28 de mayo 2008 - 00:00
"La infancia es la caja negra de la existencia"
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Aunque «Ojalá Octubre», la novela que vino a presentar, se
centra en la historia de su padre, Juan Cruz Ruiz dice que
es «a la vez, un tributo a todos los perdedores de la Guerra
Civil española».
J.C.R.: Me había puesto a anotar en el diario donde trabajo anécdotas de mi padre pensando en una novela, acaso impulsado por los sentimientos de sentir ya que estaba escribiendo este libro, fui a buscarme un café atravesando la redacción, y de pronto vi en un espejo una cara desolada. Era mi padre. Alcé la mano para saludarlo en medio de la fascinación estremecedora de lo imposible, y me di cuenta de que no saludaba a un fantasma, sino que me estaba saludando a mí mismo. Y esa mirada era aquella que yo no supe ver para hacer la última despedida.
P.: Sintió una identificación.
J.C.R.: Es que uno llega a ser lo que jamás pensaría que sería: como el padre que nos tocó. Fatalmente o felizmente, no se sabe.
P.: Esa mirada paterna lo lleva a pantallazos donde recuerda momentos de su historia, de la de él, de España.
J.C.Ruiz: Esta es un obra rabiosamente autobiográfica. Hablo de mi Puerto de la Cruz de Tenerife, pero a la vez es un tributo a los perdedores de la Guerra Civil española, a todas esas personas débiles, humildes, acosadas por la miseria que trajo consigo el final de la contienda y que, a pesar de eso, supieron vivir con una enorme dignidad la evidencia de la humillación.
P.: ¿Cómo trabajó un libro «rabiosamente autobiográfico»?
J.C.R.: Todos los libros que escribí sobre mi familia «La foto de los suecos», «El territorio de la memoria» sobre mi madre y éste, sobre mi padrelos hice sin ninguna búsqueda especial. Anoto una palabra que signa un momento de la vida que estoy contando, y luego dejo entrar la realidad. Una palabra me va situando la historia. Eligiendo la palabra adecuada ya se tiene una historia. Borges pareciera encariñarse con una palabra y a partir de ella desarrollar su sentido sin obstáculos, para dar a luz un poema o a un relato.
P.: ¿Cómo maneja ese dato?, ¿lo lleva sólo al pasado como las magdalenas a Proust?
J.C.R.: Por ejemplo, estoy anotando un momento de mi padre, y eso ocurre en la redacción del diario, y cuento lo que sucede en la redacción, en el país, en el mundo. Eso hace que el libro tenga actualidad, que no sea un libro del pasado, yo no escribo memoria estricta. No miro a mi padre como el niño que fui sino como aquel que soy ahora. Aunque bien sabemos que la infancia es la caja negra de la existencia. Hurgando en el pasado siempre se hallarán cosas que ocurren en el presente, mirando honestamente el presente se nos ofrecen revelaciones del pasado.
P.: ¿Por qué tomó el título, según confiesa, de las cartas de Truman Capote?
J.C.R.: Fue una coincidencia total, yo necesitaba señalar los mujeres momentos, los ideales de mi padre, y Capote le escribió a un amigo para identificar un momento de suprema felicidad: «me gusta tanto este mes que ojalá siempre fuera octubre». Creo que esas palabras se corresponden con la forma de ser y de pensar de mi padre. El siempre buscó en tiempos oscuros los momentos felices, aunque haya logrado muy pocos. Y esos momentos privilegiados son los que más pronto se olvidan. Son momentos que, como dice el poema de Jaime Gil de Biedma, parecen «el último verano de nuestra juventud». Mi padre atesoraba esos momentos, y yo no salí a buscar sus padecimientos por más que no evite decirlos, si no a rescatar los momentos de armonía, de alegría, los pequeños donde alguien canta una canción, donde se hace material un afecto, todos los opuestos a aquella marcante mirada final.
Entrevista de Máximo Soto




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