4 de mayo 2006 - 00:00

"La prueba"

Anthony Hopkins y Gwyneth Paltrow, en una de las escenasmás logradas de «La prueba», sobre la obra de DavidAuburn.
Anthony Hopkins y Gwyneth Paltrow, en una de las escenas más logradas de «La prueba», sobre la obra de David Auburn.
«La prueba» («Proof», EE.UU., 2005; habl. en inglés). Dir.: J. Madden.-Int.: G. Paltrow, A. Hopkins, J. Gyllenhaal, H. Davis y otros.

"La prueba" es «Una mente brillante» con complejo de Electra. La obra de teatro original, densa y tortuosa historia de una relación entre padre e hija, recorrió con notoriedad los escenarios del mundo. En Buenos Aires, la representó el cuarteto de Gabriela Toscano, Osvaldo Santoro, Carola Reyna y Pablo Rago. La intimidad, lo recoleto del hecho teatral, no suele trasladarse siempre con fortuna al cine, y «La prueba» acusa en algunos momentos ese problema.

Ubicada en Chicago (aunque extrañamente se sientan a veces, por el tipo de ámbito y relaciones familiares, los climas sureños de Tennessee Williams, cuyo teatro influye de manera inocultable en David Auburn, autor de la obra y del guión), «La prueba» relata la forma en que Catherine (Gwyneth Paltrow), una muchacha brillante aunque socialmente acomplejada, es incapaz de quitarse de encima el fantasma de su padre, profesor y genio de las matemáticas (Anthony Hopkins). Este enfermó precozmente, y su madurez fue pura decadencia y locura; la hija, a cargo de su cuidado, teme continuar (por amor y afinidad) sus mismos pasos.

Al cuarteto lo completan Claire, hermana mayor de Catherine (Hope Davis), que rompió con la opresión familiar y se estableció sola en Nueva York, y Hal (Jake Gyllenhaal, uno de los vaqueros in love de «Secreto en la montaña»), ex discípulo y asistente del profesor, enamorado de Catherine.

«La prueba» juega permanentemente con el doble sentido de la expresión: por un lado, una demostración matemática que revolucionaría esa ciencia, y cuya ambigüedad de autoría es eje de la obra (¿fue el padre o la hija quien arribó a ella?), y por el otro una segunda demostración, filial y trágica, de continuar un mismo destino de genialidad e insanía.

Sin embargo, y a diferencia de la fecundidad y profundidad del inspirador Tennessee Williams, en Auburn es más perceptible la preocupación por otorgarle al conflicto que plantea una densidad que no siempre encuentra correlato en su exposición dramática.

Preocupado por subrayar, desde lo real y lo fantástico, esa relación simbiótica y desgastante entre padre e hija (a quienes Paltrow y sobre todo Hopkins dan verosímiles encarnaciones), el libro a veces tapa con recursos menos nobles, como improvisados casi, algunas instancias argumentales de continuidad. Por ejemplo, cuando Hal le comunica a Catherine que esa «prueba» es perfecta, lo hace basándose en que «un comité de expertos la chequeó, y dio resultado». Así de simple.

En contrapartida, el personaje de la hermana, a partir de lo mundano y lo «sensato», cobra muchas veces una estatura de la que a veces los protagonistas, a fuerza de sumarles trascendencia filosófica en su relación, llegan a alcanzar. El personaje de Claire logra tener en muchas escenas la voz cantante, consigue imponerse, y el espectador puede llegar a ponerse de su lado en lugar de identificarse con la «pureza» conflictuada de la heroína, sobre quien obviamente el autor intenta hacer confluir los sentimientos. Son los riesgos de las simpatías direccionadas.

Bellos momentos a subrayar: el diálogo de ambos a orillas del río, con la imponente Chicago a las espaldas, y el discurso fúnebre de Catherine en la ceremonia religiosa, que no por esperable deja de tener su buen efecto en la platea.

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