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7 de diciembre 2006 - 00:00

"Happy Feet": pingüinos que aturden

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Más allá de sus mensajes confusamente expuestos sobre el derecho a ser diferentes, «Happy Feet» es un film indicado para los más grandecitos que sean fanáticos de la música popular norteamericana (que aquí aturde desde el principio).
«Happy Feet» (EE.U., 2006, habl. en español). Dir.: G. Miller; Film de animación.

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Este discutible dibujo animado empieza como una especie desaforada de «musical» moderno a todo volumen, con todo el catálogo de movimientos de cámara y cambios de fondo que pueda mostrarse, digamos, febrilmente. A eso se agrega, poco después, una línea narrativa que parece adaptación simplona de «La marcha de los pingüinos», con un narrador en off, tal como se aplicó en el mercado norteamericano, a diferencia de los monólogos de cada animal, como era en la versión original francesa, que aquí, por suerte, vimos.

Pronto se agregan, siempre con la misma aceleración, el nacimiento del protagonista, un pingüino emperador (esquicio igualito al de « Manuelita», pero a 78 r.p.m. y a grito pelado), la escuela new age donde los parvulitos son estimulados a «expresar su canción interior», y se confirma que nuestro héroe desafina que da gusto, lo que le impide conseguir pingüina, pero en cambio ha nacido con un don natural para bailar tap, que nadie en su comunidad le aprecia, y (acá viene el intríngulis) el encuentro con un testigo del gran misterio.

¿Cuál es ese misterio? La presencia de seres alienígenas, que enseguida reconocemos como humanos: dejan desperdicios, se llevan la pesca, y les encajan a los pobres bichos algo que ellos desconocen, pero los incomoda. De a poco, las partes cómicas (a cargo de unos pingüinos adelaide con rasgos latinos) y medianamente románticas se irán alternando con otras de miedo, y de extrañeza, mientras siguen, por supuesto, los movimientos de cámara, las canciones, la música de fondo que a veces ni deja entender los diálogos, y las puestas coreográficas, con leves referencias visuales a Busby Berkeley (que el pobre, de estar vivo, rechazaría enérgicamente), a «Inteligencia Artificial», y también a algunos dibujos japoneses de terror (que los autores también rechazarían). ¿Cómo termina esto? Pues, como corresponde, con una sarta de mensajes «políticamente correctos» y confusamente expuestos, sobre el derecho a ser diferentes, la migración, la ecología, y, al final, la conveniencia de incorporar modelos culturales al gusto de las especies dominantes, como único modo de gozar cierta protección. Esto se puede entender de distintos modos, como una chanza, o como una declaración ideológica. Pero como entretenimiento, aturde un poco. Indicado sólo para chicos más grandes, fanáticos de la música popular norteamericana.

En la versión en inglés, Robin Williams compone la voz de un falso predicador, bien mujeriego, con lo que él entiende como acento argentino. Acá lo hubieran hecho con acento brasileño.

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