Con Agustín Alezzo se fue el último gran maestro de la escena nacional

Espectáculos

Formó a varias generaciones de actores. Sus puestas fueron un modelo.

“¿Para qué voy a escribir mis memorias si lo más interesante no se puede contar?”, dijo Agustín Alezzo a este diario en una entrevista que se le realizó cuando estrenaba, como director, “Yo soy mi propia mujer”, uno de los mayores éxitos teatrales que protagonizó Julio Chávez. “Me han insistido mucho para que las escriba o para escribirlas conmigo, pero nunca me he resuelto a hacerlo. Es que si no son sinceras, no tienen sentido, y si lo son, hay que cuidarse mucho de lo que se dice”.

Caballero a la antigua usanza (pese a la modernidad y audacia de tantas de sus puestas), enemigo del chisme que hoy alimenta tanto a los medios, Alezzo se llevó con él sus secretos pero dejó una obra enorme y numerosas generaciones de actores agradecidos, que hoy lo reconocen y lloran como a un maestro irreemplazable.

Tenía 84 años, había ingresado hace un mes, por un problema urinario, en el Sanatorio de la Trinidad, donde dio positivo al covid-19. Complicado su cuadro con un problema pulmonar, su evolución, sin embargo, permitía abrigar algunas esperanzas. Tanto que el último lunes el empresario teatral Carlos Rottemberg había escrito en su cuenta de Twitter: “Muy buena noticia: luego de más de un mes de internación en el sector de cuidados intensivos, Agustín Alezzo fue trasladado hoy a una habitación común para continuar con su rehabilitación, superando el cuadro crítico que lo aquejaba”. Por desgracia, fue también Rottemberg quien tuiteó ayer: “Súbitamente, la peor noticia. Murió Agustín Alezzo”.

Último y uno de los mayores representantes de los maestros de teatro del último medio siglo, generación impar en la que tuvo como colegas, entre otros, a Augusto Fernandes, Carlos Gandolfo, Inda Ledesma y Roberto Villanueva, Alezzo, que impuso las enseñanzas del teórico ruso Konstantin Stanislavski, formó a muchos de los más notables intérpretes locales.

Había nacido en Buenos Aires, el 15 de agosto de 1935, y se formó con Heddy Crilla, con quien trabajó en el teatro Olimpia, también escuela de teatro. En su juventud se incorporó al Nuevo Teatro, que manejaban Alejandra Boero y su esposo Pedro Asquini. Integró los grupos Juan Cristóbal y La Máscara en los años 60, y estudió en Nueva York con Lee Strasberg, fundador del Actor’s Studio. En 1968, llamó por primera vez la atención del medio con su puesta de “La mentira”, de Nathalie Sarraute, y a principios de los 70 ya descollaba en puestas tan académicas como populares, como su versión de “Las brujas de Salem” de Arthur Miller en el Blanca Podestá, con Alfredo Alcón, Alicia Bruzzo y Milagros de la Vega, o su “Romance de lobos”, de Ramón del Valle Inclán, también con Alcón en el teatro San Martín.

En los 90, su puesta del unipersonal “Yo amo a Shirley Valentine”, con Alicia Bruzzo, fue tan popular y brillante como “La rosa tatuada”, de Tennessee Williams, “Master Class”, de Terence McNally, con Norma Aleandro, “La profesión de la señora Warren”, de George Bernard Shaw, “Lo que no fue”, de Noel Coward o “En boca cerrada”, de Badillo, estrenada con Norberto Díaz y en su tercera temporada con Julio Chávez. Con este actor se lució en la mencionada “Yo soy mi propia mujer”, en 2007, la historia de un travesti que desafió todas las reglas durante el período nazi. Justamente para Alezzo, a diferencia de colegas suyos a quienes desvela dejar su propia “marca autoral”, lo más importante era el lucimiento de sus actores, a quienes ayudó a encarar caracterizaciones muy complejas sin alardes técnicos. Otro ejemplo destacable de este amor por el actor fue la obra “Rose” de Martin Sherman (“Bent”), estrenada en 1999 en los EE.UU. con el protagónico de Olympia Dukakis, que en su versión local le dio una enorme oportunidad a Beatriz Spelzini para componer a la anciana protagónica.

En los 2000, cuando abrió la primera sede de El duende, un pequeño espacio teatral de cincuenta butacas ubicado en Córdoba al 2797, junto al estudio donde dictaba sus clases desde 1966, dijo a este diario: “para trabajar no necesito de una sala propia. Las cosas que se me ocurren son para salas del circuito empresarial, no se ajustan a salas tan pequeñas. Abrí El duende más que nada para apoyar a la nueva camada de actores y directores”.

“Yo siempre he tenido la suerte de contar con elencos magníficos”, señaló también entonces.”Me sobran los dedos de las manos para contar las veces que tuve problemas con algún actor. En general, me llevo bien con todos los elencos, y guardo muy buenos recuerdos de los trabajos que hicimos. Con quienes no siempre me ha ido bien fue con los empresarios. A veces querían interferir en mi trabajo, otras venían con exigencias tontas o maltrataban al elenco. Yo he tenido que dar la cara muchas veces y enfrentar al tipo para que no los trate así. Pero no todos son así. Por ejemplo, la producción de ‘Yo soy mi propia mujer’, en el Multiteatro de Rottemberg, es excepcional. Nos han cuidado, a Julio y a mí de manera extraordinaria. Nunca han intervenido ni hecho nada que no fuera en beneficio del espectáculo. Y debo decir que con Lino Patalano también trabajé muy bien. Allí estrené ‘Master class’ con Norma Aleandro”.

También en aquella entrevista había revelado la razón del nombre de El Duende para su teatro, que tanta pena le dio cerrar hace tres años (con dificultades, continuaba con la escuela): “Así se llamaba el chalet de veraneo que tenía en Pinamar mi gran maestra y amiga Heddy Crilla. Yo iba allí todos los veranos a pasar por lo menos 20 días. Por las noches investigábamos juntos algún tema o cotejábamos trabajos de dirección mientras nos tomábamos un whisky”.

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