11 de octubre 2018 - 22:07

A los 81 años murió la gran narradora Hebe Uhart

Foto archivo (2014)
Foto archivo (2014)
A los 81 años murió este jueves Hebe Uhart, cuentista y filósofa argentina que era considerada por Rodolfo Fogwill como "la mejor escritora de su generación". Nacida en Moreno, cuyo trasfondo aparecía en muchos de sus relatos, su prosa recuerda los clásicos aguafuertes de Arlt y los textos modernos de Sebald por la mixtura de crónica, relato y ensayo.

Nacida en 1936, Uhart estudió Filosofía en la Universidad de Buenos Aires; trabajó como docente, colaboró en distintos medios, y había recibido en 2017 el consagratorio Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas, que otorga el Estado de Chile a la trayectoria literaria.

"Informamos con profunda tristeza que la escritora Hebe Uhart falleció en Buenos Aires, en el día de hoy. Enviamos un cálido abrazo a su familia y a sus amigos en este día tan triste", informaron desde la editorial Adriana Hidalgo a través de un comunicado.

Las redes sociales se poblaron de mensajes para recordarla y despedirla: "Pena infinita por la muerte de Hebe Uhart, uno de los seres más originales, auténticos, bellos y buenos que conocí", escribió en su muro de Facebook el escritor Leopoldo Brizuela.

Por su parte, Ana María Shua publicó: "Adiós Hebe, querida, admiradísima, nos queda leerte y releerte". Muchas otras voces del mundo editorial y de la literatura se sumaron a los mensajes de pesar, como Damian Rios, Enzo Maqueira, Fernanda García Lao y las cuentas de Twitter de la Biblioteca Nacional y Penguin Random House.

Uhart ha publicado la novela "Mudanzas" (1995), los libros de cuentos "Dios, San Pedro y las almas" (1962), "La gente de la casa rosa" (1970), "El budín esponjoso" (1977), "La luz de un nuevo día" (1983), "Del cielo a casa" (2003), "Turistas" (2008) y "Un día cualquiera" (2013) y una selección de su obra narrativa en el volumen "Relatos reunidos" (2010).

Fue reconocida además como una gran narradora de viajes, temática a la que se abocó especialmente en los últimos años, a través de las crónicas "Viajera crónica" (2011), "Visto y oído" (2012), "De la Patagonia a México" (2015), "De aquí para allá" (2016) y "Animales" (2017).

"Hebe Uhart llevaba una vida escribiendo y publicando, desarrollando una obra que es un modo de mirar, de ser y estar en el mundo. Su escritura se abre al asombro por los misterios del mundo, de las relaciones, de lo que crece o decae, de lo que muda", escribieron desde Adriana Hidalgo a modo de despedida.

A fines del año pasado, entrevistada por Ámbito Financiero cuando apareció el último, "Animales", una exploración del vínculo entre los humanos con los animales, señaló, como si hiciera una definición de su estilo: "Si hablo de animales es porque he leído una barbaridad sobre ellos. Si menciono a un filósofo es porque estudié filosofía, y entonces me surge una cita, algo que dijo un pensador, o aquel obispo del siglo XVIII que frente a un mono dijo: si éste caballerito habla yo lo bautizaré. Me interesan la historia, la antropología y otras muchas cosas que aparecen luego al escribir. Hoy los géneros se mezclan. Julio Ramón Ribeyro publicó textos que denominó "Prosas apátridas" no porque él no tuviera patria, sino porque eran mezcla de reflexiones, observaciones, relatos. Lo mío sería un poco así, entre la crónica, el cuento, la reflexión."

A continuación, la entrevista que le hizo Máximo Soto entrevista del 20 de diciembre de 2017:

El encuentro casual con una mujer de barrio que pasea una perra "fanática de los Rolling Stones" llevó a Hebe Uhart a descubrir un personaje y su imaginario, atravesado por la relación con sus mascotas. "La perra rolinga" es uno de los textos apátridas, según el peruano Ribeyro, mezcla de crónica, relato, ensayo, que ofrece Uhart en su libro "Animales" (Adriana Hidalgo editora). La autora lleva escritos veinte libros, ha conquistado importantes premios, y Rodolfo Fogwill sostuvo que era la mejor escritora argentina.

Periodista: ¿Cómo surgió ese universo pequeño, un animal, un viaje?

