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Wall St. voló un 30% (y nadie cree que haya catástrofes)
José Siaba Serrate
No es una estampida a ciegas y locas. Febrero no es un San Fermín azuzado por el entusiasmo desbordante de los inversores. Todo lo contrario. Pero no por ello es menos efectivo. Los toros avanzan a pasos cortos. Solo que persisten, como rara vez ocurre, en una única dirección. Por sus efectos -las acciones encuentran mucho más fácil ir hacia adelante que recular o simplemente tomar respiro-, uno diría que es un encierro como en la Calle de la Estafeta. Pero aquí surgen claras las diferencias. La suba de la Bolsa debió remontar una cuesta sembrada de obs-
táculos. Algunos estaban allí hace tiempo -como las vicisitudes de la deuda europea- y no se han apartado, como lo prueba la hoguera de tasas en la que Portugal cocina su deuda a fuego lento. Otros se sabía que aparecerían y asomaron puntuales en el camino. Es el caso de China y los infinitos pasos de su endurecimiento monetario. Pero también hay que convivir con amenazas imprevistas. Las convulsiones en el Magreb no estaban en los planes. Y ya dieron por tierra con dos autocracias -Túnez y Egipto- férreamente abulonadas. Esa mecha encendida en una región que es, a la vez, un polvorín y la principal fuente mundial de provisión de petróleo, tampoco detiene el avance.
¿Qué fuerzas son las que empujan a la Bolsa y le dan, no el estrépito, pero sí la cohesión que le permite allanar los obstáculos a su paso? No es difícil rastrearlas. De septiembre a la fecha, la economía mejoró de manera sustancial. Zafó del riesgo de la doble recesión y apresuró nuevamente su marcha. Un crecimiento del 3,5% para 2011 es un objetivo accesible para los EE.UU. La propia Fed reconoció ese repunte y elevó
la tendencia central de sus proyecciones a un rango
de entre el 3,4% y el 3,9%. Los balances empresariales (con algunas excepciones) también mejoran. Se espera que las utilidades de las compañías que cotizan en el índice S&P 500 aumenten más del 14% este año. Siendo así, la valuación de los papeles no luce exagerada. Más importante aún, Ben Bernanke y la Fed no dejan pasar ninguna oportunidad de hacerse oír sin ratificar su vocación de mantener su respaldo a pleno. Con tasas cortas en cero y la Fed como tácito aliado, la retaguardia de los inversores no genera escozor. Todo ello se traduce en un momentum excelente para Wall Street. Y aunque no se la reconozca como debiera, la estacionalidad propicia de esta época del año juega allí un rol fundamental. Es más fácil apostar a favor cuando uno supone que los demás también lo harán.
Por más que lluevan oportunidades, no hay árboles que crezcan hasta el cielo. Se puede discutir si el QE2 -o, en forma más general, la política monetaria- puede producir efectos duraderos sobre la economía real, pero nadie afirmaría que la Fed puede cancelar la ley de la gravedad. Ni aunque compre toneladas de deuda pública y así remueva el lastre de su circulación. Pero interesa advertir que la suba incesante de febrero no revela todavía un exceso de euforia. No se le ofrece resistencia, es verdad, pero ello es más desgano por discutir con la inercia instalada que un arrebato místico. Quien mire la pendiente del ascenso no encontrará atisbos de aceleración. No se observa una espiral. Mucho menos, una suba vertical, signo irrefutable de capitulación y señal más que probable de chubasco en ciernes. De vuelta, los inversores, de fondo, dudan sobre la calidad del avance. No lo compran a libro cerrado. Pero, a esta altura, aun los más escépticos no pueden descartar que haya nuevas subas, y, en ese caso, la prudencia les aconseja el paso al costado. Volverán, pues, a la carga, a patear en contra con ahínco, cuando se abra una grieta que les ofrezca una promesa de vulnerabilidad. No necesitan argumentos negativos, los tienen, pero sí precisan la fisura.
Si la última rama del mercado alcista, la que brotó en la segunda mitad del año pasado, ya se extendió el 30%, todo el árbol que se yergue desde los mínimos post-Lehman se apresta a doblar sus cotizaciones. ¿De qué madera está hecho este roble imponente que en marzo de 2009 era apenas un verde retoño? No es un vástago del optimismo. Es más bien el fruto improbable de los pronósticos sombríos, en la medida en que se probaron fallidos, un injerto que no conoció otro tutor que las políticas públicas de aliento. No hubo «crash» bursátil a la manera de 1929-1932. Ni derretimiento del sistema financiero («financial meltdown»). No hubo Gran Depresión II. Ni deflación. No se acabó el mundo. No todavía. A medida que el cielo se despejó de esos densos nubarrones, el mercado alcista encontró los nichos para desplegar sus alas. Nada lo ayudó más para cobrar altura que avanzar contra la corriente, cuando esta, ante la evidencia de los hechos, debió girar sobre sus talones. Nada más razonable, pues, que esperar que el mercado alcista deba rendir un nuevo examen, cuando la oleada actual de optimismo desfallezca con el cambio de estación. Y no hay motivos para modificar el pronóstico original de que ello acontecerá antes que concluya el segundo trimestre.


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