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29 de enero 2020 - 00:00

Enríquez: "Nuestra literatura descuidó las leyendas populares"

Historia de un padre que huye con su hijo y que se inscribe en la tradición fantástica, aunque de naturaleza sajona, según la autora.

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Enríquez. “En América Latina se despreciaron las creencias populares”.

Un padre escapa con su hijo, que ha heredado sus poderes sobrenaturales de videncia, tratando de que no sean capturados por su familia, que forma parte de la sociedad secreta La Orden que contacta con la Oscuridad para lograr la vida eterna mediante atroces rituales, siniestras esclavizaciones y desapariciones forzadas. Tal el punto de partida de “Nuestra parte de noche” (Anagrama), extensa novela fantástica con la que Mariana Enríquez conquistó el prestigioso Premio Herralde 2019. Enríquez es periodista; a los 19 años sorprendió con “Bajar es lo peor”, y tiene diez libros publicados, entre ellos “Las cosas que perdimos en el fuego”, “Los peligros de fumar en la cama” y “La hermana menor” (biografía de Silvina Ocampo). Dialogamos con ella.

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Periodista: “Nuestra parte de noche” suma temas infrecuentes en nuestras letras. Es novela de misterio, de terror, va del San La Muerte correntino al swinging London de los 60 y David Bowie, y recupera el relato de la aristocracia criolla. Su protagonista es un chico de clase alta.

Mariana Enríquez: Pero desheredado. Quería hablar de una sociedad secreta, de la invocación de un dios, que eso fuera sumamente cruel, y para eso necesitaba que la gente que lo hiciera tuviese un manto de impunidad, y la única forma de que lo tuviera es que fuera una familia aristocrática que une dos familias, una argentina y otra inglesa. La argentina pertenece a la oligarquía. Eso surgió de retomar la tradición de los relatos de Mujica Laínez, de Sabato en “Sobre héroes y tumbas”, y sobre todo de haber investigado la vida de Silvina Ocampo, para hacer su biografía.

P.: ¿Ocampo, Borges, Bioy, Cortázar fueron la fuente para una novela fantástica?

M.E.: No pensé una novela fantástica cercana a la novela argentina o latinoamericana sino a la literatura norteamericana, al gótico sureño, al relato de terror anglosajón. Cuando en la novela surge el horror en el norte argentino lo pensé en el sentido del horror folklórico anglosajón, algo que está antes de todo, del paisaje, de la mitología del lugar. Eso se cruzó con tradiciones argentinas pero no lo pensé, es algo del ADN, de los libros que leí. Pero para esta novela leí más Faulkner, Stephen King o Shirley Jackson que “Bomarzo”, que probablemente también está. Y no es casual que Borges, Bioy, Cortázar fueran grandes lectores de literatura anglosajona.

P.: A eso usted suma leyendas nativas, ausentes en nuestra literatura.

M.E.: Es un problema de nuestra literatura no haberlas tomado; otras tradiciones usan el santoral pagano, la oralidad, las leyendas. En Inglaterra las ghost stories, las historias orales de fantasmas, son un género literario. En América Latina hubo desprecio por las que se consideran creencias supersticiosas sin estatura como para entrar en la gran literatura. Lo único del canon que encontré fue un texto periodístico de Walsh sobre San La Muerte, pero nunca lo incorporó a su literatura. Borges prefirió la mitología islandesa. En mi novela aparece la brujería de Chiloe, de la que supe por “Patagonia” de Chatwin, de ese mito tan grande y potente supe por un autor británico y no por uno argentino o chileno. Sí me interesó incorporarlo porque está integrado a mi vida. Mi abuela era correntina y tenía un San La Muerte. Conozco las rutas con santuarios al Gauchito Gil. Yo puse en pie de igualdad con la mitología ocultista y la inventada.

P.: En tiempos de feminismo, cuenta de mujeres malas y de un padre que busca salvar a su hijo de una herencia fatal.

M.E.: La pregunta sobre la paternidad me la disparó la novela “La carretera”, de McCarthy, que es también el viaje de un padre moribundo con su hijo, y se pregunta qué va a pasar con ese hijo y qué mundo le deja. De ahí surgieron preguntas sobre la herencia, sobre si es justo traer un hijo a este mundo. Eso no podía ser contado con una madre y una hija o un hijo, que iba a tener una lectura política y escaparía de las preguntas que yo quería hacer. La historia de Juan y su hijo Gaspar me convenció.

P.: ¿Cuándo se dio cuenta de que la novela contaba la vida de Gaspar Peterson?

M.E.: Fue largo el proceso. Al comienzo la novela era más sobre su padre, un personaje monstruoso, un Heathcliff, un Satanás idealizado de Blake, que era atractivo escribir. Era más fantástica y más monótona. Cuando vi la posibilidad de que Gaspar creciera, que tuviera una vida después del padre y pudiera completar su tarea, todo cambió.

P.: ¿Hoy qué diría que es “Nuestra parte de noche”?

M.E.: Es una novela fantástica que toma un poco de la tradición de cierta novela argentina que está en el filo del realismo. Yo nunca diría que “Los siete locos” es una novela realista, o “Sobre héroes y tumbas”. Toma mucho del gótico sureño. La infancia de Gaspar es muy del Stephen King de “It”. Y la parte de Londres remite a las novelas victorianas contada por una antropóloga. Y es una novela de género, y para mí es una satisfacción que una novela de género haya ganado el Premio Herralde. Va desapareciendo el prejuicio sobre las novelas de género. Comienzan a aparecer novelas anfibias que mezclan lo muy realista con lo fantástico, mucho más desprejuiciadas. Eso tiene que ver con escritores que ya no están influidos sólo por la literatura, por un escritor que ensombrece todo, Borges, Vargas Llosa, García Marquez, sino por lecturas eclécticas, por el cine, la música, internet, y están contaminados en el buen sentido.

P.: ¿Y ahora qué está escribiendo?

M.E.: En este momento estoy agrandando “Alguien camina sobre tu tumba”, mi libro de viajes a cementerios, que es una forma de no escribir ficción durante un tiempo, y esperar que una historia que tengo en la cabeza se solidifique un poco más.

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