"El flamenco es fuego, vida y también tragedia"

Espectáculos

Si bien ha visitado innumerables veces Buenos Aires («no recuerdo exactamente cuántas fueron, pero le aseguro que muchas», dice) el público argentino recuerda a Cristina Hoyos fundamentalmente por su paradigmático paso por el cine y sobre todo por esas tres piezas maestras firmadas por Carlos Saura: «Bodas de sangre», «Carmen» y «El amor brujo», ejemplos incuestionables del cine-danza.

Aunque los más memoriosos y amantes de estas dos formas artísticas también tendrán presente su figura aguerrida, y sensiblemente emotiva, que acompañó como primera bailarina del Ballet de Antonio Gades.

Cristina Hoyos, genuina bailaora flamenca, nació en Sevilla y comenzó a bailar a los 12 años. A los dieciséis ya se había volcado al flamenco. Luego de su intenso trabajo con Gades, la bailarina creó su propia compañía en 1989, el «Ballet Cristina Hoyos», que tuvo destacada participación en los Juegos Olímpicos de 1992 en Barcelona, en los actos de apertura y cierre. Además de actuar en los más importantes teatros y centros dancísticos internacionales, Hoyos filmó con Saura y también con otro realizador español, Vicente Escrivá, «Montoyas y tarantos». También trabajó en el film «Los Angeles», dirigida por Jacob Berger. En la actualidad es miembro del Claustro de las Artes de la Universidad de Alcalá de Henares y promueve y dirige el Primer Museo de Arte Flamenco en Sevilla. Poco antes de sus nuevas presentaciones en Buenos Aires (en el Teatro Avenida a partir de hoy), dialogamos con ella:

Periodista: ¿En qué consiste este «Viaje al Sur» que trae a la Argentina?

Cristina Hoyos: Es un espectáculoen el que hacemos tres partes seguidas, y en las que desarrollamos sentimientos muy comunes en la vida y, por supuesto, en el flamenco. Partimos del sentimiento de la alegría, de la tragedia, y luego el de la pasión y el amor. Empezamos con alegría, con maletas, de viaje de placer e inmigración. Hay unos zapateados, una forma de bailar muy alegre aunque la tragedia siempre esté agazapada. En un minuto pasamos a ella. Bailamos y cantamos letras tristes de otra forma, con otra energía, más reconcentrados. El espectador puede participar imaginando su propia historia.

P.: ¿Qué papel juega usted?

C.H.:
Yo salgo como una madre que puede despedir a un hijo que se va a la guerra o que puede estar mal por cualquier motivo. No hay una historia escrita pero el público puede imaginarla. Después que usted se saca esa tristeza, entonces viene el amor a su pareja, el querer seguir adelante. Nos trasformamos al rojo, al amor, a la pasión, al baile en pareja.

P.: ¿Qué estética, desde el vestuario y las luces, acompaña a la danza?
C.H.: Primero salimos con ropa en tonos pasteles, después pasamos al negro y finalmente al rojo.

P.: ¿Cómo está el flamenco en España, cuál es su estado actual?

C.H.: Goza de muy buena salud. Hay un abanico de gente joven que lo hace muy bien, tanto en el cante, en la guitarra y en la danza. Como es natural siempre se oye hablar de la gente que tiene más años en el flamenco tales como Paco de Lucía o Manolo Sanlúcar en la guitarra y José Mercé en el cante, que no son artistas jóvenes pero poseen una trayectoria maravillosa. Afortunadamente la cosa sigue así, porque aman lo que hacen. Esto es fundamental: amar lo que hacen. Yo estoy encantada con todo ello.

P.: ¿El flamenco sigue siendo un arte para minorías o ya se ha convertido en masivo?

