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La amenaza del nazismo, que se expande por Europa y puede establecer una base en la Argentina, es uno de los elementos dramáticos de “La amenaza” (Obloshka), novela de Abrasha Rotenberg. A los 93 años, Rotenberg acaba de publicar su quinto libro, una novela de formación en la que el joven judío inmigrante Moisés Travinsky, de origen ucraniano, se transforma en el finlandés Travin Sillanpää para poder acercarse a la hija de un general. En un grupo social marcado por el antisemitismo, Travin vive entre fingimientos y mentiras, y sufre permanentes humillaciones que culminarán, treinta años después, en una tragedia. Rotenberg es contador, economista, y acompañó a Jacobo Timerman en la creación de las emblemáticas revistas Primera Plana, Confirmado, y en el legendario diario La Opinión. Está casado con la cantante Dina Rot y sus hijos son el músico Ariel Rot y la actriz Cecilia Roth. Ha publicado “Ultima carta de Moscú”, “La Opinión amordazada” y “Chistes judíos que me contó mi padre”. Hoy a las 19, en la Sala Jorge Luis Borges de la Biblioteca Nacional (Agüero 2502), María O’Donell, Flavia Pitella, Vicente Muleiro y Fito Páez, juntamente con el autor, presentarán “La amenaza”, y Cecilia Roth leerá fragmentos de la obra. Dialogamos con él.
Periodista: Su novela “La amenaza” transcurre cuando, en febrero de 1942, la Argentina estuvo a punto de ser nazi.
Abrasha Rotenberg: No, no estuvo exactamente a punto de ser nazi, pero hubo mucha gente que, convencida de que Alemania iba a ganar la guerra, se preparaba para transformar a la Argentina en la punta de lanza del nazismo en Sudamérica. La cultura militar argentina tenía una fuerte influencia alemana. Eso servía a las intenciones de quienes planeaban una Argentina unida al Tercer Reich. Ese es el trasfondo de la historia de Travin, un adolescente que descubre un mundo para él desconocido.
P.: Travin accede casualmente al mundo de la clase alta, donde anida una conspiración pro nazi, falseando su identidad de chico judío y pobre.
A.R.: Lo hace por ingenuo, por torpe, por fantaseador, porque se deslumbra con una chica y de pronto se ve en medio de la aristocracia de Córdoba, de Rio Ceballos, donde él no cabía. La única forma de acercarse a esa chica de la que se había enamorado era no ser quien era; sabía que si decía que era judío, lo iban a sacar a patadas. Era la exclusión del otro porque pienso que no se parece a mí. Él descubre una elite basada en conquistas sangrientas, en inventarse historias épicas cuando en realidad fue la matanza de los habitantes originarios para apropiarse de sus tierras. Ese grupo de la aristocracia criolla, y la gente de la alta burguesía que lo rodea, tiene como centro un hotel, que ya no existe, pero cuya imagen, casi como un documento, ilustra la tapa de mi novela. Travin va a Córdoba con su madre y su hermana, que está enferma, a un hotelito de clase media baja, donde hay allí algunos personajes intrigantes como una pareja alemana o un juez y su amigo. En la novela sobrevuela la ambigüedad en m{as de un sentido.
P.: El lector se ve arrastrado por el tono confesional, autobiográfico.
A.R.: Es en cierto modo una novela autobiográfica. Hay mucho de ficción, pero ese chico que dice llamarse Travin Sillanpää y ser finlandés en más de un aspecto soy yo. Había leído la novela “Santa miseria” de Frans Sillanpää, que en 1939 había ganado el Premio Nobel. Yo que venía de la Unión Soviética y tenía un acento, raro me hice pasar por finlandés, y me apropié de ese apellido. Travin es invitado por un juez, que se hace su amigo, a una reunión donde se habla del GOU que prepara un golpe militar, y donde hay dos mujeres de la aristocracia que empiezan a decir cosas terribles sobre los judíos, y cuando una dice que Jesús era judío, la otra le contesta: por favor, era católico.
P.: Las charlas de Travin con el juez van de los nazis en Córdoba a la homosexualidad en las tropas de la S.A. de Ernst Röhm y la cuestión judía.
A.R.: El juez le cuenta de la “Operación colibrí”, “La noche de los cuchillos largos”, que extermina el grupo de Röhm. Travin tiene 17 años, ilusiones socialistas, cree en Stalin, no termina de entender lo que ese grupo clase alta de Córdoba se propone hacer con la Argentina. En ese grupo está un General, que tiene dos hijos, un muchacho, llamado El Perro, que sigue la carrera militar, y La China, la chica de la que él está enamorado. A El Perro no le gusta nada ese finlandés que no se sabe de dónde salió y que anda rondando a su hermana. Travin era un chico ingenuo que con los años fue entendiendo lo que le ocurrió aquella vez que fingió ser alguien que no era. Ya convertido en un destacado periodista sabrá, en 1976, en la última dictadura, que hay rencores que no se olvidan.
P.: Al escribir se sirvió de su experiencia en el periodismo.
A.R.: Recordé a muchos de los grandes periodistas que conocí. Travin llega a ser un periodista famoso, pero detestado por parte del establishment por las cosas que decía, descubría, denunciaba. El director del diario llega a decir “el día que lo maten vamos a hacer una fiesta”. Ese director lo inventé, pero el resto de la historia de “La amenaza” es una ficción, como suele decirse ahora, basada en hechos reales. Busqué que fuera el testimonio autobiográfico de Travin, el manuscrito que le deja a un abogado amigo. Una historia de fingimientos, de mentiras, de humillaciones. Durante muchos años estuve buscando la forma de contar todo eso y finamente creo que lo encontré.
P.: ¿Qué está escribiendo ahora?
A.R.: Tengo terminado un libro de cuentos, que quizá se llame “El moscovita desesperado”. La situación editorial es complicada; hoy vender mil ejemplares es un éxito. Aún en España hay libros que llegan a vender cien mil ejemplares, pero son excepciones. Cuando yo tuve en España una editorial hacíamos tiradas de tres mil ejemplares, y luego se reimprimían; ahora allá se editan trescientos ejemplares, hablo de las editoriales que no forman parte de los cuatro grandes monopolios editoriales. A eso se suma todo lo que ofrece el mundo digital.