Hebe Uhart: Los pájaros, monos y viñetas de gente con animales ofrecen un suculento imaginario. Mi interés por los animales, sobre todos por los monos, tiene muchos años. Me puse a leer sobre aves, especialmente sobre loros, porque al revés de lo que se cree, que repiten automáticamente lo que aprenden, se ha descubierto que no es así. El loro gris de la India, que ha sido educado sabe formas y colores, tiene en eso la inteligencia de un chico de 4 años. Cuando se lo comenté a la encargada del edificio me contó que su loro hace ciertas cosas especiales, que si ella está cocinando y suena el teléfono (la hija se llama Leonella) el loro grita: "¡Leonella, atendé!". Lo fui a visitar. Es un loro que echa a los perros cuando molestan, se ríe con risa de persona, hace su show. Le hice una prueba con un espejo pero recordé que Frans de Waal, el holandés dedicado a la etología y psicología de los primates, dice no se sabe hasta qué punto los animales pueden resolver las pruebas que les hacen los humanos, porque están en otra. Si el mono aprendió a hablar con lenguaje de señas es porque no tiene, como el loro, un equipo de fonación, y puede hacerlo; lo sorprendente es que el loro use el lenguaje de forma pertinente.

P.: Sus textos, que anudan pensamiento y literatura, recuerdan algunos de W.G. Sebald por la forma de entrar y salir del yo, a la manera también del modo que usaba Arlt en sus "Aguafuertes".

H.U.: A Sebald no lo conozco. A Arlt lo he leído, he disfrutado sus aguafuertes. Si hablo de animales es porque he leído una barbaridad sobre ellos. Si menciono a un filósofo es porque estudié filosofía, y entonces me surge una cita, algo que dijo un pensador, o aquel obispo del siglo XVIII que frente a un mono dijo: si éste caballerito habla yo lo bautizaré. Me interesan la historia, la antropología y otras muchas cosas que aparecen luego al escribir. Hoy los géneros se mezclan. Julio Ramón Ribeyro publicó textos que denominó "Prosas apátridas" no porque él no tuviera patria, sino porque eran mezcla de reflexiones, observaciones, relatos. Lo mío sería un poco así, entre la crónica, el cuento, la reflexión.

P.: Junto a sus libros de cuentos, crónicas y misceláneas, están los que tienen que ver con viajes, con visitas a comunidades de pueblos originarios.

H.U.: Las comunidades fueron un gran aprendizaje. Mi interés inicial debe de haber comenzado leyendo a Mansilla. "Una excursión a los indios ranqueles" debería leerlo todo el mundo. Yo quise ver qué pasa con la mitad del país, que es morena. Acá se nota menos, pero va a la Matanza y se ve un blanco cada tanto. América Latina, en su inmensa mayoría, es criolla. Yo tenía ganas de ver cómo piensa y siente la otra parte del país, que es criolla, y que no es exactamente igual al inmigrante. Los inmigrantes, y nosotros los descendientes de inmigrantes, somos personas ansiosas y deseosas de seguridad, por eso queremos la casa, construir la casa, poner la plata en algo donde protegerse, afirmarse. Los otros que ya estaban acá tienen una relación distinta con la casa. Eso me abrió a pensar. El indígena del norte, que vive en el monte, privilegia el monte a la casa. Usted dice: mire que cachivache de casa que tienen, qué le importa la casa, es algo relativo. No es nuestro interés por la casa, que es un elemento de cotejo y debe estar pintada y con todo lo que debe tener. Si se privilegia el monte, la casa es secundaria. Un toba conocedor de la ciudad me dijo: para nosotros el monte es shopping, da caza, pesca, comida, la farmacia y diversión. Eso cambia la perspectiva. Ya no se puede decir por qué no tiene la casa pintada; lo que le importa es el monte, no la casa. Un pampeano, cuyo interés principal son las aves, para qué va a pintar la casa si el vecino más cercano está a 40 kilómetros y no lo va a visitar. Los prejuicios y las costumbres impiden observar qué es lo que realmente le importa. Un caso apasionante es el de los otavalo en Ecuador, que fabrican paños, aprendieron a exportar y se volvieron ricos, y ahora los empleados son blancos y mestizos. Ellos sí que rompen con la idea del indígena sucio, ignorante y con una pluma en la cabeza, cuando en realidad muchos van a la universidad.

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