21 de noviembre 2008 - 00:00

"Esperando la carroza" mucho más macabra

Una casa de servicios fúnebres, medio perdida en un pueblo de la frontera y ya en completa bancarrota, es el escenario de un sinfín de enredos provocados más que nada por el estado de perturbación mental que domina a sus responsables.

José De Ricci (Fabricio Rotella), un hombre de ambigua sensualidad y no menos oscuras intenciones, heredó el negocio de su padre y lo administra junto a su hermana Laura (Cristina Blanco), una mujer desquiciada que aunque no puede controlar sus nervios ni su libido sigue ocupándose de las tareas de embalsamamiento. Por último, Alfredo, el marido de Laura es «un bueno para nada» que hace reír a buena parte del público con sus torpezas pero a la vez saca de quicio a los hermanos. La interpretación de Sebastián Mogordoy, menos exterior que la de sus compañeros le aporta una rica complejidad a este perdedor nato.

Con la llegada de un cliente renacen las esperanzas de reflotar la alicaída funeraria, pero el muerto pertenece a una honorable familia que se avergüenza de las circunstancias en las que murió y por dicha razón concurre al lugar en compañía de su abogado. Guardar las apariencias va a resultar una tarea muy complicada ya que los preparativos de los funebreros amenazan con generarle a los deudos problemas mayores.

Más que el misterio que rodea a esta muerte, lo que de verdad importa en esta alocada comedia negra de Bernardo Cappa y Martín Otero son las corridas de estos personajes, siempre al borde del ataque de nervios, y los pícaros acercamientos que van surgiendo entre un grupo y el otro.

La ola de secretos, manejos tramposos, resentimientos de larga data y algunos escarceos sexuales hacen que la trama avance a buen ritmo, respaldada por un muy buen manejo del espacio. La composición de los personajes bordea el grotesco (resulta inevitable no pensar en «Esperando la carroza») pero ciertos detalles macabros en relación a la manipulación de cadáveres propicia otro tipo de asociaciones ligadas a hechos recientes de la historia argentina.

El humor negro del espectáculo despierta más sonrisas que carcajadas pero asegura al espectador un buen pasatiempo.

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