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Wall St. tuvo la mejor semana desde crisis griega: ganó un 3%
Jean-Claude Trichet
La creación de puestos genuinos de trabajo -aquellos que genera el sector privado- pisó el freno sin aviso previo. Sumó apenas 41 mil nuevas posiciones frente a las 158 mil de marzo y las 218 mil de abril. El marco de cierre tampoco fue bueno: la caída de las ventas minoristas (la primera desde setiembre 2009) fomenta dudas donde antes no las había. Pero Wall Street supo remontar la adversidad.
Después del duro temporal de mayo -que borró en un par de semanas todos los avances del año- se insinúa un mercado lateral. Todavía en fase de construcción, ya se muestra capaz de resistir los cañonazos no previstos de las malas noticias. Tres veces, desde que el rally trocó en súbita corrección, la zona de los 9.800-9.700 puntos del Dow Jones resistió los embates a la baja. Quitarle voltaje a la crisis de Europa fue la llave para sosegar el vértigo y que el mercado recobrase una módica compostura. Las sorpresas desagradables ya no lo desmoronan. A la par, más allá de la suba semanal, el mercado luce incapaz de abordar grandes alturas. Carece de la fe que lo impulsó de febrero a abril y en su reemplazo se cargó de dudas imposibles de despejar en un plazo breve. Sin embargo, un mercado así, lateral, respetuoso de un rango de precios y sin la devoción a una dirección definida, no deja de ser un progreso. Le da contención a la corrección en curso, alejando el fantasma de un destino peor: el temido regreso a la cueva del oso, a un mercado «bear» (bajista).
Fue Europa la que provocó la zozobra. Y, si bien desde que el Banco Central Europeo (BCE), comandado por Jean-Claude Trichet, se allanó a la compra de deudas soberanas, el Viejo Continente ya no produce los mismos remezones, tampoco forja una solución definitiva a sus problemas. La mochila europea, en consecuencia, aligeró su peso (de momento) pero sigue siendo una mochila más que hay que cargar. Y el lastre es mucho. Las novedades más recientes -las noticias del empleo y el consumo- sugieren el adiós a la esperanza de una recuperación económica en forma de ve corta, rotunda, en los EE.UU. Es verdad que no cancelan la realidad de una mejoría, pero inoculan una incómoda sospecha. ¿Qué pasará con el vigor de la actividad ahora que el mayor aporte de las políticas gubernamentales de estímulo, en el segundo semestre, comienza a quedar atrás? Un mercado lateral es aquél que ignora la respuesta y tampoco quiere tomar abiertamente partido. Compra tiempo, pues, hasta obtener mejor evidencia. Que las ventas minoristas de mayo retrocedieran por primera vez desde setiembre es una tenue luz amarilla. La desaceleración en la formación de nuevos puestos de trabajo será, de comprobarse, asunto más complicado. Pero ambos requieren confirmación. Una golondrina no hace verano. Escrutar el detalle de la información disponible tranquiliza pero no zanja la cuestión. Las ventas de materiales de la construcción se desplomaron el 9,3% el mes pasado tras crecer el 8,1% en marzo y el 8,4% en abril. Aquí no habría pasado nada -el saldo final es netamente positivo- salvo que en abril expiró un crédito fiscal para la compra de vivienda. ¿Cuánta fortaleza subsistirá cancelado ese estímulo? Imposible saberlo de antemano.
En paralelo, otros frentes de presunta debilidad quizás no sean tales. Las ventas de combustibles cayeron, pero enteramente por efecto de los menores precios, y lo mismo ocurrió con las transacciones de vehículos: los datos de ventas por unidades, procedentes de otra fuente distinta al informe de ventas minoristas, muestran un incremento (que será lo que se compute en las cuentas del PBI). Con todo, cualquier estimación del consumo privado arroja ya para el segundo trimestre menos bríos que el avance del 3,5% registrado en el primero.
Los interrogantes, como se ve, crecen por doquier y a nada odian más los mercados que a la incertidumbre. Si aun así, las cotizaciones van a estabilizarse en un rango, es porque las tasas de interés obran como un contrapeso poderoso. Hay una voz como la del porfiado disidente Thomas Hoenig -el titular de la Fed de Kansas City- que ya pidió públicamente que el banco central eleve las tasas cortas al 1% (desde su nivel actual de 0,25%) antes que termine el verano (boreal). O sea, antes que concluya setiembre. No obstante, Ben Bernanke, el titular de la Fed, transmite, una y otra vez, la tácita promesa entrelíneas de una política monetaria inalterable mientras persista el más mínimo foco potencial de inestabilidad. Si Bernanke acerca el bálsamo de tasas cortas sin cambios, el mercado de bonos hace también lo suyo: la baja vertical de las tasas largas fue una contribución decisiva para calmar las aguas en Wall Street. Las tasas largas cayeron aun más que lo que declinó la Bolsa. El cariz contracíclico de los bonos del Tesoro oficia, en los hechos, como un excelente amortiguador.
El rally de febrero/abril contó con un rasgo clave: el liderazgo de los bancos. La corrección -sobre todo, la crisis europea- hizo añicos tal pujanza. Rescatar a Grecia fue una manera de librar a la banca del Viejo Continente (su principal acreedor) del embrollo. De ahí que se le pida a Europa que recurra al camino de los exámenes de estrés para despejar los temores sobre la fortaleza de su banca (forzando la capitalización de aquellas entidades que se prueben ligeras de patrimonio). Pero, hasta el momento, Francia y Alemania se resisten. Curiosamente, la agencia calificadora Moodys ensayó un simulacro de examen y obtuvo resultados más que satisfactorios. A su juicio, los bancos europeos más grandes pueden absorber el impacto de una crisis severa en Grecia, Portugal, España e Irlanda con su actual capitalización. ¿Cuánto tiempo durará el mercado lateral? Aquí hay una pista. Cuando Europa esté lista para copiar el truco de Tim Geithner, y anuncie sus propias pruebas de estrés, será un buen momento de apostar por una reversión favorable de las expectativas.

