Russell Crowe, como Jim Braddock, y su manager Joe Gould (Paul Giamatti) en «El luchador», de Ron Howard.
«El luchador» («Cinderella Man», EE.UU., 2005; habl. en inglés). Dir.: Ron Howard. Int.: R. Crowe, R. Zellweger, C. Price, P. Considine, P. Giamatti y otros.
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Era extraño que el cine americano tardara tanto en llevar a la pantalla la vida de Jim Braddock. La suya es una historia de patriotismo y esforzada superación personal, desde la miseria más extrema hasta la gloria, que está casi más cerca de la fábula hollywoodense que de la realidad. Braddock, que llegó a campeón del mundo de los pesos pesados no mucho después de que su carrera parecía acabada, fue además un hombre religioso, abnegado padre de tres hijos, casado con una esposa fiel y sufriente, que siempre temió lo peor en cada una de sus peleas. Mientras combatió, Braddock siempre fue de casa al ring y del ring a casa.
Tras su retiro se enroló en el Ejército, fue teniente en la Segunda Guerra Mundial, donde tuvo una actuación valerosa, y hasta llegó a colaborar, años más tarde, con la construcción del famoso puente Verrazano, que une Brooklyn con Staten Island (esta parte de su vida no está cubierta por el film). En realidad, si se tiene en cuenta la «suciedad biográfica» de la mayor parte de los protagonistas, ficticios o no, de las grandes películas de boxeo, empezando por el Jack La Motta de «El toro salvaje» hasta el Gatica de Leonardo Favio, habría que pensar si la inmaculada transparencia de Braddock no es un punto en contra para el cine. «El luchador», interpretada centralmente por Russell Crowe (sólido y creíble trabajo), es una película con conflictos pero sin villanos; en todo caso, de esa categoría participaría el titular de la Federación de Box, que no hace otra cosa que cumplir con su deber: le retira a Braddock la habilitación para seguir peleando cuando éste se quiebra la mano derecha y sus combates, que ya eran por entoncesde baja categoría, se vuelven lastimosos. Son los tiempos de la gran Depresión norteamericana y desde luego, el guión establece ese inevitable paralelo entre la historia personal de Braddock y la del país: el hundimiento y el renacimiento.
Su conchabo como estibador en el puerto, única tarea que entonces se muestra capaz de realizar, le proporciona a Braddock un beneficio no calculado: al cargar bolsas, desarrolla tanto y tan bien su mano izquierda que pronto se le va a presentar la ocasión de regresar al ring cuando un retador, Corn Griffith, no encuentra otro oponente. Esa pelea, gestionada por su fiel manager Joe Gould (Paul Giamatti, el de «Entre copas»), le devuelve de la mañana a la noche todos los laureles, y le gana el apodo de «El hombre cenicienta», por la similitud de su historia con un cuento de hadas.
La cuesta ascendente de Braddock tendrá su culminación con la pelea de fondo del film, la que lo enfrenta a Max Baer, y que constituye una auténtica película dentro de la película que se extiende a lo largo de la última media hora. Tanto ésta como el resto de las escenas de combates, espléndidamente filmadas (con obvia influencia visual de la mencionada «El toro salvaje»), confirman que este nuevo trabajo conjunto del director Ron Howard con Crowe (después de «Una mente brillante») es más «un film de boxeo» que un drama sobre un luchador.
Sus elementos puramente dramáticos, seguramente por lo que se dijo antes, son tan edificantes que terminan siendo convencionales. En ese aspecto, sin embargo, Howard logra un auténtico golpe emocional cuando recrea el momento (¿ficticio?) en el que el desesperado Braddock, luego de perder la habilitación para pelear y antes de conseguir trabajo como estibador, concurre sombrero en mano a pedir limosna al club donde se reúnen sus ex colegas boxeadores. Renée Zellweger, en el papel de Mae, esposa de Braddock, está muy limitada como para sobresalir. La reconstrucción de época es magnífica.
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