La variable clave es ardua de predecir: cuál será la verdadera asistencia a las urnas. En unos comicios estaduales, convocados especialmente, el presentismo suele ser bajísimo. Movilizar la base partidaria y lograr que concurra masivamente a votar puede torcer los resultados. Capturar la voluntad de los independientes, también.

No deben verse aquí cabos sueltos. La economía y la política se dan la mano. «Es la economía, estúpido», lo anotició Bill Clinton a George Bush padre cuando le arrebató la reelección a comienzos de los noventa. Asistimos, pues, a la venganza de los republicanos. La economía es, otra vez, el epicentro de los temblores. Como entonces, la economía crece, pero la sensación térmica es glacial. Ya se sabe que las cuentas nacionales registran un aumento de temperatura y un auspicioso cambio de estación, pero no habrá manta que satisfaga a los votantes mientras no repunte con fuerza la creación de empleos. Así fue en 1991/1992, así será en noviembre próximo. La reforma de la Salud que le permitió a Obama subir por la escalera en las últimas elecciones presidenciales es hoy el montacargas en caída libre que arrastra su suerte y la de su partido. Que nadie se confunda: el «american way of life» se fractura, y la población reacciona con histeria. Le puede preocupar la extensión de la cobertura médica, pero cuando John Mc Cain tildaba a Obama de socialista, no importó. Lo que sí la desvela es que el modesto sueño de tener un puesto de trabajo seguro se escurre como agua entre los dedos.

Con la política en ebullición, la economía debería tomar nota. Ya se dijo, no hay cabos sueltos. La campaña en Massachusetts lo revela. Para dañar la imagen del candidato republicano, el presidente Obama no dudó en caracterizarlo como un amigo de Wall Street. «Los bancos no necesitan un representante más en el Senado», dijo, en alusión a que Scott Brown se opone al impuesto a los bancos que el Gobierno sacó de la galera, la semana pasada, con el objetivo manifiesto de cobrarse los quebrantos fiscales que proyecta el plan TARP. Si la crisis dejó una secuela distintiva, de lejos, ésa es la fobia hacia las finanzas. El impuesto a los bancos, a juzgar por las expresiones de Obama, también persigue otro fin: tomar distancia de la encarnación del mal. Ya se alertó aquí que Gordon Brown en Inglaterra, el año pasado, había sido un precursor de los nuevos vientos que soplaban en la política. Y también en Wa-shington, por lo visto, vienen cargados de un fuerte olor a populismo.

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