Basado en las memorias del médico de la cárcel de encausados Carandirú, de San Pablo, el realizador da la clave de todo ya en sus primeros minutos: a punto de estallar una pelea entre dos reclusos dispuestos a matarse (justo uno se encuentra con el asesino de su padre, y de otros cuantos más), todo se afloja magistralmente por obra de los propios internos, ante la vista comprensiva del director del penal. Ellos ponen las reglas ahí adentro, y las autoridades sólo vigilan que no se escapen. La primera visita es realmente graciosa. Y terrible. Lo más impresionante, la celda de los violadores, alcahuetes y mercenarios que viven voluntariamente encerrados en lo oscuro, sin salir jamás al patio, por miedo a que los maten.
Superada la primera impresión, el profesional se pondrá la máscara de una sonrisita cordial, levemente superior, y se hará cargo, durante años, de una multitud de criaturas gustosas de ser atendidas, y de contar sus vidas, según su propia versión, por supuesto.
Esto da lugar a sucesivos pasos de picaresca (el negro bígamo), policial clásico («fue
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