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30 de agosto 2007 - 00:00

Lorin Maazel selló el mejor momento del año musical

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Maazel al frente de la Symphonica Toscanini: recreando las giras del legendario maestro italiano, dirigió un gran concierto.
Symphonica Toscanini. Dir.: L. Maazel. Solista: N. Gustafson. Obras de Roussel, R. Strauss y O. Respighi. (Teatro Coliseo). Obras de Roussel, Strauss y Respighi.

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La presentación de la Symphonica Toscanini fue uno de los más destacados hechos musicales del año. Temporada algo acotada por la ausencia física del Teatro Colón, el Teatro Coliseo suple momentáneamente su actividad. El Mozarteum Argentino realizó un concierto sinfónico estraordinario (con intervención vocal) y con la presencia de una orquesta recientemente constituida -la Symphonica Toscanini- junto con una de las máximas batutas de la actualidad, la del director Lorin Maazel.

También se concretó la muchas veces anunciada y otras tantas postergadas visita de la soprano norteamericana Nancy Gustafson, quien después de barajarse su presencia para ópera y conciertos en el Colón debió conformarse con un debut más modesto en el Coliseo.

La Symphonica Toscanini está formada por un grupo flexible de 200 músicos mayoritariamente italianos, varios con trayectoria internacional, que se turnan para participar de diversos proyectos del organismo, del que Maazel es director vitalicio. La presente gira de la orquesta conmemora las históricas realizadas por Arturo Toscanini en 1920 con la orquesta que llevaba su nombre, en primer término, y en 1950 con la NBC.

La Suite N° 2, Op. 43, de «Bacchus et Arianne» de Albert Roussel abrió el programa, que estaba integrado por un puñado de obras y fragmentos de música del siglo XX. «Bacchus et Ariane» sirvió desde el principio para exponer la riqueza instrumental de Roussel en los dominios de un sinfonismo colorido y por tramos, algo áspero. Obra inspirada por la mitología destinada al ballet, comenzó la actuación con el brío que Maazel impone a sus músicos, con su estilo brillante y ampuloso.

  • Gustafson

    A continuación hubo otra pieza ideal para mostrar sus predilecciones en el campo sinfónico y su búsqueda energética con «La danza de los siete velos», seguida por la escena final de la ópera «Salomé» de Richard Strauss. Presentado el argumento en la voz en off del actor Salo Pasik, la conclusión de la ópera tuvo en la exquisita voz de la soprano Gustafson a una intérprete aguerrida, y si bien su volumen es mediano, logró emerger del fárrago orquestal straussiano con un fraseo dramático con referencias a la alucinante situación que impone el morboso beso a la cabeza del Bautista.

    Entonación, timbre e intensidad teatral caracterizaron el canto de Gustafson, una de las sopranos más requeridas de la actualidad, a quien la orquesta siguió con profundidad de conceptos y equilibrio en sus distintassecciones (excepcionales la de los aerófonos). Los poemas sinfónicos de Ottorino Respighi, «Las fuentes de Roma» y «Los pinos de Roma» cerraron el concierto. Nueva oportunidad para demostrar la pericia y el refinamiento de Maazel con una ejecución extremadamente cuidadosa, suntuosa en su detallismo e impresionante en su potencia épica como en pintura poética del paisaje italiano. A pesar de los insistentes aplausos del público no hubo bises.
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