Coinciden muestras del mejor arte joven

Espectáculos

La galería Van Riel, fundada en 1924, es un milagro de permanencia en el tiempo, que demandó la tenacidad de tres generaciones de galeristas dispuestos a desafiar las corrientes y contracorrientes del mercado del arte argentino. Este año, Gabriela van Riel, nieta de un artista y escenógrafo que llegó a Buenos Aires y abrió la ya célebre galería en la calle Florida donde sus padres se iniciaron en el oficio, estrenó una nueva sede en la calle Juncal con la muestra «Pintura-Pintura» de Sergio Avello.

A partir del título, Avello define la exposición. La pintura es protagonista y, para subrayar el tema, enmarcó un fragmento de una empastada paleta de pintor y lo colocó como una obra maestra sobre un caballete. A través de estas pistas, el espectador descubre que la reiteración del término, «Pintura-Pintura», tiene un sentido preciso: la doble intención de mostrar la pintura como material, el óleo o sus sucedáneos, y a la vez, una obra que participa del dilatado universo que comprende la palabra Pintura. Es decir, la exposición exhibe las cualidades intrínsecas de la pintura, su transparencia, elasticidad, densidad, brillo y opacidad, y además, unas elaboradas abstracciones que se integran a la larga historia de la Pintura.

Con su pequeño formato, las obras de Avello hablan con un humor delicado, tanto del «cuerpo» como del «alma» de la pintura, del oficio y de la belleza en el arte. La exposición consiste en una serie de obras cruzadas por bandas de colores que se entrelazan, algunas se perciben netas, realizadas con pintura espesa, y en otras, la pintura fluye y se esfuma, translúcida, haciendo emerger matices extraños del azul, el verde, los rojos, y conformando distintos juegos armónicos. Desde la simple relación que entablan el color y la forma, como diversas voces de un coro, surgen las variaciones rítmicas y la cualidad musical de cada composición.

Nacido en Mar del Plata en 1964, Avello desembarcó en la noche underground de la década del 80 porteña y, además de ser un pintor eximio es, desde entonces, un buen escenógrafo y un avezado DJ.

A pocos pasos de Van Riel, José Garófalo, nacido en San Telmo también en 1964, presenta en Vasari su primera muestra individual en una galería de Buenos Aires. Dato sorprendente para un discípulo de Guillermo Kuitca que inició su carrera a principios de los años 80, y expuso en incontables muestras colectivas junto a Martín Reyna, Rafael Bueno, Juan José Cambre y, entre muchos otros artistas de su generación, Alfredo Prior, autor del texto del catálogo.

  • Debut tardío

    El nutrido currículum de Garófalo, torna incomprensible el tardío debut en el mercado de un artista que ganó el primer premio Gunther y dos veces la Beca del Fondo de las Artes, expuso su primera muestra individual en el Centro Cultural Recoleta en 1989 y participó de exhibiciones en el Estudio Giesso, el CAYC, el Casal de Catalunya, el Centro Cultural Rojas, Arte BA, la Fundaciones Proa y Klemm y varias instituciones de Latinoamérica.

    A partir de 1990, Garófalo inició una exitosa carrera como coreógrafo y bailarín de tango, pero nunca dejó de pintar; desde 1987 hasta 2006, compartió el taller con Santiago García Sáenz y nunca se desvinculó del ambiente. Sin embargo, Garófalo pertenece a la generación afectada por el fuerte cimbronazo que produjo el abrupto cambio de rumbo estético del Centro Cultural Rojas, donde enseñó dibujo y pintura, hasta que en 1992 lo desplazaron junto a otros pintores como Marcia Schvartz. La muestra de Vasari trata sobre el paisaje, sobre la desolación del paisaje. La obra más representativa y melancólica es una solitaria luna llena en medio de un cielo azul profundo, que ilumina una delgada línea de hielo en el horizonte.

    Con una serie de árboles esquemáticos, en «Las siete estaciones», Garófalo retoma una imagen que torna su obra identificable (la del árbol sin hojas), y acentúa el concepto de una naturaleza trastocada que ronda en toda la muestra. «Amanece, que no es poco», es una pintura alucinada. Se trata de un árbol delgado y solitario, envuelto en una atmósfera tan amarilla y enrarecida que lo sumerge en la irrealidad.

    Cruzando la calle Esmeralda, sobre Arroyo, en la muestra colectiva que exhibe la galería Palatina para el fin de la temporada, una obra de Andrés Paredes vuelve a evocar el tema de las alteraciones de la naturaleza. Un papel con cortes y recortes que permiten el paso de la luz y que oscila entre lo bidimensional y tridimensional, dibuja bellísimos brotes y enramadas. Sin embargo, el color negro del papel, torna luctuoso el dibujo.

    En la misma sala, junto a la obra de Paredes, una madera abstracta de Beto de Volder, una caja blanca de la rosarina Eladia Acevedo y las estilizadas líneas que traza Leandro Comba, conforman un grupo de obras sensibles. Característica, la sensibilidad, que aporta el grupo de jóvenes que ingresó recientemente a la galería.
    Frente a Palatina, en la galería Zavaleta Lab, Silvia Gurfein presenta «Temporal», una serie de complejas pinturas abstractas cuyo tema insondable es el tiempo.

    En suma, se trata de un barrio que en estos días vale la pena visitar.
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