La doctora Angiola Churchill junto con el gran diseñador Alessandro Mendini, en el coloquio
sobre arquitectura argentina en la Bienal de Venecia.
En la Sala Dórica del Palacio Real de Nápoles, el próximo viernes se inaugurará la muestra «Un lugar blanco», de Angiola Churchill. Artista, escritora y docente, nació en Nueva York en 1922 de padres italianos. Después de haber transcurrido sus primeros años en Italia, se trasladó definitivamente a su ciudad natal en 1934; fue decana del Departamento de Arte de la Universidad de Nueva York y encargada de los doctorados en Arte de esa Universidad y Columbia. También codirigió ICASA (Internacional Center of Advanced Studies on Art), que organizó coloquios, exposiciones de arte y arquitectura haciendo dialogar a artistas, intelectuales y arquitectos de Estados Unidos, Europa y Latinoamérica.
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La subsede del Centro, asociado a la New York University, funcionó en Buenos Aires desde 1972 a 1993. En esos años un crecido número de artistas argentinos participaron en los encuentros semestrales que tenían lugar en la calle 4 y Greene Street del Soho (en el Tishman-Hall, un teatro ubicado junto a la Biblioteca de la Universidad, diseñada por el gran arquitecto y teórico Philip Johnson). La pintura fue su práctica artística fundamental durante muchos años, hasta que en los 70 Churchill descubrió la fascinación del papel.
Desde entonces inició su búsqueda expresiva de modo personal e inédito. Realizó extensas instalaciones con papel blanco invadiendo y transformando el espacio. Sus blancos mundos metafóricos se han convertido en un signo característico de su discurso. «Comenzó a afrontar espacios más grandes e imponentes envolviéndolos en toda su dimensión con un blanco difuso y transparente capaz de transformar, por medio de la luz -un elemento muy importante en su obra-, lugares asépticos en sitios mágicos, donde el espectador era agradablemente introducido a través de escenarios arquitectónicos surreales», escribió Lola Bonora, curadora del Museo de Arte (Palazzo dei Diamante) en Ferrara, Italia.
Churchill ha utilizado papeles pintados, siguiendo las técnicas de los japoneses. «Elegí el papel porque es silencioso y esa ha sido el arma con la que las mujeres sobrevivieron a través de los siglos», señaló. Durante más de un año trabajó con sus ayudantes en sus estudios de Venecia y Nueva York, para esta muestra que es su primera presentación en Nápoles. Una gran instalación en papel blanco creada específicamente para su espacio que la Churchill presentará en el Museo más importante de la ciudad.
Es un gran laberinto para ser recorrido pacientemente. Es frágil pero a la vez imponente y está encerrado por paredes de agua, que la artista define como murallas que lloran. Corta, pliega, enrolla, entreteje kilómetros de papel de seda blanco para lograr una arquitectura sutil y efímera, que llama un lugar blanco y que tiene una gran fuerza evocativa.
Churchill parece haber aspirado el aire de la ciudad partenopea (antigua denominación mitológica de Nápoles), para caer en una ensoñación, que toma cuerpo a partir de su laboriosa creación. El recorrido es un viaje a la manera de senderos que se bifurcan como los caminos de la vida. Un laberinto que baja del cielo y es tramado por la creatividad de la artista.
La curadora, Annamaria Orsini Cammaratase encontró varias veces con Churchill en Nueva York en su casa estudio de Manhattan (vive frente al local de Prada, uno de los diseños más significativos del holandés Rem Koolhas), pero también durante los veranos en Venecia, donde desde hace 30 años la artista es directora del Master in Studio Art de su Universidad, que lleva a cabo con estudiantes de NYU y profesores italianos.
«Como Sherezade, Angiola narra de noche, una noche hecha de secretos y mitos, pero también por el simple placer de contar y comunicar. La del cuento es una vocación típicamente femenina, un conducir leve y terrible como aquel del ángel dantesco -potencia evocativa de un nombre- que pasa fuerte y alto. En esta gran noche blanca la artista indica un camino, señala calles y destinos en los cuales cada uno es libre de perderse, de encontrar y reencontrarse. Y para nosotros caminantes y peregrinos el viaje se abre como un momento de reflexión», ha escrito Orsini, que vive en Venecia.
El laberinto fue uno de los temas centrales en la obra de Borges, que abordó con gran imaginación en los relatos «La Biblioteca de Babel» y «El jardín de senderos que se bifurcan», donde el espacio arquitectónico define al laberinto, descrito a lo largo de un texto que también se vuelve laberíntico, añadiendo al anterior un espacio literario.
En «Un lugar blanco» de Angie Riva (su apellido de soltera) Churchill, el laberinto es una ciudad subterránea y lunar bajo el Vesuvio. Un laberinto es, para decirlo como Borges, simplemente un libro infinito, una biblioteca con innumerables corredores de libros, las calles intrincadas de Buenos Aires, y para Angiola, aquellas lineales de Nueva York, o los sinuosos canales de Venecia.
También es un tiempo circular que abraza el pasado y el futuro: la trama de tiempos que se cortan, se encuentran o se ignoran por siglos. La obra remite también a la trayectoria de la cultural occidental desde sus comienzos en el Paraíso. Por eso, la instalación se inicia en el Palacio Real de Nápoles con la imagen de un laberinto antiguo, símbolo de la aspiración de la humanidad a la estructura y al orden, pero su mensaje no es lineal sino un meandro de caminos sin salida, de direcciones que se contrastan y que corresponden al estado cultural contemporáneo.
La segunda estructura con la que se encuentra el espectador es un jardín rodeado de muros, que puede representar la búsqueda de un paraíso, pero también el control y dominio de la naturaleza. Figuras humanas en transformación que atraviesan el jardín han dejado sus ropas que son vestigios de decoro y dignidad en un momento de la cultura.
Churchill participó en numerosas muestras personales en los Estados Unidos, en América del Sur y en Europa. Las instalaciones más destacadas fueron realizadas en el Museo di Palazzo Fortuny (Venecia) en el Neuberger Museum (Parchase, NY), en el International Museum of Contemporary Art (Miami), en Lattuada Studio (Milán); Palazzo dei Diamante (Ferrara), Palazzo Ducale (Mantua); Museo de Arte Contemporáneo (San José, Costa Rica) y además en tres bienales internacionales en Lodz Museum (Lodz, Polonia); Palazzo Bonaccossi (Ferrara) y Museo Nacional de Bellas Artes (Buenos Aires).
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