20 de marzo 2008 - 00:00

Andersen aggiornado en chispeante fábula

Ratso y «Feo» en su etapa adolescente, es decir, más ganso que pato o cisne en «El patitofeo y yo», original animación danesa.
Ratso y «Feo» en su etapa adolescente, es decir, más ganso que pato o cisne en «El patito feo y yo», original animación danesa.
«El patito feo y yo» («The Ugly Duckling and Me!», Dinamarca; 2006; dobl. al esp.). Dir. y G.: M. Hegner y K. Kiilerich, sobre el cuento de H. C. Andersen. Animación.

En tiempos de «Shrek» y los juegos interactivos, sería impracticable una nueva versión del clásico de Andersen según el cánon tradicional. Y, sobre todo en la Argentina, cuando primero hará falta convencer a las más pequeñas de que no irán a ver una versión para el cine del discriminatorio folletín televisivo sobre «divinas» vs. «populares», sino una fábula sobre otro tipo de discriminación: la que margina la fealdad de los patos de la belleza de los cisnes (en realidad, el antiguo cuento tampoco soportaría un riguroso examen del Inadi).

Sobre esa base, los daneses Michael Hegner y Karsten Kiilerich planearon una aventura moderna, no exenta de numerosos chistes para la exclusiva comprensión de los adultos -como es habitual en la factoría Dreamworks-, y en la cual el protagonista no sólo comparte sino que resigna cartel en favor de una rata cruel llamada Ratso (quizá otro guiño: tal el nombre que tenía Dustin Hoffman en «Perdidos en la noche»).

La rata en cuestión no tiene ni la virtud ni las habilidades de Ratatouille: es un promotor de espectáculos (oficio que difícilmente pueda ser heroico), que apenas ve a «Feo» lo imagina como el pato de los huevos de oro; es decir, algo así como el «hombre elefante» de los patos, al que podría llevar de gira y mostrarlo como un auténtico freak. Lo complicado para Ratso es que, por una serie de intrigas previas que no viene al caso revelar, debe arrastrar por los caminos a Feo haciéndole creer que es su propio hijo. Desde ya, hasta que quienes vienen persiguiendo a Ratso (porque tiene unos cuantos que se la han jurado) logren alcanzarlo. Así las cosas, «El patito feo y yo» es más sobre «yo» (Ratso) que sobre el pobre pato, cuya fábula sólo sirve como telón de fondo del gran escape del inescrupuloso promotor, hasta que coincidan ambos desenlaces en uno; pero, por las dudas, puede ir confiado el espectador: la rata no se convierte en cisne, aunque el pato sí tiene, antes del chaicovskiano final, un avatar intermedio: se convierte, tal como dijo una de las pequeñas espectadoras que vio el film en su función de prensa, en ganso. Es algo así como una transformación adolescente pre-cisne, de la noche a la mañana, de la que se vale el guión para hacerle cometer las mayores torpezas. La animación es rica en matices y movimientos, y el doblaje es adecuado.

M.Z.

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