Tuvo «una infancia dorada» que recordaba con placer. Lo expulsaron de cuatro colegios porque «me aburría como una ostra». Se paseó por las facultades de Medicina, Filosofía y Derecho, sin concluir ninguna de esas carreras, pero «sumando saber para el futuro».
Alto, corpulento, sabía imponer siempre su presencia y su voz. Nunca tuvo pelos en la lengua, ni pudores de sentirse un provocador. No temía a las controversias y desafiaba a las críticas. Eligió ser insolente y polémico. Abrió el lenguaje a las palabras de todos los días, rompiendo tabúes. Un modelo de su estilo desafiante fue cuando afirmó que «el premio Cervantes está lleno de mierda porque se ha politizado», y luego lo aceptó sin problemas, o cuando sostuvo que la Real Academia de la Lengua, de la cual participaba desde hacía décadas, era «un internado de jesuitas que nada valioso hacía por el idioma».
En el fútbol (su gran pasión deportiva juvenil junto al judo, donde llegó a ser cinturón negro) era centro izquierda y en política de centro derecha, pero se permitía todas las libertades, desde haber colaborado con el franquismo a ser uno de sus grandes críticos. Aunque no concluyó ninguna de estas carreras, su vida universitaria, interrumpida por el estallido de la Guerra Civil, le permitió frecuentar los principales círculos intelectuales, además de presentar sus primeras poesías al erudito español
A los 23 años, en 1939, publicó su primer libro, un poemario de estética surrealista titulado
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