"El jardinero fiel"

Espectáculos

«El jardinero fiel» («The Constant Gardener», Gran Bretaña, 2005; habl. en inglés). Dir.: F. Meirelles. Int.: R. Fiennes, R. Weisz, D. Huston, H. Koundé, D. Harford y otros.

¿Qué puede nacer de la cruza entre una novela de John Le Carré y un director brasileño con inclinaciones testimoniales? Exactamente esta película, «El jardinero fiel», que se reconoce menos en el mundo del autor de «El topo» o «El espía que llegó del frío» («Alto espionaje») como en la lección de «Ciudad de Dios», el film que le abrió a Fernando Meirelles la puerta a la producción internacional.

El género de espionaje, o más ampliamente, el de intrigas internacionales, es uno de los pocos donde se admite para sus héroes, o casi se requiere, iniquidades y vilezas, de aquellas que «justifican los medios». A «El jardinero fiel», en cambio, lo traiciona su buena conciencia: sus personajes están muy claramente de un lado o del otro de la línea moral, el héroe es candoroso (condición agravada por el congénito candor de Ralph Fiennes), la heroína no desentonaría en alguna barricada de los '70, y los funcionarios corruptos del gobierno, sometidos al poder de impiadosas multinacionales, acusan el impenetrable rostro de lo previsible. Es verdad: en los últimos años, el propio Le Carré se ha convertido en un conspicuo militante antiglobalización, y ese sesgo del libro es el que más explota el guión del film.

La historia, comprimido resumen en dos horas de las más de 560 páginas (casi un «.zip» de la novela), extrae, en proporciones parejas, romance, denuncia y aventura. Se trata de la fábula de la sospechosa muerte de Tessa (
Rachel Weisz) en Nairobi, donde hacía trabajo comunitario en aldeas paupérrimas en las que la gente muere de tuberculosis, pese a los medicamentos en etapa experimental que les provee un trust farmacéutico.

Su esposo Quayle (
Fiennes), funcionario del gobierno inglés que se había casado con ella casi en un exabrupto, recibe indicios confusos sobre sus actividades en las villas africanas, en especial porque a Tessa siempre la acompaña un robusto médico negro. Quayle, que al menos responde a la tradición por su apego a la jardinería, tendrá que sufrir el asesinato de ella para movilizarse un poco, dejar de lado los gladiolos, y ponerse a investigar qué pasó. Su superior Sandy (Danny Huston, hijo del gran John), quien al principio del film debe transmitirlela mala nueva de la muerte de Tessa, es uno de sus pocos aliados, pero claro, también es funcionario.

Como en
«Ciudad de Dios», el segundo film de Meirelles tiene una estética irreprochable, y ahora un armado en «flash backs» regulares, con deliberadas reiteraciones, que tienden a allanar más aun la comprensión del relato. Como si se propusiera rehuirle a los habituales vericuetos de un género cuya premisa básica es el engaño (de los personajes entre sí y del autor al público), Meirelles es extremadamente didáctico, y prefiere sacrificar sutilezas en aras de la transparencia.

Del mismo modo, tampoco olvida el aspecto musical que potencia aquí el ambiente: ya no hay música brasileña de raíz afro, sino música africana, coreografiada a veces, en sus propias fuentes.

Dejá tu comentario