«Cachimba» del director chileno Silvio Caiozzi es una comedia entre romántica y sarcástica,
bien dentro del espíritu de José Donoso en uno de cuyos cuentos se basa.
«Cachimba» (Chile-Argentina-España, 2004, habl. en español). Dir.: S. Caiozzi. Guión: S. Caiozzi, N. Fuentes.Int.: P. Schwarz, M. Loyola, J. Jung, P. Contreras, J. Guzmán, P. García.
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Se fue el escritor José Donoso, y dejó como heredero a Silvio Caiozzi, que ya venía de lucirse con «Juliocomienza en julio» y desde entonces rinde homenaje a las letras chilenas haciendo muy buen cine chileno. Así lo prueban «La luna en el espejo», «Coronación», y esta «Cachimba», comedia entre romántica y sarcástica, divertida, incisiva, con artistas (Patricio Contreras, entre ellos) realmente inspirados que juegan hábilmente sus caricaturas, final feliz, y, eso sí, música argentina.
Los caracteres, el sentido del humor, los paisajes, los personajes, los diálogos, que por suerte acá se escuchan clarito, son bien trasandinos. Los temas son universales: amor, ilusión, engaños, desengaños, frustraciones y compensaciones. Y la música, ya lo anticipamos, es argentina, de Osvaldo Montes, florece en tangos y boleros, y enmarca un tema de Gardel muy adecuado para el personaje principal, a quien conoceremos de capa caída, pero dispuesto a la lucha.
Es que el tipo es un noble infeliz, un soñador que cree en el arte, activo secretario de una entidad culturosa de viejos carcamanes, flaco tinterillo enamorado de una gordita muy de su casa. El la quiere a su gorda, y se le tira encima cuando los futuros suegros ya se han ido a dormir, pero ella es toda tímida, se tapa la cara con las manos cuando el otro (y también el público) le ve fugazmente los pechos, y así no puede ser, dice él, y la convence de ir al hotel de un lindo pueblito costero, para verla a plena luz, plenamente desnuda. Lo que son las cosas. Por escaparle, la gordita da tantas vueltas que ambos terminan en el derruido museo de un pintor que hace añares, supuestamente, triunfó en Paris. Y el flaco encuentra allí su destino sudamericano: será el redescubridor del artista, el protector del museo, el defensor y difusor de esa riqueza. Encuentra también un encargado alcohólico, intransferible e impagable, y, peor, el éxito, los celos, las trampas, la mezquindad, las supercherías del arte y de los promotores culturales. Pero mejor aún, encuentra la agradecida lucidez del alcohólico, la habilidosa orientación del compañero de trabajo con lecturas de management, y la altura de gente que, más allá del bien y del mal, convierte una imitación en una joya, siempre que se regale por amor.
Esto último, se advierte enseguida, encierra su buena metáfora sobre la naturaleza del arte, suma un nuevo placer al relato, y justifica cierta demora en llegar al desenlace. Que a su vez tiene otra metáfora, pero bien evidente, maliciosa, regocijante. Solo es cuestión de verla. Es muy donosiana.
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