6 de diciembre 2007 - 00:00

Houellebecq: "Europa entera es decadente"

El polémico best seller francés Michel Houellebecq, que hace años despertó críticas por su crudeza en temas sexuales, se mostró ayer menos «enfant terrible» ante la prensa.
El polémico best seller francés Michel Houellebecq, que hace años despertó críticas por su crudeza en temas sexuales, se mostró ayer menos «enfant terrible» ante la prensa.
De turismo sexual, ni hablar. El escritor francés Michel Houellebecq, de visita en Buenos Aires invitado por la Alianza Francesa para hablar sobre tópicos muchos más «políticamente correctos», dialogó ayer con la prensa sobre algunas generalidades de su última obra, que tiene que ver con la «dominación norteamericana sobre el mundo».

El autor de «Las partículas elementales» (la novela que era favorita del ex secretario de cultura delarruísta Darío Lopérfido, quien siempre intentó invitarlo al país), dijo que la «Argentina no es un país que tenga muchos clichés asociados, por lo que para un europeo medio es bastante misterioso». También agregó que lo atrajo venir porque «recibió muchos e-mails de lectores».

Houellebecq, nacido en 1958 en la isla de Reunión (en el océano Indico), solía escandalizar a los lectores de su país y del mundo con novelas ambiguamente ficticias, ambiguamente autobiográficas, sobre temas como el turismo sexual, cuya presunta apología le fue duramente criticada en Francia, como ocurrió en el caso de «Plataforma» (2001). Acerca de ese punto, los límites de realidad y ficción, dijo que «me gusta fantasear posibles destinos en mis personajes, que podrían haber sido los míos. Cuando uno ama pierde la libertad. Eso es evidente, incluso en temas triviales. Uno pierde la libertad cuando ama y es muy libre cuando está solo, pero eso también relativiza la concepción de la soledad».

Más pacífico, casi indolente, Houellebecq habló ayer de otros temas. «Reconozco que sobre autores más recientes no conozco gran cosa, pero cuando un país ha sido literariamente importante, ese impulso no se detiene con facilidad», dijo sobre la literatura argentina, de la cual reconoció haber leído sólo a Borges.

Habló de inmediato sobre una tapa de la revista «Time», en la que se afirmaba que la cultura francesa está en extinción por la falta de nombres de reconocimiento internacional en los últimos años, y dijo que «eso no es del todo falso. Pero no es la única; la cultura alemana o la italiana también han ido desapareciendo, borrándose. En España, rara vez he visto una publicidad de una película que no sea norteamericana», dijo. «Francia, en algunas cosas, se las arregla mejor que otros países; tenemos algunos disc-jockeys famosos, algunos buenos escritores, pero el dominio de la cultura norteamericana sobre el conjunto del mundo es evidente».

De inmediato, avanzó algo más y formuló un curioso diagnóstico, de tipo voluntarista: «La gran fuerza norteamericana, más allá del dinero, el proteccionismo y el sostén a la exportación, es su convicción en su propia superioridad. Cuando uno cree y siente algo así, termina por convencer a los demás. Y los franceces, en cambio, pasan el tiempo mirando a diario su propia decadencia, lo que es bastante deprimente. Están angustiados e inquietos con respecto al futuro de Europa y sin embargo se siguen reproduciendo, cosa que ya no hacen los alemanes o los italianos, es algo bastante raro».

Houellebecq, un descreído en el poder transformador de la palabra (una convicción muy arraigada en su país, desde La Fontaine hasta el Mayo francés) dijo también ayer que «la literatura novelística no cambia al mundo, simplemente puede describirlo. Lo que lo cambia son más bien textos como las epístolas de San Pablo, el Corán o el Manifiesto Comunista, pero no las novelas».

Sobre la actualidad, opinó que «hay una insuficiencia en el periodismo para reflejar al mundo, pero no es culpa de los periodistas. Los progresos tecnológicos y la economía desempeñan un papel que nadie puede explicar porque nadie entiende gran cosa del tema, y sin embargo, son temas que gobiernan el mundo. Los diarios están confrontados a un mundo difícil de entender, pero para los novelistas, esto es un lujo, porque pueden pasar eso a los personajes y hacerlos aparecer como que comprenden el mundo, aunque en realidad no lo hagan».

Sobre el final, hablando de sí mismo (uno de sus temas favoritos), dijo «no creo tener una personalidad muy afirmada. Soy bastante contradictorio en la vida cotidiana. No creo ser xenófobo; misógino, no sé, se puede discutir. Yo no desprecio a las mujeres pero cambio de parecer con frecuencia. Me contradigo bastante. No soy un humanista, soy bastante maniqueo, creo en el bien, el mal, y pienso que eso es algo independiente de lo humano».

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