Dufau se basta sola con esta "Diatriba"

Espectáculos

«Diatriba de amor contra un hombre sentado» de G. García Márquez. Dir.: H. Urquijo. Int.: G. Dufau y J. Tyrrell. Vest.: R. Schussheim. Esc. y Luces: T. Egurza. (Teatro Payró.)

Más literario que teatral, este largo monólogo escrito por el autor de «Cien años de soledad», y estrenado en 1988, vuelve a encontrar en Graciela Dufau a su legítima intérprete. No sólo porque García Márquez escribió esta pieza para ella, sino que, además, son su talento y versatilidad los que hacen creíbles las andanzas de esta mujer caribeña que pese a su pobreza y tartamudez termina casada con un aristócrata.

Este hombre sensible e idealista es rechazado por su familia, pero poco después la falta de recursos y un hijo que alimentar lo llevan a reconciliarse con su padres, dejando atrás la vida sencilla y agreste que supo compartir con su amada. Eso es algo que ella no le perdonará nunca.

A pesar de haberse convertido en una gran dama y de doctorarse cuatro veces en la Universidad,
Graciela Jaraíz de la Vera no ha perdido su ingenuidad ni su ternura. El, en cambio, se transformó en un marido infiel, desamorado y despilfarrador. Graciela ya está harta de él y en la víspera de sus bodas de plata derramará sobre su esposo todos los rencores y frustraciones acumulados en estos años.

Su bravata dura una hora y media (el tiempo real de la representación) e incluye todos los estados de ánimo posibles: furia, desilusión, ternura, cinismo y hasta un saludable autoironía que neutraliza cualquier indicio de patetismo. Aún así, las contradicciones del personaje no funcionan dialécticamente sino por acumulación de datos lo que le quita verosimilitud (tanto a ella como al castigo final que decide aplicarle a su marido).

El texto de
García Márquez resplandece en las descripciones (Graciela entrando a la mansión de su suegra, su descubrimiento de la nieve en París), pero en relación al conflicto que aqueja a la protagonista su «Diatriba» no trasciende lo anecdótico; ya que deja sin explorar los aspectos más ricos y sinuosos de un amor obsesivo que está a punto de perder su destinatario.

Dufau
logra transmitir el voluptuoso temperamento de la mujer caribeña y saca buen partido de sus dardos humorísticos. Sin embargo, sus permanentes cambios de vestuario y de peluca distraen al espectador y ocupan innecesariamente a la actriz. Tampoco tiene mucho asidero la presencia muda del actor Jackie Tyrrell (el marido que lee atrincherado en su sillón) ni la inclusión de un par de efectos especiales (la nieve, el incendio final) carentes de sutileza y del tan mentado « realismo mágico».

Dufau
debería confiar más en sus recursos expresivos y dejar de lado estos débiles puntos de apoyo que acotan su accionar e impiden que el público eche a volar su imaginación. En «Los nietos nos miran» ya demostró que no hay personaje que se le resista. Cuánto más ganaría esta «Diatriba» sin más artilugios que su cuerpo y su voz.

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