"El exorcismo de Emily Rose"

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«El exorcismo de Emily Rose» («The Exorcism Of Emily Rose», EE.UU., 2005; habl. en inglés). Dir.: S. Derrickson. Int.: T. Wilkinson, L. Linney, C. Scott, J. Carpenter, C. Feore y otros.

Tan interesante es el conflicto de esta película que su ejecución, desviada a veces en recodos de índole sobrenatural por estrictas razones de taquilla, no llega a ponerse a su altura. Ya la elección de su director Scott Derrickson, con antecedentes en el cine de espanto («Hellraiser V»), indica la intención de apuntar el film hacia una específica franja de público, que pese a ello no encontrará en él la misma intensidad de los placeres masoquistas que suele buscar en este género. Aun así, y haciendo equilibrio entre Perry Mason y Satanás, «El exorcismo de Emily Rose» es un film seductor.

El guión adapta libremente un resonante caso ocurrido en 1968 en el pequeño pueblo de Klingenberg, Alemania, cuando la estudiante Anneliese Michel empezó a experimentar, a los 16 años, convulsiones alucinatorias que los médicos diagnosticaron como desorden epilépticopsicótico, y más tarde la Iglesia como posesión diabólica.

En 1974, pese a los largos años de medicación, los ataques no cesaban; fue entonces cuando los padres de la joven, muy creyentes, solicitaron la intervención del obispo de Würzburg, quien tras varios meses de verificaciones terminó autorizando a los sacerdotes
Ernst Alt y Arnold Renz a practicarle un exorcismo.

Las sesiones se extendieron hasta julio de 1976 cuando
Anneliese, quien ya no ingería comida ni fármacos, murió anémica y con fracturas óseas provocadas por la violencia de las convulsiones y lo extenuante de los ejercicios espirituales.

Tanto los sacerdotes como la familia, que solicitó y alentó el exorcismo (en cuyo transcurso le suspendieron el suministro de remedios), fueron juzgados por homicidio culposo.

Ese es, justamente, el conflicto de
«El exorcismo de Emily Rose»: el choque de leyes opuestas, la divina y la humana; la imposible intersección entre la razón, sobre la que se basa la justicia, y la fe, que admite como real la posesión diabólica, y legítimas las drásticas prácticas para ahuyentarla. Se trata de un tema mucho más profundo de lo que podría parecer cuando lo trata un film que, pese a su interés, no termina de decidirse entre el propósito de hacer reflexionar al público o simplemente de asustarlo.

Trasladado su escenario, simplificada su historia y encarnada en un único cura, el padre Moore (destacado trabajo de
Tom Wilkinson), «El exorcismo de Emily Rose» relata el caso en retrospectiva, a partir de la muerte de la muchacha y el inicio del proceso. Erin Bruner, su defensora (Laura Linney), es una abogada en ascenso, agnóstica, que al principio peleará la causa sólo para añadir un éxito más a su carrera mediática y mayor poder en el estudio donde trabaja. Del otro lado, el Estado elige un fiscal religioso ( Campbell Scott), a fin de evitar que un razonamiento puramente ateo conduzca a interrogatorios hostiles.

Con buen pulso,
Derrickson lleva adelante las escenas de un juicio absolutamente atípico, ya que se sabe quién es la víctima pero no quién el acusado: los miembros del jurado, de acuerdo con sus propias conciencias, podrán creer que o bien es el cura, o bien el Demonio. Si no hubiera lugar para la sombra de esa duda, si se cree que la acción del cura fue irresponsable y sólo guiada por la superchería, habría que concluir que los misterios de la religión son, apenas, un ornamento social.

Era muy difícil, y más para una productora «major», trabajar con una historia como ésta eludiendo otra sombra, la que desde hace 30 años proyecta
Linda Blair, con sus espasmos, retorcimientos de cabeza y fluidos, sobre cualquier film de exorcistas. Y, de hecho, no se evitó, lo que en cierto sentido es una lástima, pero la boletería manda.

Se puede aceptar, por supuesto, que en las tomas subjetivas de Emily (
Jennifer Carpenter) el director no se prive de buscar unos cuantos sobresaltos en la butaca; al fin y al cabo, se supone que esas imágenes son las que está alucinando la posesa. Sin embargo, cuando la abogada defensora también empieza a escuchar, por la noche, algunos ruidos raros en su casa, el olor a azufre impregna en demasía el drama jurídico y religioso.

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