22 de febrero 2001 - 00:00

En "Hannibal", el plato más fuerte demora demasiado

Anthony Hopkins y Ray Liotta.
Anthony Hopkins y Ray Liotta.
La nouvelle cuisine puede tener sus cualidades, pero depende del chef que también quite realmente el hambre. Un gourmet como el Dr. Lecter no podría dejar de coincidir con esta idea, y llevando el asunto al rubro cine, «Hannibal» es un gran plato medio vacío y, que esté servido en medio de una decoración elegante y al son de músicas clásicas no ayuda a hacerlo más sustancioso.

«Hannibal» es la menos interesante de las tres películas sobre el psiquiatra caníbal que protagonizó Tom Noonan en «Cazador de hombres» de Michael Mann, pero que recién al ser encarnado por Anthony Hopkins en «El silencio de los inocentes» se volvió el psicópata más premiado del cine (aunque el más famoso sigue siendo el Norman Bates de «Psicosis»).

«El silencio de los inocentes»
se convirtió en el primer psycho-thriller truculento en ganar todos los Oscar principales: director, película, actor, actriz y guión. La película de Jonathan Demme empezaba con una agente del FBI corriendo en un campo de entrenamiento, donde es interrumpida para ser comisionada a visitar al encarcelado Dr. Lecter. La escena de créditos del film tenía un clima de tensión que a los 10 minutos de proyección ya se volvía temible. Y el suspenso y el tono enervante no se detenían nunca. Pero la gran falla del film de Demme era su incapacidad para resolver en forma convincente la liberación de Lecter.

Aunque en su fuga mataba a media docena de personas, ninguna escena mostraba un intento serio de recapturar al protagonista. Esa ausencia de final de «El silencio...» es lo que generó el éxito de taquilla que está obteniendo actualmente «Hannibal» en los Estados Unidos.

Volviendo a la gastronomía, no hay nada peor que un restorán caro donde se demora mucho en ser atendido. Para los que detestan esperar, basta decir que el Dr. Lecter recién hace su entrada en la pantalla a los 30 minutos de proyección. Y, para colmo, la comida no será servida hasta que haya pasado otra media hora de músicas pretenciosas y caminatas por las veredas de Florencia que parecen más apropiadas para un film de Franco Zeffirelli que para un thriller gore realizado por el director del primer «Alien».

Si bien promediando la proyección, un entremés con Giancarlo Giannini mejora bastante las cosas (pero nadie lo devora, y a nadie le gusta desperdiciar comida), durante un buen rato no sale nada contundente de la cocina de Scott, algo asombroso para quien recuerde lo bien que se comió siempre en los restoranes de la familia De Laurentis. Por suerte, durante la resolución, el chef hace marchar un buen par de platos fuertes. Y lo que casi borra el gusto rancio de la espera es el postre, una delicia que hasta podría tentar a un niño.

Por eso, lo único que en «Hannibal» complementa a «El silencio de los inocentes» es el desenlace que Scott sí supo darle a esta secuela. Otro punto en común es que por ser los menos publicitados, ambas películas contaron con dos actores que nunca serán recordados por sus sólidos trabajos: Ted Levines como el asesino transexual del primer film, y un desfigurado e irreconocible Gary Oldman como un millonario que tiene sus motivos para no desearle buen provecho a Lecter.

Julianne Moore
es una actriz más exacta y creíble que Jodie Foster, pero lo inactivo del personaje y lo poco atractivo de un guión con muchos baches y poco suspenso no la ayudan (y para colmo el público difícilmente vaya a olvidar a su predecesora).


Cambio de hábitos

Hopkins siempre puede animar cualquier escena, aun cuando la película modifica el personaje para que sea una especie de Zorro, Robin Hood o Batman carnívoro, un psicópata culturoso que sólo se come a la gente mala que lo merece, quitándole así muchas de las contradicciones que volvían tan fascinante a su caníbal ilustrado.

El que se roba un par de escenas es Giannini, más sólido que un Ray Liotta obligado a componer un personaje demasiado cerebral. La escena más audaz entre Hopkins y Liotta recuerda a uno de los últimos Frankensteins de la Hammer, y una caminata de Lecter con su amada agente del FBI en brazos, al mejor estilo Monstruo de la Laguna Negra, hace pensar que si Scott quiso definir a «Hannibal» como film de terror, la receta tendría que haber tenido menos ópera, valses y paisajes florentinos, y muchas, muchísimas más calorías.

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