22 de febrero 2001 - 00:00
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Anthony Hopkins y Ray Liotta.
«El silencio de los inocentes» se convirtió en el primer psycho-thriller truculento en ganar todos los Oscar principales: director, película, actor, actriz y guión. La película de Jonathan Demme empezaba con una agente del FBI corriendo en un campo de entrenamiento, donde es interrumpida para ser comisionada a visitar al encarcelado Dr. Lecter. La escena de créditos del film tenía un clima de tensión que a los 10 minutos de proyección ya se volvía temible. Y el suspenso y el tono enervante no se detenían nunca. Pero la gran falla del film de Demme era su incapacidad para resolver en forma convincente la liberación de Lecter.
Por eso, lo único que en «Hannibal» complementa a «El silencio de los inocentes» es el desenlace que Scott sí supo darle a esta secuela. Otro punto en común es que por ser los menos publicitados, ambas películas contaron con dos actores que nunca serán recordados por sus sólidos trabajos: Ted Levines como el asesino transexual del primer film, y un desfigurado e irreconocible Gary Oldman como un millonario que tiene sus motivos para no desearle buen provecho a Lecter.
Julianne Moore es una actriz más exacta y creíble que Jodie Foster, pero lo inactivo del personaje y lo poco atractivo de un guión con muchos baches y poco suspenso no la ayudan (y para colmo el público difícilmente vaya a olvidar a su predecesora).
Hopkins siempre puede animar cualquier escena, aun cuando la película modifica el personaje para que sea una especie de Zorro, Robin Hood o Batman carnívoro, un psicópata culturoso que sólo se come a la gente mala que lo merece, quitándole así muchas de las contradicciones que volvían tan fascinante a su caníbal ilustrado.
El que se roba un par de escenas es Giannini, más sólido que un Ray Liotta obligado a componer un personaje demasiado cerebral. La escena más audaz entre Hopkins y Liotta recuerda a uno de los últimos Frankensteins de la Hammer, y una caminata de Lecter con su amada agente del FBI en brazos, al mejor estilo Monstruo de la Laguna Negra, hace pensar que si Scott quiso definir a «Hannibal» como film de terror, la receta tendría que haber tenido menos ópera, valses y paisajes florentinos, y muchas, muchísimas más calorías.




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