24 de noviembre 2008 - 00:00
Con gran retrospectiva de Duchamp reabrió Proa
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Arriba, «El gran vidrio», de Marcel Duchamp, realizada en
1915 y que ocho años más tarde consideró «definitivamente
inacabada». Debajo, una imagen de la Fundación Proa la
noche de su reinauguración.
Tenía apenas 25 años cuando en un hotel de Munich realizó los primeros bocetos de «El gran vidrio». Sin embargo, sólo en 1915 inició en Nueva York la ejecución de la obra que en 1923 declaró «definitivamente inacabada». Con dos planchas de vidrio y las imágenes de la novia, representada en la parte superior por formas mecánicas y orgánicas que evocan un insecto, y de los solteros, encarnados en siete conos dispuestos en semicírculo, un molinillo de café y un trineo ubicados en un plano inferior, compuso una obra que a pesar de su transparencia y la claridad del diseño, se resiste todavía a la interpretación y revela la esencia enigmática del arte. El accidente como factor clave de la creación, surge cuando en 1926 «El gran vidrio» se quiebra y su autor decide que la rajadura forme parte de la obra.
La muestra aborda otros tópicos que trascienden el rigor conceptual, como el azar, el juego y, sobre todo, el humor, que sobrevuela las salas donde se exhiben más de 100 obras llegadas de Viena, Estocolmo, Nueva York, Philadelphia y París.
La duchampiana puesta en jaque de los criterios del arte llega a cuestionar el de la originalidad, determinante esencial del «aura» de la obra. Con este fin utilizó desprejuiciadamente copias de los originales, como una reproducción de la Mona Lisa de Leonardo que intervino al dibujarle barbita y bigote. «Es una combinación de ready made/ dadaísmo iconoclasta», informaba Duchamp. Acaso para confirmar el predominio de las ideas, fotocopiaba sus propias notas que presentaba en cajas como «obras de arte».
La curadora de la muestra, Elena Filipovic, puso el acento en la imposibilidad de encuadrar a un artista que luego de presentar objetos industriales como arte, se dedicó a realizar pequeñas reproducciones de sus obras para el «Museo portátil» («Boîte-en-valise»). «Con cuidado extremo -destaca Filipovic- hizo 300 copias a mano y 20 valijas de lujo, una de ellas para Roberto Matta».
Hay una fotografía que muestra el inicio de la instalación que Duchamp realizó en 1942, al cruzar 1600 metros de hilos por una muestra que el público podía ver pero no recorrer. Están las máquinas ópticas y el film «Anémic Cinéma», que registran su interés por los aspectos puramente visuales del arte.
El artista depararía sin embargo una última sorpresa tres años después de su muerte, cuando en 1969 el Museo de Filadelfia presentó el diorama tridimensional e ilusionista «Etant donnés».
Se trata de la viva imagen del erotismo, ya que como un voyeur, espiando por los agujeros de un portón de madera, el espectador descubre el cuerpo desnudo de una mujer en tamaño real, tendido de espaldas sobre unos leños y mostrando su sexo. ¿Es la novia finalmente rendida? Imposible saberlo con certeza, Duchamp establece con sus dudas el grado cero en la evolución del arte moderno, tema que se abordó en el Coloquio Internacional dedicado al artista más estudiado del siglo XX.




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