Uno de los
varios cuadros
espectaculares
de «Jonny
toca», la ópera
«degenerada»
que estrenó el
Colón
anteanoche
con dirección
de Lano y
puesta de
Lombardero.
«Jonny toca» («Jonny Spielt Auf»). Opera en dos partes y once escenas. Mús. y lib.: E. Krenek. Dir. mus.: S. Lano. Con C. Bengolea, C. Makris, L. Garay, V. Torres y otros. Régie: M: Lombardero. Esc.: D. Feijóo. Coro: S. Caputo. (Teatro Colón). Próximas funciones: 25, 27 y 29/8 y 1°/9.
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El Teatro Colón realizó el estreno latinoamericano de «Jonny toca», del austríaco Ernst Krenek. Claro exponente de la llamada Entartete Musik (música degenerada), rótulo con que el Tercer Reich etiquetó a un grupo de obras y compositores que escapaban a sus cánones artísticos o raciales.
En esta ópera, la piedra del escándalo fue la estética de Krenek que tanto en su libreto -si bien no genial pero poseedor de eficacia dramática- que propone una mirada esperanzada hacia el futuro focalizada en la imagen de los EE.UU. y su progreso, como en su música, que incluía dentro de la estructura y el lenguaje de la ópera tradicional, elementos del jazz y un personaje salido de la picaresca y del hampa como Jonny, un negro un poco a la manera de Al Jolson, no coincidían con el régimen.
El estilo de Krenek es el eclecticismo, ya que su música de poderosa construcción sinfónica -por ejemplo, los estupendos interludios de Jonny- acumula, sin prejuicios, cuantos elementos tenga a mano el compositor, sean estos de la lírica tradicional alemana, del reservorio popular o étnico y de las músicas nacidas al calor de los movimientos de vanguardia que regían la estética de los primeros años del siglo XX. «Jonny» fue estrenada en 1927.
Cada personaje de la ópera implica una línea extendida que se entrecruza con las del resto conformando un tejido polifacético, tanto como en el aspecto sonoro lo es polirrítmico. La soledad de Max, por ejemplo, y su defensa de la institución familiar, la rapiña y la avidez de Jonny, la concupiscencia de Anita, la vulgaridad de Ivonne, y así cada uno de los otros perfiles, hacen a su comportamiento y a la búsqueda de una felicidad y una libertad, que, evidentemente, debe haber provocado escozor en el régimen nazi, que la rechazó de plano.
Stefan Lano brindó una estupenda versión de la obra. Su trabajo con la Orquesta Estable da excelentes resultados. Algún desliz, que los hubo, es atribuible a los eternos avatares de los estrenos. Marcelo Lombardero trazó una puesta en escena de aliento cinematográfico, reviviendo con ella algunos códigos del musical de Broadway, con su movimiento permanente y elegante. Reservó el estatismo para los monólogos de Max, por ejemplo. El régisseur trabajó sobre una escenografía bella y monumental de Feijóo, muy bien iluminada por Efrón, y utilizó vestuarios muy atractivos de Gutman para recrear los años 20 y su esplendor fluctuando entre el art nouveau y las exigencias del modernismo.
Locomotoras, automóviles y teléfonos decoran la vida cotidiana de esta fauna de « Jonny». La escena final de la ópera en esta producción es de una espectacularidad pocas veces vista en el Colón. El elenco no podía ser mejor. Carlos Bengolea, Cynthia Makris, Luciano Garay y Víctor Torres dibujaron sus personajes con dramatismo y excelente canto, este último de muchas exigencias de volumen, en medio de un fárrago orquestal de riqueza tímbrica. El resto estuvo a su altura, en especial Cassinelli, González e Iturralde. El Coro Estable cantó con excelencia.
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