5 de febrero 2018 - 17:33

Baradero rock 2018: la procesión sigue su marcha

Sueño de pescado en Baradero rock.
Sueño de pescado en Baradero rock.
"La filosofía de viajar con el cuero suelto al viento". Ciriaco Viera canta con la garra como insignia de fuego. Abajo, los pibes que vinieron a ver Nagual arengan con los brazos rabiosos y miran hacia el cielo en cada cierre épico. "Y que todo lo que dicen que se cambia/ a todos los que dicen, acá cambia/ Acá no se cambia".

Dos gordos de musculosa negra conversan a través de un lenguaje de señas en el que dejen en claro las bases de una nación surgida desde lo más carnal del rock. Viaje, trapo y asado.

La tercera jornada del Baradero Rock 2018 sucede al calor de las brasas de los propios cuerpos. Los platenses de Sueño de Pescado, una de las bandas con mayor proyección del rock barrial post Callejeros, provocan el movimiento de la marea humana y evocan a lo más fraterno y crudo de la militancia del rock.

Una piba le da vida al viento a través de una bandera que mezcla los colores de River y Boca, mientras Manu Rodríguez, líder del conjunto platense va de lado a lado en el tablado que patrocina Isenbeck. Cinco horas antes el cantante de la banda se había presentado ante 50 personas como invitado de Rey Garufa a razón de dos fotos por cada paso que tuvo que dar una vez que bajó del escenario. El grupo ya dejó de ser una promesa con solo tres años de vida.

Bajo el lema de "El festival de tus vacaciones", la gran mayoría de los presentes eligió economizar gastos. A juzgar por la cantidad, el negocio de las conservadoras parece en alza. La gente optó por los servicios de viaje de empresas de tinte rockero y por los campings municipales; y, en la previa, pobló las calles aledañas con sus provisiones más económicas. El evento es una parada que cada vez cobra más trascendencia en la temporada estival y que sirve como previa de la hoja de ruta en la próxima estación: el Cosquín Rock, el festival de rock más importante del país.



Los vecinos locales aprovecharon el programa -con y sin suerte, según su ubicación- con la intención de "salvar el fin de semana" y sacaron las parrillas a la calle para aplacar los gastos municipales. Héctor Guillén, tiene 61 años y un gorro de cocinero que, para el caso, no es necesario. Pero ahí está. Dice que de la oferta de tres latas de medio litro de cerveza a $120 del primer día, tuvo que pasarse -el último día- al grupo de las tres por $100. Lo mismo con los choris -de 50 a 40- y la bondiola -de 70 a 50-. "Me parece que compré de más o vino menos gente. El año pasado me fue mejor". La realidad, de todos modos, es invisible a los costos: es más fácil comprar algo afuera que una lata de cerveza industrial a $100 pesos una vez ingresado al predio.

En la pasarela que funciona como antesala -a la vera del río Paraná-, las tres jornadas del festival suceden bajo el mismo color: el cielo despejado y un sol que taladra. Están los que se trajeron el local entero de remeras con frases de las bandas que tocan, los artesanos que toman más birra de garrón de lo que venden y aquellos que pululan. Hay más oferta que demanda. Los pibes de 9 menos cuarto -otra de las bandas que anduvo por el festival- arman un set callejero con canciones populares y la gente se engancha.

En las afueras del corral de varias manzanas -con las que se cerró el Anfiteatro Pedro Carossi-, los baradenses transcurren como cualquier fin de semana: vuelta al perro y a dormir. Las motos no van a mil, como en "Seminare", pero sobran. Los restaurantes de San Martín, la avenida principal, están llenos y la heladería para terminar el recorrido nocturno, también.

En La Birrería, el bar donde está la pomada, hay grupos de post adolescentes que, a la distancia, ya parecen conocerse de memoria. La distancia entre las mesas contiene el silencio sepulcral que viene después de cada risa. Hay pool, ping pong y metegol, gratis. No lo usan, o lo usan poco que para el caso es lo mismo. Se ve lo que abunda, aburre.

Adentro suena El Bordo. Su cantante, Ale Kurz, tiene imán. Y eso se siente. Todo lo que se mueve, late. Los que estaban sentados, se paran. Se unen y avanzan. Los cambios de escenario funcionan de manera cronometrada. Cuando termina uno, empieza el otro. El inicio lo marca la gente con alguna de las canciones que hacen foco en la cultura del aguante. El grupo es uno de los pocos que supo sostener su público luego de la tragedia de Cromañón. "Tendrás que se ser vos, dejar el confort", dice Kurz en "Metafísica suburbana" -canción perteneciente a El Refugio-.

