Pepe Eliaschev, «Lista negra. La vuelta de los 70» (Bs. As., Sudamericana, 2006, 256 págs.)
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Se defraudará quien, por la tentación del título, imagine que podrá internarse en los cerrojos del subdesarrollo contra la prensa libre (por asociación con aquella caza de brujas de las postguerra que hicieron macabramente famoso al legislador McCarthy en los Estados Unidos). Este libro es una incursión sobre el universo exclusivo del autor por la cesación de su contrato laboral y empresario con una radio oficial (Nacional). Un lamento, claro, por la exoneración forzada de un gobierno que se suponía cercano (Kirchner) y ahora se presenta como un enemigo. Queja, entonces, a la que se adosan ovaciones domingueras sobre las excelencias de Eliaschev, escritas por sí mismo, afines de la actividad y de otros rubros y simples oyentes en una larga cadena de mails con múltiples origenes barriales, provinciales. Con todo ese material se construyeron casi 300 páginas. Si, en verdad, quienes han perdido el trabajo en la Argentina hubieran hecho un esfuerzo semejante, posiblemente se podría reconstruir la biblioteca de Alejandría.
Si el periodismo es un arma cargada de vanidad, este caso se solaza en demostrarlo. Tal vez por consejo de psicologos, quienes recomiendan autovalorarse a depreciarse, tarea en la que a menudo incurren los que no asisten al diván. Igual resulta encomiable la actitud de quererse tanto a sí mismo y a su actividad, como Eliaschev, de considerar que la obligada pérdida del micrófono ha sido como la amputación de un miembro sensible. Y lo debe ser, como el candor arrebatado de quien se enoja al cuadrado porque ha sido Kirchner y no Menem el que lo condenó al ostracismo del éter, luego de que un año antes le hubieran propuesto -vía Alberto Fernandez, al que más tarde le atribuye haberlo sacado del aire- el control no de un programa, sino de la radio toda.
Más cuando incorpora su biografía autorizada (incluyendo el parto e iniciación sexual) y expandida con su militancia en el periodismo progresista -de algún modo hay que definirlo-, en medios comprometidos de los 70 («El descamisado», entre otros), a los cuales las autoridades del gobierno actual dicen alabar y entonces ni siquiera se atrevían a pasar por la puerta. Comprensible desengaño el de Eliaschev, quien tambien narra sus pasados saltos por Cuba, Corea del Norte, Unión Soviética, Europa Oriental, en aquellos tiempos de la Guerra Fria del desarrollo y Guerra Caliente del subdesarrollo, episodios por los que ha pasado según él tan en puntas de pie -como la guerrilla periodística- casi sin memoria para los detalles de violencia, comunes entonces, donde se predicaba más el terror liberadorque el amor. Otro sacrificio, también, significa introducirse en algunos párrafos firmados por el autor. Ejemplo: «Derivativos de aquellos años de radicalidad extrema y simplificación doctrinaria abusiva son quienes hoy pregonan una pluralidad que se les hace imposible patentizar en los hechos. Lo que hemos venido viendo en la Argentina desde mayo del 2003 no es, en este sentido, una mera ebullición costumbrista de personas que acentuan sus diferencias de los padres para crecer con singularidad identitaria». Muestra dificultosa de lectura, comprensible tal vez, de quien se ha destacado más en la radio que en la escritura.
Aun con esos lamparones y el observatorio exagerado sobre su propia vida, el libro interesa por una conclusión: revela -al margen de contratos y diferencias económicas- una intolerancia obvia con quien no podía ser soportado diariamente en una radio oficial, a pesar inclusive de sus antecedentes y semejanzas políticas. Expresa en su rabia, tambien, cierta rebelión del periodista a no resignar opinión ni convertirse en lamebotas, función asumida hoy por numerosos ejemplares de la radio. Y no sólo oficiales, sino privadas. Para escándalo de algunos oyentes y dormidera de la mayoría.
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