Mal que pueda pesarles a los fans del resto de los Beatles, y de la indudable marca que dejó la banda de Liverpool en la historia del arte del siglo XX, a medida que pasan los años va quedando más claro el lugar fundamental que le cupo a John Lennon en la renovación de la música popular, y su muerte lo colocó para siempre en la categoría de mito. Pero el gran aporte de Lennon, primero como uno de los principales compositores y letristas de Los Beatles y luego como solista, estuvo en la reivindicación de la canción como forma musical.
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Pasó con comodidad de la balada pop al rock & roll. Fue eslabón de unión con el pasado, pero a la vez produjo un gran corte con quienes lo sucedieron. Se atrevió con experimentos sonoros que fueron revolucionarios para la época. Incluyó a la música en un contexto más amplio de una modernidad que hoy ha perdido vigencia. Experimentó la fusión cuando todavía ni siquiera se hablaba en esos términos e incorporó géneros hasta entonces muy poco conocidos en Occidente.
Se peleó con el poder e hizo de la protesta, también, una forma de arte. Rompió los códigos aun con sus compañeros del grupo, los molestó con la incorporación de su amada Yoko Ono, y fue uno de los principales responsables de la separación de los Fab Four. Pero nada de eso habría tenido sentido si no hubiera compuesto como lo hizo.
Hoy, veinte años después de su muerte, es justo que vuelva a hablarse de sus gestos, de sus actitudes fuera de los estudios y los escenarios, de su posición humanística ante la vida, de su manera de cantar y de tocar la guitarra, de sus atrevimientos estéticos e incluso de los innumerables problemas que generaba su controvertida personalidad. Pero que no queden dudas: todo eso adquiere sentido exclusivamente porque supo entregar, como muy pocos, una lista de canciones que ya son patrimonio de todos.
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