5 de noviembre 2012 - 22:48
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Leonardo Favio, durante una de sus filmaciones
Todas esas elecciones confluyeron en su primera película en una puesta en escena singular, intuitiva, que desarrolla sus complejidades con elementos tan mínimos como eficaces, y que expresan la capacidad de Favio para hacerse fuerte desde sus limitaciones y para equilibrar la desproporción que existía entre ciertas ideas brillantes y el escaso dinero que disponía para alcanzarlas.
Ese fue el germen de un estilo rústico y a la vez refinado que desarrollaría luego en "El romance del Aniceto y la Francisca" y "El dependiente", filmes con los que completó una trilogía en la que el blanco y negro, el origen humilde de sus personajes y el ascetismo de los espacios que transitan, en lo que desplegó siempre un alto grado de lirismo, emoción y espontaneidad.
La pérdida de la inocencia y la proscripción de la pureza son temas que el cineasta volvería a explorar -con otros personajes y en otros momentos y circunstancias- en sus películas posteriores.
"El romance del Aniceto y la Francisca", "El dependiente", "Juan Moreira", "Nazareno Cruz y el lobo", "Soñar soñar", "Gatica, el Mono", "Perón, sinfonía de un sentimiento": en cada uno de esos filmes Favio advierte acerca de la persecución impiadosa a la que la sociedad somete a aquellos que se animan a luchar por conservarse puros e inocentes, ajenos a toda imposición interna o externa.
Un niño huérfano de afectos y esperanza. Un hombre que lo pierde todo -su novia, su gallo de riña, su vida- al entregarse como un ciego a una pasión fugaz. Un gaucho que lucha a sangre y fuego por ser libre y mantenerse digno. Un hombre lobo enamorado y perseguido por desviarse de las reglas sociales y obedecer únicamente a su corazón. O un boxeador que alcanza lo más alto de la popularidad para trastabillar y resbalar hacia lo más profundo de la ignominia.
Todos sus personajes son seres frágiles, inocentes y apasionados, que se animan a soñar e intentan cambiar o superar su condición social, aunque la mayoría de las veces de manera infructuosa.
También lo es el hombre angustiado que encarna Hernán Piquín en "Aniceto", su última película, un ballet cinematográfico que se erige como una versión musical de su propio filme de 1966 "Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más", basado en el cuento "El cenizo", de su hermano Jorge Zuhair Jury.
Atorrante de atorrantes -tal como él mismo se definió alguna vez-, alumno aplicado de lúmpenes, pícaros y marginales, Favio desplegó un cine hecho a corazón abierto, respetuoso de los excluidos y de seres que habitan las calles como prostitutas, estafadores, "manyagatos" y ladrones de poca monta.
Intuitivo y curioso, de personalidad empírica y autodidacta, su obra priorizó siempre la emoción, la humanidad de sus personajes, la belleza, la poesía y todo aquello que le surgía desde adentro, de lo más hondo de su ser, sin filtros, estrategias o especulaciones. Para él, ser cineasta era "un trabajo que se parece al que hacía cuando era pibe: soñar".



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