11 de diciembre 2007 - 00:00

En 2007 se escuchó más música que nunca (y se compró menos)

Ricky Martin presenta en marzo de este año «Unplugged» en River: hasta no hace mucho, los conciertos en vivo servían para vender discos. Hoy es al revés: primero se graba el disco y después se lo presenta.
Ricky Martin presenta en marzo de este año «Unplugged» en River: hasta no hace mucho, los conciertos en vivo servían para vender discos. Hoy es al revés: primero se graba el disco y después se lo presenta.
Si hace 40 o 50 años, la discusión musical pasaba por las innovaciones estéticas, por la originalidad de las creaciones, por las rupturas y por las miradas hacia el futuro, hoy el mayor interés está centrado en las cuestiones del negocio, en las posibilidades de «desarrollo» económico de tal o cual «producto», en los problemas relacionados con los derechos y con la explotación comercial de todo lo que suena. El año que está terminando marcó, con más claridad que otros, el inicio de una nueva etapa en la producción (artística y tecnológica) de la música, y en sus canales de distribución.

Si hace algunas décadas los artistas se preocupaban por el contenido de un álbum, por su «arte» de tapa, por la originalidad que podía significar su trabajo en relación con el de otros colegas, hoy el tema está más en manos de productores -o de músicos/ productores- que se sientan a pensar tapas que seduzcan a los potenciales compradores, contenidos que puedan «pegar», estrategias de marketing que permitan llegar eficazmente a las audiencias.

La música ya no se piensa -salvo excepciones, claro- en función de álbumes ni de cubiertas ejecutadas por artistas plásticos, porque la música se vende -o se baja pirateada de Internet- por separado, en formato de MP3 o de ring tone. Seguramente, no ha habido época en la historia de la humanidad en que se haya escuchado tanta música como la actual, ni tiempos en que haya sido más sencillo acceder a ella, sea como consumidor o como realizador. En el 2007 se acentuó definitivamente esta tendencia.

  • Popularización

  • Casi cualquiera puede armar un estudio casero y producir un disco -o una serie de canciones- y luego editarlo con cierta facilidad y a costos relativamente bajos. Casi cualquiera, también, puede encontrarse al alcance de un par de clicks con la música que le gusta, trasladarla a su computadora o a su reproductor portátil y disfrutarla cuanto quiera. Nunca ha habido tantos artistas -si es que esa caracterización de la creación musical puede seguir usándose en el presente con el sentido que tenía a principios o mediados del siglo XX- ni tantos consumidores -y ya no melómanos-.

    Pero, a la vez, hacía tiempo que no se vivía una época de vacas tan flacas en términos de novedad, de creación, de renovación, de búsqueda. Y se cruzan entonces dos cuestiones que tendrán diferentes lecturas según quién o qué sector sea el que las expresa. Los músicos que pretenden un camino de innovación en un terreno que todavía consideran «arte» dirán que la sociedad de consumo ha terminado por deglutirse todo. Los que viven del negocio de la música editada, en cambio, dirán que son los músicos los que han dejado de tener inquietudes hacia la búsqueda, que repiten fórmulas conocidas simplemente porque no tienen otro remedio, que desearían descubrir artistas que cambiaran el curso de las cosas, pero que no los encuentran. Y ambos tendrán parte de la razón.

    Una sociedad globalizada -donde ya no interesa la nacionalidad de un músico, un cantante o una compañía disquera- se ha transformado en un monstruo gigante que no da tiempo para la reflexión creativa. Pero también la música ha tenido, por su propia dinámica estética, períodos brillantes y otros menos ilustres -relacionados con la época social y política de la que participaban, naturalmente-, y que el actual parece ser uno de estos últimos. Y la referencia tiene que ver con todos los géneros, del tango al folklore, del jazz al mundo lírico, del rock y el pop a la clásica.

    Pero hay una segunda cuestión, también relacionada con el negocio, que está cambiando a pasos agigantados y que todavía no ha terminado de encontrar su nuevo rumbo. Hasta no hace tanto, los conciertos en vivo servían, básicamente, para vender discos; y en esa comercialización de música grabada estaba la ganancia central de productores y creadores.

    Hoy, en tiempos de alto consumo, pero también de altísima piratería, la ecuación se ha invertido, y es la posibilidad de escuchar lo grabado lo que permite luego a artistas y a productores llenar teatros y estadios. Por el momento, la batalla contra el consumo ilegal de música parece estar siendo ganada por los «uploaders» y los «downloaders» -aquellos que suben y bajan música en Internet sin tener los correspondientes derechos-, a pesar de las campañas de las sociedades de autor y de las cámaras empresarias.

    En no mucho tiempo, la audición de música grabada sin pagar derechos dejará de ser un delito: de hecho, los millones de jóvenes que lo cometen a diario en todo el mundo no lo consideran como tal, y ya son unos cuantos los artistas -algunos muy reconocidos internacionalmente- que han decidido entregar su música a los consumidores gratuitamente o simplemente pidiendo una contribución voluntaria a cambio.

  • Vivo

    Mientras tanto, el rédito se ha trasladado al concierto en vivo, un espacio que no hay manera -al menos, hasta que se invente la teletransportación digital con la que soñaron algunos realizadores de cine fantástico- de reemplazar ni de reproducir, aun cuando se lo grabe y se lo suba a You-Tube o a alguno de los portales de intercambio de música, porque ese momento del concierto es único, irrepetible, imposible de regalar o de robar.

    Pese a un cambio que favorece para vender, pero no para comprar en el exterior, la Argentina -y mucho más Buenos Aires- sigue siendo una plaza atractiva, por la que siguen pasando artistas nacionales e internacionales de todos los géneros y estilos. Y el público -naturalmente, aquel que tiene su capacidad de consumo mejorada en los últimos tiempos- sigue invirtiendo mucho tiempo, entusiasmo y dinero para ver y escuchar a sus artistas favoritos.
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