15 de agosto 2011 - 00:00

¿Y ahora qué?

José Siaba Serrate
José Siaba Serrate
Después del diluvio, ¿qué? Menguó el pánico, pero todavía se teme la inundación. Por más que en Wall Street, jueves y viernes, haya salido el sol. Dos días consecutivos en alza es un lujo que no se disfrutaba desde el 6 y 7 de julio y, sin embargo, sólo los audaces apuestan por un cambio de pronóstico. Se esperan lluvias, aunque si Europa persiste en su tesitura de intervención a través del BCE, deberían ser chaparrones aislados y no un gran chubasco. Más arduo, si no imposible, será erradicar la percepción fatalista de que la recesión de las economías avanzadas podrá posponerse, pero no extirparse del horizonte próximo. Cuando las cuentas nacionales de Francia registran su liso y llano estancamiento, la idea que brota es que quizá la recesión del G-7 ya comenzó. Y si los números del mercado laboral de EE.UU. (sean los subsidios de desempleo, la creación de empleo privado, uno que otro renglón del informe JOLTS) aportan una inesperada luz de aliento, o las ventas minoristas (cuando la confianza del consumidor se desploma a su nivel más bajo en treinta años), la interpretación en boga no los juzga el anticipo de un repunte, sino estertores postreros. Tampoco el Armagedón que prometía esta semana de vértigo fue despachado a plaza; aun así, dañó la moral como lo haría con cualquier reo un estrepitoso simulacro de fusilamiento.

La Bolsa anticipa. O, al menos, eso se afirma. La recesión es el abrazo del oso. Y Wall Street todavía no cayó bajo sus garras. La corrección que lo sorprendió (¿lo sorprendió?) es tan dura como la que soportó el año pasado. No más. El resbalón desde los máximos fue de casi el 18%. Un año atrás, del 16%. Si se quiere, las dos últimas semanas guardan la equivalencia del «flash crash» de 2010. El derrumbe súbito, la caída inesperada y vertical, fue reemplazado ahora por una tortura anunciada, dispensada en sucesivas cuotas. Es más: la agenda de los dolores de cabeza comparte los mismos problemas. Sólo que los diagnósticos se han agravado. No es Grecia únicamente la que siembra dudas sobre la calidad de la deuda soberana. Toda la zona del euro está bajo la picota. Y EE.UU. perdió el aura crediticia sacrosanta cuando la política puso el default de sus obligaciones en mesa de saldos y luego S&P le trituró el estatus AAA. Como sea, Wall Street no pisa todavía el terreno de los osos. Mientras no atraviese el arbitrario (aunque extrañamente certero) umbral de una caída del 20%, lo que llevaría al Dow Jones a perforar los 10.300 puntos, todavía los toros comandan la función. Lo suyo es una rodada. Si se ponen de pie, tarde o temprano, embestirán de nuevo. Así cerró la historia de 2010. No llegó a terminar agosto y Ben Bernanke, desde la convención anual de banqueros centrales de Jackson Hole, hizo sonar los clarines de la política monetaria (con la nutrida caballería del QE2 al rescate). A los valores de cierre del viernes, el Dow acusa un retroceso del 12,5%, casi a mitad de camino entre el cielo y el infierno. Mal no le vendría volver a recibir refuerzos de las huestes amigas.

Dice Nouriel Roubini que las probabilidades de una recesión global el año que viene exceden el 50%. Son altísimas, tomando en cuenta que EE.UU. (ni nadie) suele afrontar una recesión año por medio. No son tan desmesuradas quizás si se considera la frecuencia con la que Roubini otea calamidades. El oráculo que predijo la crisis (y que, sobre todo, señaló mejor que nadie la senda precisa que conduciría a la catástrofe) tiene un consejo concreto: poner todo el dinero a resguardo, refugiarse en la seguridad del cash. «No es tiempo de estar en activos de riesgo», señaló. Como si le hubiese leído los labios de antemano, el flujo de fondos comunes cava la huella de ese prudente repliegue. La estampida de los pequeños inversores haría la envidia de los toros más saludables. En la semana que concluyó, unos u$s 50.000 millones emprendieron la retirada estratégica hacia los fondos comunes del mercado monetario. Es desensillar hasta que aclare. Los próximos dos o tres meses, concede Roubini, revelarán la verdadera dirección de la economía.

Sin embargo, hay un grupo específico de inversores que, lejos de tomar distancia, está dispuesto a sacar tajada de las turbulencias y redobla la postura en acciones. Son los insiders, los altos ejecutivos de las compañías. Y así como Roubini domina su oficio, se supone que esta gente conoce la cocina de sus propios negocios. Y hacia allí canaliza su dinero. Las compras de acciones por parte de los directivos de esas mismas empresas sumaron u$s 861 millones en lo que va de agosto. Y ya superan cualquier registro mensual del año. En rigor, es el ritmo más robusto desde mayo de 2008. Las ventas de acciones -que fueron muy elevadas de noviembre a mayo- se redujeron a un escalón mínimo que no se observaba desde enero de 2010. ¿Voto de confianza? Sí. Emitido en el momento más álgido y con masiva concurrencia (voluntaria) a las urnas. Un voto calificado, además. En línea, cabe consignar, con la tendencia que sugieren los balances de las empresas. Quien revise los resultados corporativos no detectará allí ningún síntoma de debilidad económica pronunciada. Más bien, como lo demostró Cisco, un habitué a la hora de arruinar expectativas que esta vez sorprendió gratamente, todavía la pujanza de las ganancias es el santo y seña.

Ni la Bolsa, ni los economistas (sombríos o no), ni los ejecutivos más encumbrados, son infalibles. Pero vale la pena abrevar en sus saberes. Interesa advertir que ni siquiera Roubini da por sentado la recesión. La Bolsa, con todos sus tropiezos, no osó tampoco poner a prueba la barrera de los 10.300 puntos (y cuando tocó los 10.600 fue una visita fugaz). Los hombres de empresa, que están en la trinchera, no ven la recesión como un obstáculo que tuerza los planes de sus compañías. Y si bien nos pueden mentir con los balances, no suelen engañarse a sí mismos poniendo en juego sus ahorros. No. Los únicos escépticos recalcitrantes son los bonos. Sale el sol en Wall Street, jueves y viernes, y la tasa larga no supera el 2,24%. A tiro de los mínimos post Lehman, su convicción es la persistencia de las penurias. Una de dos: o los bonos están endiabladamente en lo cierto o están carísimos.

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