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28 de mayo 2026 - 14:15

"El gran arco": cuando un triunfo es una derrota

El film de Stéphane Demoustier narra el choque entre la visión abstracta de un arquitecto danés y la política francesa durante la construcción del Arco de la Défense

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Mitterand y su arquitecto planean la construcción de un nuevo gran Arco

“El gran arco” (L’inconnu de la Grande Arche), de Stéphane Demoustier, parece, al principio, un cruce entre “El brutalista” y “Amadeus”. La historia de un genio arquitectónico desconocido que cuenta con la bendición presidencial —imperial, en el caso de Mozart—, y que mientras realiza una enorme obra debe enfrentar la envidia profesional, la mediocridad y la burocracia de un medio hostil.

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La historia se inspira en hechos reales: en 1983, Johan Otto von Spreckelsen (interpretado por Claes Bang), arquitecto danés prácticamente desconocido, gana el concurso internacional para construir el Gran Arco de La Défense (el distrito conocido como el Wall Street de París). El proyecto formaba parte de la ambición monumental de François Mitterrand (Michel Fau), que quería prolongar el eje histórico de París y dejar, como tantos otros mandatarios franceses, una marca urbana para la posteridad.

Spreckelsen no llama a su proyecto “el Arco”, sino “el Cubo”. “Arco” le suena a monumento nacional, como el del Triunfo; “Cubo” a idea pura, a concepto espacial con firma propia. La película empieza a encontrar ahí su conflicto principal: un artista que cree haber ganado el derecho a construir una idea y un sistema que le demuestra que una idea pública nunca quedará ajena a la política.

El primer apoyo decisivo es Mitterrand. Fau lo interpreta como un presidente con algo de monarca: distante, dubitativo, con esa calma que tienen los poderosos cuando son otros los que deben resolver los problemas prácticos, como el presupuesto y la legislación, además de sus propios intereses personales. Mitterrand apoya al arquitecto ganador, y que del resto se encarguen sus asesores y satélites.

Uno de ellos es Jean-Louis Subilon (Xavier Dolan), asesor y funcionario eficaz, una amenaza peor que la del simple burócrata. Paul Andreu (Swann Arlaud), arquitecto francés (diseñador del aeropuerto Charles De Gaulle), aparece al principio como rival y pretende la coautoría (el contrato del concurso exige participación francesa). Después de algunos enfrentamientos, queda como gerente ejecutivo.

La película funciona mejor cuando se concentra en esas peleas concretas. Spreckelsen discute materiales, sistemas de vidrio con adherencias que chocan contra la legislación francesa que los prohíbe, detalles que para él son esenciales y para los demás son gastos innecesarios, además de caprichos. Luego viaja a Carrara para buscar el mármol, y no cualquiera sino el que proviene de la misma cantera que utilizó Miguel Ángel en “La Piedad”. Para Spreckelsen, cambiar el vidrio o el mármol no es elegir otro proveedor sino dañar la idea misma del edificio.

El golpe político, y el giro más interesante llega cuando Mitterrand pierde las elecciones legislativas de 1986 y queda obligado a cohabitar con un gobierno opositor comandado por Jacques Chirac. El proyecto, de ese modo, entra en la motosierra de la derecha que tan bien conocemos en la Argentina El nuevo poder pide rentabilidad, sponsors privados, metros útiles, oficinas. Subilon y Andreu aprovechan el nuevo escenario, sustituyen materiales sin notificar siquiera a Spreckelsen. El Cubo empieza a ser, cada vez más, el Arco.

Demoustier acierta al mostrar que esa degradación no ocurre de un día para otro. No hay un culpable único, sino una sucesión de decisiones acomodaticias e impotencia. La película también muestra el costo íntimo de esa obsesión.

Liv von Spreckelsen (Sidse Babett Knudsen), la esposa del arquitecto, lo acompaña y lo entiende mejor que nadie, pero hay un momento en que comprende que ya no compite contra otra mujer ni contra el trabajo habitual de un marido, que hasta se ha puesto violento con ella. Compite contra el Cubo. Liv regresa a Dinamarca, y también lo deja solo. La película no vuelve melodramática del todo esa ruptura, salvo en la escena más débil del film, una conversación a solas del arquitecto con un Mitterand en declive.

Claes Bang compone a Spreckelsen como un hombre rígido, desgarbado, cada vez más encerrado en su propia intransigencia. Es fácil empatizar con él cuando lo rodean funcionarios, arquitectos locales y políticos que quieren modificar la obra, pero no tanto cuando su “pureza” también delata rasgos de soberbia, torpeza y ceguera política. Justamente, esa ambigüedad es lo mejor del film.

Dolan evita el gris administrativo. Su Subilon es nervioso, atento, servicial, desesperado. Arlaud vuelve interesante a Andreu porque no lo reduce al arquitecto envidioso, sino que termina volviéndose pragmático e inteligente. Ambos acechan a Spreckelsen desfigurándole el proyecto, pero también son quienes pueden hacerlo construible.

“El gran arco” no es una gran película sobre el artista frente a la sociedad que le va en contra, sino que es más precisa cuando se ocupa de la ejecución de ese arte. Su médula es qué pasa cuando una forma ideal entra en contacto con el Estado, los reglamentos, los presupuestos, la política partidaria, la vanidad profesional y las necesidades inmobiliarias. Demoustier narra con ritmo, ironía y buen pulso para convertir discusiones técnicas en conflicto dramático, y logra que una pelea por el vidrio o el mármol resulte cinematográfica.

El Gran Arco se inauguró en 1989, para el bicentenario de la Revolución Francesa. Spreckelsen no llegó a verlo terminado. La obra quedó asociada a Paul Andreu y terminó alojando oficinas, es decir, aquello que el ideal del Cubo rechazaba. Un monumento pensado como gesto abstracto y humanista acaba integrado a la maquinaria funcional de La Défense. La obra existe, es imponente, pero también es el registro material de una derrota. El título original, literalmente "El desconocido del Gran Arco", alude también a ese soldado desconocido enterrado bajo el Arco de Triunfo. Aquí es un arquitecto desconocido.

“El gran arco” ("L’inconnu de la Grande Arche", Francia-Dinamarca, 2025). Dir.: Stéphane Demoustier. Int.: Claes Bang, Sidse Babett Knudsen, Xavier Dolan, Swann Arlaud.

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