En «El buen destino», Leonor Benedetto cruza a varios personajes (entre ellos Federico
Luppi, como un viejo profesor hostigado) con fines nobles, pero también con impericia
cinematográfica.
«El buen destino» (Argentina-España, 2005, habl. en español). Guión y dir.: L. Benedetto. Int.: F. Luppi, G. Garzón, J. Suárez, L. Luque, G. Toscano, P. Rago, O. Alegre, M. Carámbula, J. Schultz, N. Argentina, F. García Lago, L. Ziembrowski.
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Con esta comedia dramática sobre los problemas de unos amigos, habitués de un viejo bar, debuta Leonor Benedetto en la realización de largometrajes de ficción. El elenco es abundante y con buenos nombres, la dirección de actores es correcta, y el final (y la finalidad de la obra, hecha en memoria de dos seres queridos) alcanza a lucir su nobleza, aunque el conjunto sufre dos defectos demasiado presentes.
Uno es que el viejo bar está demasiado impecable como para creerlo en decadencia, como ahí se dice, lo cual deja al espectador un poco afuera. El otro defecto está en el guión, que impone una puesta en escena que parece algo a destiempo, y más relacionada con las tablas que con el cine. Esto último puede ser discutible, cuando Lars von Trier hoy aburre a sus fieles con unas escenificaciones que ya eran pesadas en épocas del teatro social norteamericano, y pocos se animan a criticarlo, y en cambio el camino de Benedetto se cruza bastante adecuadamente con el de Thornton Wilder, por citar alguien todavía muy atendible de dicho teatro (recuérdese, por ejemplo, «Nuestro pueblo»), pero convengamos en que el danés tiene más experiencia, mejor mano, y quizá también mejor prensa.
Igual cabe pensar que acaso las vicisitudes de un viejo profesor hostigado por sus alumnos, un médico que no se anima a confesarle su bancarrota económica a la mujer ambiciosa, un pretendido cineasta, bien ridículo, una censista también ridícula (ambos unidos en un momento de farsa dentro del film), una pareja de amantes impedidos, un infeliz dominado por malas compañías, la novia embarazada, aún más infeliz, un ama de casa que diariamente se detiene un ratito en el bar, y el dueño del negocio, resignado a ofrecerles del bueno a todos los antedichos, encima algunos de ellos dictando cátedra de ética y moral, y hasta humillando al policía que quiere detener a los alumnos (supuestamente menores de edad, pero interpretados por unos grandotes a la manera de «La patota»), podrían seguirse mejor en un escenario, que en la pantalla.
Específicamente cinematográficos, son sólo algunos juegos de sobreimpresión, incluyendo el sonido de una escena en la imagen de otra, el desenlace, donde se suceden los planos bien expresivos de tres rostros, sin que haya palabras, sólo el llanto de un bebé (que no nace en las mejores condiciones), y el final.
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