28 de mayo 2008 - 00:00

"La infancia es la caja negra de la existencia"

Aunque «Ojalá Octubre», la novela que vino a presentar, secentra en la historia de su padre, Juan Cruz Ruiz dice quees «a la vez, un tributo a todos los perdedores de la GuerraCivil española».
Aunque «Ojalá Octubre», la novela que vino a presentar, se centra en la historia de su padre, Juan Cruz Ruiz dice que es «a la vez, un tributo a todos los perdedores de la Guerra Civil española».
"Busqué mezclar sentimentalmente pasado y presente para que ambos se iluminaran en mí, y surgieran como experiencia en el lector", explica el destacado escritor canario Juan Cruz Ruiz. Nacido en Tenerife en 1948, desde muy joven se dedicó al periodismo, profesión que lo ha llevado a viajar por medio mundo. Es columnista del diario «El País» de España, donde trabaja en las más diversas áreas desde su fundación en 1976. Ha publicado libros de narrativa y de ensayo, entre ellos «Crónica de la nada hecha pedazos», «Retrato de un hombre desnudo», «Cuchillo de arena», «Retrato de humo», entre otras obras. Conquistó entre otros premios el Canarias de Literatura y los Benito Pérez Armas y Azorín de novela. Luego de haber sido editor del Grupo Santillana, actualmente es director de la Oficina del Autor del Grupo Prisa. En su breve visita a Buenos Aires para presentar su novela basada en datos autobiográficos «Ojalá octubre», dialogamos con él.

Periodista: ¿Qué se propuso lograr narrativamente contando la historia de su padre? ¿Impactar? ¿Emocionar?

Juan Cruz Ruiz: Lograr la sencillez. Así es como me aproximé a la historia. Mi padre murió en noviembre de 1994. Y si bien yo asistí tanto a su muerte como a la de mi madre, la de mi padre me produjo un desconcierto mayor. Como nunca tenía tiempo para nada, como se pasó corriendo todo el tiempo, también enfrentó la muerte como algo urgente. Fui a verlo al hospital pensando «saldrá de esto como sale de todo». Cuando esperaba para hacerse un análisis le dije: «ya verás cómo todo sale bien», para poder irme a almorzar con un amigo, y él me respondió con una mirada de enorme desesperación, de desamparo, una mirada que no he visto en otras personas. En otras, por ejemplo mi madre, en esos momentos finales la mirada era de angustia por mí, por los que la rodeábamos, no por ella misma. Una mirada así vi en Domingo Pérez Minik, el escritor canario, que ha sido como mi maestro. Aquella mirada de mi padre era devastadora. Y siempre pensé que no tendría que haberlo dejado solo en ese instante. Esa mirada me ha perseguido toda la vida. Yo escribí las doscientas páginas de «Ojalá octubre» para poder contar esa mirada, un sentimiento y un conjunto de autorreproches, una culpa. Muchas cartas surgen de una culpa, y este libro es una carta que trata de revelar una culpa para aliviarla.

P.: ¿Qué creyó ver en esa mirada paterna que lo ha perseguido?

J.C.R.: Desolación, el fin de toda esperanza, la cancelación definitiva de la felicidad. Y yo necesité irme de eso. Y luego me lo reproché. Y no hay disculpas para la propia conciencia. Como decía el teólogo Juan Arias que Dios es la conciencia, un Dios que nos señala lo que no está bien. Y aunque la realidad nos resarza, diga que eso ya fue, uno no puede acallar el error. Y no es que yo haya hecho un mal, sino que uno no debe nunca regatear, siempre que tenga esa posibilidad, la última mirada ni la penúltima. Uno olvida lo sucedido y de pronto un día se reencuentra con aquella pena.

P.: En su caso, ¿cómo sucedió?

J.C.R.: Me había puesto a anotar en el diario donde trabajo anécdotas de mi padre pensando en una novela, acaso impulsado por los sentimientos de sentir ya que estaba escribiendo este libro, fui a buscarme un café atravesando la redacción, y de pronto vi en un espejo una cara desolada. Era mi padre. Alcé la mano para saludarlo en medio de la fascinación estremecedora de lo imposible, y me di cuenta de que no saludaba a un fantasma, sino que me estaba saludando a mí mismo. Y esa mirada era aquella que yo no supe ver para hacer la última despedida.

P.: Sintió una identificación.

J.C.R.: Es que uno llega a ser lo que jamás pensaría que sería: como el padre que nos tocó. Fatalmente o felizmente, no se sabe.

P.: Esa mirada paterna lo lleva a pantallazos donde recuerda momentos de su historia, de la de él, de España.

J.C.Ruiz: Esta es un obra rabiosamente autobiográfica. Hablo de mi Puerto de la Cruz de Tenerife, pero a la vez es un tributo a los perdedores de la Guerra Civil española, a todas esas personas débiles, humildes, acosadas por la miseria que trajo consigo el final de la contienda y que, a pesar de eso, supieron vivir con una enorme dignidad la evidencia de la humillación.

P.: ¿Cómo trabajó un libro «rabiosamente autobiográfico»?

J.C.R.: Todos los libros que escribí sobre mi familia «La foto de los suecos», «El territorio de la memoria» sobre mi madre y éste, sobre mi padrelos hice sin ninguna búsqueda especial. Anoto una palabra que signa un momento de la vida que estoy contando, y luego dejo entrar la realidad. Una palabra me va situando la historia. Eligiendo la palabra adecuada ya se tiene una historia. Borges pareciera encariñarse con una palabra y a partir de ella desarrollar su sentido sin obstáculos, para dar a luz un poema o a un relato.

P.: ¿Cómo maneja ese dato?, ¿lo lleva sólo al pasado como las magdalenas a Proust?

J.C.R.: Por ejemplo, estoy anotando un momento de mi padre, y eso ocurre en la redacción del diario, y cuento lo que sucede en la redacción, en el país, en el mundo. Eso hace que el libro tenga actualidad, que no sea un libro del pasado, yo no escribo memoria estricta. No miro a mi padre como el niño que fui sino como aquel que soy ahora. Aunque bien sabemos que la infancia es la caja negra de la existencia. Hurgando en el pasado siempre se hallarán cosas que ocurren en el presente, mirando honestamente el presente se nos ofrecen revelaciones del pasado.

P.: ¿Por qué tomó el título, según confiesa, de las cartas de Truman Capote?

J.C.R.:
Fue una coincidencia total, yo necesitaba señalar los mujeres momentos, los ideales de mi padre, y Capote le escribió a un amigo para identificar un momento de suprema felicidad: «me gusta tanto este mes que ojalá siempre fuera octubre». Creo que esas palabras se corresponden con la forma de ser y de pensar de mi padre. El siempre buscó en tiempos oscuros los momentos felices, aunque haya logrado muy pocos. Y esos momentos privilegiados son los que más pronto se olvidan. Son momentos que, como dice el poema de Jaime Gil de Biedma, parecen «el último verano de nuestra juventud». Mi padre atesoraba esos momentos, y yo no salí a buscar sus padecimientos por más que no evite decirlos, si no a rescatar los momentos de armonía, de alegría, los pequeños donde alguien canta una canción, donde se hace material un afecto, todos los opuestos a aquella marcante mirada final.

Entrevista de Máximo Soto

Dejá tu comentario

Te puede interesar