C.H.: Se ha ampliado mucho el espectro del flamenco. Ahora mismo se ha terminado una Bienal, donde ha habido cerca de doscientos espectáculos en un mes, y siempre ha estado lleno. Vienen turistas de todas partes del mundo para participar de él. Pero en toda España, en Madrid, en Barcelona y en las grandes ciudades, están los teatros llenos. La gente concurre a los espectáculos de danza porque implica música, cante y danza. Los ballets flamencos hacen temporada y siempre tienen mucho público. Siempre que tengan calidad, por supuesto.

P.: ¿Encontró argentinos que bailaran el flamenco con calidad de españoles?

C.H.: Sí. Aquí no tengo demasiado tiempo pero he visto gente que ha ido a España, a sentir las raíces del arte flamenco y muchos argentinos lo hacen bien.

P.: ¿Cómo diseña usted su estilo de baile flamenco?

C.H.: Tengo mi manera de sentir y depende de cómo me sienta, es así como desarrollo el flamenco. Lo importante es aprender mucho de todos los demás pero mantener una manera propia. Eso es lo que debe hacer un artista. Ser distinto sin salirse de las raíces más auténticas del flamenco. Y poseer un estilo propio.

P.: ¿Cómo llegó a la danza?

C.H.:
Afortunadamente nací en Sevilla. Llegaba de la escuela, ponía la radio y me ponía a bailar. Ahí mis padres se dieron cuenta de que algo había en mí. Me llevaron a una escuela de danza, que no era de flamenco. En esa época había muy pocas escuelas de flamenco. El flamenco se transmitía de padres a hijos y yo no tenía familia que se dedicara al baile. Cuando fui profesional, a los 16 años, ya me dediqué por entero al flamenco. Había aprendido en una escuela que no era flamenca, pero la maestra tocaba en el piano muchas cosas flamencas (inclusive Manuel de Falla tocaba flamenco en el piano) y entonces, de esa manera, aprendí. Cuando tuve contacto con guitarristas ya me dediqué a bailarlo. A los 12 años ya quería bailar. La vocación estaba. Mi familia era muy pobre y yo veía los sacrificios que hacían para mandarme a estudiar, eso hizo que me superara mucho más y, si tenía éxito, sabía que cambiaría la calidad de vida de mi familia, de mis hermanas que estaban todo el día trabajando en otras tareas.

P.: ¿Luego hizo estudios académicos?

C.H.: Sí, por supuesto. Empecé a bailar el flamenco observando a los otros. Al irme a Madrid, comencé a aprender una técnica y lo hice al lado de Antonio Gades. Muy pronto me puse a bailar con él. La técnica es necesaria pero siempre que se deje de lado lo que sientes por el baile. Ni los sentimientos ni el corazón. La técnica da libertad.

P.: ¿Cómo fue su experiencia con Carlos Saura?

C.H.: Tengo un recuerdo estupendo. A partir de la primera película, «Bodas de sangre», el trabajo fue descomunal. Nos llamaban de todas partes. Cuando hicimos «Carmen» (aunque yo no era la protagonista), además de la película hicimos la coreografía para el teatro, en el que sí hacía de Carmen, y la estrenamos en París. Fue un éxito arrollador con mucho trabajo en el mundo entero. Saura es un grandísimo director y tuvo a su lado a Antonio Gades, que fue fundamental para el cine de danza.

P.: ¿Cuál es el lugar que ocupa la mujer en el flamenco?

C.H.:
Hay ciclos con preeminencia del hombre o de la mujer. El hombre siempre es mucho más nombrado que la mujer. El baile de hombre es más efectista con los zapateados, los giros, las vueltas. En cambio la mujer es más pausada. El hombre, al hacer relaciones públicas, lo hace mejor que la mujer. La mujer cuando está casada, por ejemplo, no se juega lo mismo que el hombre, que si tiene que inventarse un romance o un idilio lo hace sin problemas.

P.: ¿Interfiere su vida personal en la profesional?

C.H.: En mi caso no. A las mujeres nos cuesta más separar ambas cosas. Aunque ha habido muchas mujeres muy famosas dedicadas a la danza flamenca, como Pilar López, Mariemma o Rosario, entre otras tantas.

Entrevista de Eduardo Giorello

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