El espectáculo es una delicia, sólo pretende divertir, y lo logra. Pero sin querer se transforma en un testimonio de tiempos mejores.
Nada es estridente ni vulgar, ni violento, ni agresivo y lo que prevalece en el alma de muchos espectadores es una sensación de nostalgia, como si en el fondo se preguntaran si un país así fue alguna vez real. Un país en el que reinaban el pudor, la modestia y cierta inocencia prístina.
El mérito reposa en la elección de los textos y las canciones, pero también en la finura y la gracia de los intérpretes, que se «meten en la piel» de esos artistas itinerantes para los que el aplauso de la «selecta concurrencia», era algo parecido a la gloria.
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