De la Gran Piñata es, quizá, el conjunto que más creció en el boca a boca. Su líder, Panter Giuliano, tiene un color arrabalero en la composición que lo ubica como uno de los mejores poetas del rock actual. Se trata del grupo con más tatuajes de la jornada. El público merma. Es domingo a la noche y al otro día muchos de los presentes trabajan. Todavía queda un viaje en el medio, pero todavía hay tiempo para que cierre Guasones.

Aquellos que vinieron sin entrada, tienen su consuelo. El Punto de encuentro sirve como puerta de ingreso. Salva -ex cantante de La Covacha- saca a los presentes de las mesas y los pone de frente al escenario. El calor es intenso. La gente, también. Gaspar Benegas, líder de La Mono y guitarrista del Indio Solari, prueba sonido. Le lleva tiempo. Y el resultado, lo avala. "Las mejores canciones las dejamos para el final", dice y se ríe. Sabe que la monada espera alguna gema ricotera y él no los defrauda: suenan "Pabellón séptimo" y "El arte del buen comer" en versión power trío.

Es sábado. El día pasa en retrospectiva. Cierra La 25, Kapanga y Cielo Razzo, los más convocantes. Los que movilizan y sirven de tracción para que las otras bandas se nutran.



Una chica pendula en los brazos de un pibe que se mueve a su ritmo. Ya es de noche, y la luna está más encendida que de costumbre. "Y sentir mudar de cara al sol/ verdadera libertad, revolución". Nonpalidece ya está en escena. Al fondo, detrás de los árboles, la sombra de una fábrica sirve como imagen de una realidad. Los food truck son un invento ideal para una serie de eventos más afortunados que un festival de rock. Por más que el público joven le cambió la cara al género, al público de las bandas convocantes no le gusta hacer cola para comprar una quesadilla. La fila está en los baños.

El cotillón corre por cuenta de Los Caligaris; los clásicos radiales a cargo de Coti -quien está en busca de un costado más rockero en la puesta- la catarata de clásicos; mientras que el túnel al pasado del hit es el ambiente natural de Turf. "Pasos al costado", "Magia blanca" y "Loco un poco" Todo funciona. Joaquín Levinton detiene el inicio de "Yo no me quiero casar, y ¿usted?" e invita a la gente a formar el círculo más grande del show. La interjección sirve como explosión. "Churu ru ru". Salto, baile y abrazo. Alegría y fiesta. Una mujer vestida con un vestido de baile corre al cantante por todo el escenario sin poder atraparlo.

La pata cool tiene su costado atractivo a través de la nueva escena mendocina con Usted Señálemelo y Perras on the Beach, el proyecto de Simón Poxyran -la última brisa de irreverencia del indie rock-, la puesta teatral de Luota, el funk de Lo Pibito y los hermanos necochenses de El Plan de la Mariposa.

El viernes ya es noticia vieja. Quedó la vuelta de Iorio -con el brazo enyesado- tras el incidente que terminó con su detención en Sierra de la Ventana; el paso siempre arrollador de Eruca Sativa y la vigencia de Attaque 77, Massacre y Carajo.

El remise sale 65 pesos de acá para allá y de allá para acá. Y si el destino es otro, lo más probable es que también. Las dos líneas de colectivos que funcionaban, ya no lo hacen. Tiene sentido, a juzgar por la fuerza del sol nadie debe salir de su casa entre las 12 y las 17. O sí. "Pensé en abrirme una empresita privada, pero siento que no me va a ir bien", dice unos de los choferes de las tantas remiserías.

Es de noche, como cualquiera de los tres días; y la luna luce como los ojos del pibe que mira a su banda preferida minutos después de lograr entrar. Atrás quedó el llanto de moco trapecistas por no poder ingresar luego de que una amiga perdiera su entrada. A veces el mundo sucede.

El Baradero rock 2018 se convirtió en un clásico estival. Un evento que, de no mediar decisiones políticas apresuradas, seguirá intentando crecer con el atractivo de la parrilla, la carpa y la hermandad. Un festival que nació para ser canción de río y sol.

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