17 de diciembre 2007 - 00:00
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Una de las obras de José Garófalo, multipremiado artista que, incomprensiblemente, recién ahora tiene la oportunidad de una muestra individual en una galería de Buenos Aires (Van Riel).
El nutrido currículum de Garófalo, torna incomprensible el tardío debut en el mercado de un artista que ganó el primer premio Gunther y dos veces la Beca del Fondo de las Artes, expuso su primera muestra individual en el Centro Cultural Recoleta en 1989 y participó de exhibiciones en el Estudio Giesso, el CAYC, el Casal de Catalunya, el Centro Cultural Rojas, Arte BA, la Fundaciones Proa y Klemm y varias instituciones de Latinoamérica.
A partir de 1990, Garófalo inició una exitosa carrera como coreógrafo y bailarín de tango, pero nunca dejó de pintar; desde 1987 hasta 2006, compartió el taller con Santiago García Sáenz y nunca se desvinculó del ambiente. Sin embargo, Garófalo pertenece a la generación afectada por el fuerte cimbronazo que produjo el abrupto cambio de rumbo estético del Centro Cultural Rojas, donde enseñó dibujo y pintura, hasta que en 1992 lo desplazaron junto a otros pintores como Marcia Schvartz. La muestra de Vasari trata sobre el paisaje, sobre la desolación del paisaje. La obra más representativa y melancólica es una solitaria luna llena en medio de un cielo azul profundo, que ilumina una delgada línea de hielo en el horizonte.
Con una serie de árboles esquemáticos, en «Las siete estaciones», Garófalo retoma una imagen que torna su obra identificable (la del árbol sin hojas), y acentúa el concepto de una naturaleza trastocada que ronda en toda la muestra. «Amanece, que no es poco», es una pintura alucinada. Se trata de un árbol delgado y solitario, envuelto en una atmósfera tan amarilla y enrarecida que lo sumerge en la irrealidad.
Cruzando la calle Esmeralda, sobre Arroyo, en la muestra colectiva que exhibe la galería Palatina para el fin de la temporada, una obra de Andrés Paredes vuelve a evocar el tema de las alteraciones de la naturaleza. Un papel con cortes y recortes que permiten el paso de la luz y que oscila entre lo bidimensional y tridimensional, dibuja bellísimos brotes y enramadas. Sin embargo, el color negro del papel, torna luctuoso el dibujo.
En la misma sala, junto a la obra de Paredes, una madera abstracta de Beto de Volder, una caja blanca de la rosarina Eladia Acevedo y las estilizadas líneas que traza Leandro Comba, conforman un grupo de obras sensibles. Característica, la sensibilidad, que aporta el grupo de jóvenes que ingresó recientemente a la galería.
Frente a Palatina, en la galería Zavaleta Lab, Silvia Gurfein presenta «Temporal», una serie de complejas pinturas abstractas cuyo tema insondable es el tiempo.
En suma, se trata de un barrio que en estos días vale la pena visitar.


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