11 de diciembre 2007 - 00:00
En 2007 se escuchó más música que nunca (y se compró menos)
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Ricky Martin presenta en marzo de este año «Unplugged» en River: hasta no hace mucho, los conciertos en vivo servían para vender discos. Hoy es al revés: primero se graba el disco y después se lo presenta.
Una sociedad globalizada -donde ya no interesa la nacionalidad de un músico, un cantante o una compañía disquera- se ha transformado en un monstruo gigante que no da tiempo para la reflexión creativa. Pero también la música ha tenido, por su propia dinámica estética, períodos brillantes y otros menos ilustres -relacionados con la época social y política de la que participaban, naturalmente-, y que el actual parece ser uno de estos últimos. Y la referencia tiene que ver con todos los géneros, del tango al folklore, del jazz al mundo lírico, del rock y el pop a la clásica.
Pero hay una segunda cuestión, también relacionada con el negocio, que está cambiando a pasos agigantados y que todavía no ha terminado de encontrar su nuevo rumbo. Hasta no hace tanto, los conciertos en vivo servían, básicamente, para vender discos; y en esa comercialización de música grabada estaba la ganancia central de productores y creadores.
Hoy, en tiempos de alto consumo, pero también de altísima piratería, la ecuación se ha invertido, y es la posibilidad de escuchar lo grabado lo que permite luego a artistas y a productores llenar teatros y estadios. Por el momento, la batalla contra el consumo ilegal de música parece estar siendo ganada por los «uploaders» y los «downloaders» -aquellos que suben y bajan música en Internet sin tener los correspondientes derechos-, a pesar de las campañas de las sociedades de autor y de las cámaras empresarias.
En no mucho tiempo, la audición de música grabada sin pagar derechos dejará de ser un delito: de hecho, los millones de jóvenes que lo cometen a diario en todo el mundo no lo consideran como tal, y ya son unos cuantos los artistas -algunos muy reconocidos internacionalmente- que han decidido entregar su música a los consumidores gratuitamente o simplemente pidiendo una contribución voluntaria a cambio.
Mientras tanto, el rédito se ha trasladado al concierto en vivo, un espacio que no hay manera -al menos, hasta que se invente la teletransportación digital con la que soñaron algunos realizadores de cine fantástico- de reemplazar ni de reproducir, aun cuando se lo grabe y se lo suba a You-Tube o a alguno de los portales de intercambio de música, porque ese momento del concierto es único, irrepetible, imposible de regalar o de robar.
Pese a un cambio que favorece para vender, pero no para comprar en el exterior, la Argentina -y mucho más Buenos Aires- sigue siendo una plaza atractiva, por la que siguen pasando artistas nacionales e internacionales de todos los géneros y estilos. Y el público -naturalmente, aquel que tiene su capacidad de consumo mejorada en los últimos tiempos- sigue invirtiendo mucho tiempo, entusiasmo y dinero para ver y escuchar a sus artistas favoritos.


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