"La suerte
está echada"
denota la
formación
televisiva de
Sebastián
Borensztein
(que debuta
en cine), pero
cumple su
cometido de
hacer pasar
un buen rato;
el buen elenco
ayuda.
«La suerte está echada» ( Argentina, 2005, habl. en español). Guión y dir.: S. Borensztein. Int.: M. Mazzarello, G. Pauls, J. Gallardou, C. Rissi, P. Krum, J. Cardinali, A. Awada, G. Chendo, L. Capello, L. Bredice, C. Gallardou.
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El día empieza radiante para Felipe, joven actor a punto de consagrarse. La voz luminosa, optimista, de Dinah Shore cantando «Doing that's come naturally» brinda una sensación de felicidad digna de cualquier aviso publicitario. Hasta que de pronto aparece un mufoso. Ahí viene el primer chiste. De humor negro. Y trae cola, porque la mufa se pega.
Para Guille, en cambio, el día empieza mal. La alarma de un auto no lo dejó dormir. Y sigue todavía peor. El chiste que remata la jornada también es de humor negro. Y juega a dos niveles, por la gracia que causa una asociación inesperada, y por la comparación latente entre los muertos, que ya no pueden hacer nada, y los que de algún modo pueden seguir luchando. Esto lo explicita más adelante un profesor de tango, al preguntarle «¿Empujás para que las cosas pasen, o vas fluyendo con lo que pasa?» (palabra más, palabra menos). El hombre es de los que empujan con ganas, aun aceptando la idea de la predeterminación: «Vivimos la vida con la ilusión de que es en vivo, pero es en diferido». Lindo maestro, linda frase, concepto picante. Así transcurre la comedia. Guille y Felipe son dos hermanastros con mala racha, que se juntan para satisfacer un singular pedido de su padre agonizante. Eso los llevará a sucesivos encuentros, enfrentamientos, y descubrimientos. Y llevará al relato por sucesivos episodios, alguno más logrado que otro, hasta dejar en mejores condiciones a nuestros sufridos antihéroes.
Quizá pese un poco la formación televisiva del autor, Sebastián Borensztein, que lo hace ir como de bloque en bloque, cerrando bien todo pero sin lanzarse a un clímax cinematográfico. Igual cumple su cometido: propiciarle al público un buen rato, con buen elenco (Marcelo Mazzarello y Gastón Pauls a la cabeza), buenos personajes, buenos diálogos, y un buen trasfondo filosofal.
Memorable, la escena donde Claudio Rissi enseña cómo aprovechar la mala fama. Original y hasta ejemplar, la escenificación de una lectura en el café.
Demasiado alta, la música cuando llega el momento emotivo. Y muy oscura la proyección en el Metro (eso que ahora lo administra la misma gente que produjo la película).
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